Afectados aseguran que Bienpesca no ha dado respuesta, de no ser atendidos, fortalecerán sus medidas de protesta.
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Siete meses han pasado tras el desbordamiento del río Cazones, en Poza Rica, Veracruz; pero las heridas siguen abiertas entre lodo, enfermedad y abandono del gobierno estatal. Aunque los discursos oficiales difunden que la ciudad “ya se levantó”, basta recorrer calles de sectores como Las Granjas o Morelos para constatar que la tragedia no terminó cuando el agua bajó.
Las graves inundaciones que azotaron la zona norte del estado de Veracruz el 10 de octubre de 2025 afectan todavía la vida de cientos de familias de varias colonias de Poza Rica, por lo que distan mucho de haber vuelto a la normalidad, como lo ha querido presentar el gobierno estatal, encabezado por Rocío Nahle.
Ahí, donde el río Cazones se desbordó con furia, aún quedan las huellas de una emergencia que cambió la vida de miles de familias en cuestión de horas. Montones de basura acumulada, muebles destruidos, electrodomésticos inservibles y ropa contaminada siguen expuestos al aire libre y no sólo se han convertido en recordatorios de la desgracia, sino en un problema de salud pública.
Las paredes húmedas, los pisos levantados, las instalaciones eléctricas dañadas y el agua turbia que aún se estanca en los hogares dibujan un escenario donde la recuperación parece lejana. En Poza Rica, la inundación no se fue: se transformó.
La madrugada del 10 de octubre no anticipaba la magnitud de lo que vendría. En cuestión de minutos, el nivel del agua subió repentinamente de forma alarmante. Lo que inició como una creciente del río Cazones se convirtió en una de las inundaciones más devastadoras que haya enfrentado la región en los últimos años.
Vecinos de las colonias afectadas recuerdan con precisión cuando el agua empezó a invadir sus hogares. No era solamente lluvia; era una mezcla de drenajes colapsados, lodo, basura y aguas negras que avanzaba sin control.
“Nos resguardamos en la azotea, porque si no, igual ya no estuviéramos aquí; pero gracias a Dios aquí estamos con vida”, señala María Elena Olmedo Pérez, habitante de la colonia Las Granjas.
Como ella, decenas de familias tuvieron que subir a los techos de sus casas para salvar sus vidas. Desde ahí observaron cómo sus pertenencias eran arrastradas por la corriente: refrigeradores, camas, estufas, documentos y recuerdos. Patrimonio obtenido con esfuerzo durante años desapareció casi instantáneamente.
Tras la emergencia, autoridades estatales y federales aseguraron que avanzaba la recuperación en Poza Rica. Programas de apoyo, censos de daños y brigadas de limpieza fueron anunciados como parte de la respuesta institucional. Pero en las colonias más afectadas, la percepción es distinta al discurso oficial. Y la realidad se comprueba en voz de los afectados.
A siete meses del desastre, muchas familias viven todavía entre escombros y humedad. La ayuda, que en los primeros días fluyó incluso desde el extranjero, hoy llega esporádicamente.
“Desgraciadamente, ahora sí que falta mucho en esta colonia. Y se requiere apoyo, no nada más para mí, sino para mis vecinas, para todos en esta colonia”, dijo María Elena Olmedo.
El contraste entre el discurso oficial y la realidad cotidiana es evidente. Mientras se plantea la reconstrucción, hay viviendas que siguen sin pisos, puertas ni instalaciones eléctricas funcionales.
Algunas familias han logrado rehabilitar sus hogares paulatinamente. Otras, simplemente, no han podido hacerlo por falta de recursos. Y muchas más aún habitan espacios deteriorados, resignadas a convivir con las secuelas de la inundación.
Si el agua fue la primera amenaza, las enfermedades se convirtieron en la segunda. Tras las inundaciones, los brotes de padecimientos gastrointestinales, infecciones y cuadros virales surgieron entre los habitantes. La exposición prolongada a aguas contaminadas, sumada a la acumulación de basura y la humedad persistente, propició el deterioro de la salud.
“Pues sí hubo enfermos. De hecho, mi hijo hasta tuvo que ser hospitalizado: calentura, dolor de huesos y vómito. Dijeron que tenía un virus, pero duró como dos, tres meses”, relató Teresa Camacho, habitante de la colonia Las Granjas.
Casos como éste no son aislados. En varias colonias, las familias reportan enfermedades que se prolongaron durante semanas, incluso meses. La situación se agrava por el acceso irregular a servicios básicos. El agua que llega a los hogares en muchos casos presenta condiciones insalubres, lo que incrementa el riesgo de nuevos contagios.
Uno de los problemas más evidentes en las zonas afectadas consiste en la acumulación de residuos. Toneladas de basura –mezcla de desechos domésticos, lodo, muebles y aparatos inservibles– permanecen amontonadas en espacios abiertos. Estos puntos, que surgieron como centros improvisados de limpieza tras la inundación, se han convertido en focos de infección.
Lejos de desaparecer, la basura se ha integrado al paisaje urbano. El olor, la proliferación de insectos y el riesgo sanitario son parte de la vida cotidiana de quienes viven cerca de estos montones.
Para los vecinos, el problema no es únicamente estético; representa una amenaza constante. Recorrer colonias como Las Granjas o Morelos significa caminar entre casas que aún no logran recuperarse; en otras palabras: vivir entre ruinas.
Las paredes presentan manchas de humedad que alcanzan más de un metro de altura. En algunos casos, el material se ha reblandecido al punto de comprometer la estructura de las viviendas.
Los pisos levantados por la presión del agua han sido retirados en varias casas, pero dejaron superficies irregulares o simplemente tierra expuesta; las puertas y ventanas dañadas no han sido reemplazadas en muchos hogares; las instalaciones eléctricas, afectadas por la humedad, representan un riesgo latente.
En este contexto, la reconstrucción no es sólo una cuestión de infraestructura, sino un desafío económico; la mayoría de las familias afectadas vive al día. Sin ingresos estables, invertir en la rehabilitación de sus viviendas resulta casi imposible.
Como si la tragedia de octubre no hubiera sido suficiente, Poza Rica sufrió nuevas inundaciones. A siete meses del desastre, las lluvias de abril provocaron nuevas afectaciones en distintos sectores de la ciudad. Aunque no alcanzaron la magnitud de la inundación anterior, sí evidenciaron que el problema estructural persiste.
Calles anegadas, dificultades en la movilidad urbana y viviendas nuevamente afectadas encendieron las alarmas. El origen del problema, coinciden especialistas, no es únicamente natural.
El maestro en Sistemas de Información Geográfica Érick Díez explica que Poza Rica enfrenta un problema estructural relacionado con la planeación urbana.
“Poza Rica no es un caso aislado, se repite en casi todo el país. No cuenta con drenaje pluvial, con una red de drenaje pluvial eficiente, aunado a que tiene altos índices de precipitación y coexiste con los niveles del río Cazones”, reveló.
La falta de infraestructura adecuada para la reconducción de aguas pluviales, sumada al crecimiento urbano desordenado incrementa el riesgo de inundaciones. En otras palabras, lo ocurrido en octubre no fue un evento aislado, sino la consecuencia de años de omisiones. “Tuvo que pasar una tragedia para que se volteara a ver a Poza Rica”, añadió.
En los días posteriores a la inundación, la solidaridad se hizo presente. Centros de acopio, brigadas ciudadanas y donaciones provenientes incluso del extranjero, llegaron a la ciudad. Durante un tiempo, la ayuda pareció suficiente.
Pero con el paso de las semanas, el flujo disminuyó. Hoy, los apoyos llegan a cuentagotas. Muchas familias que inicialmente recibieron despensas, ropa o materiales, ahora enfrentan solas el proceso de recuperación; incluso, la atención mediática también se desvaneció.
Lo que alguna vez fue noticia nacional, hoy es una realidad local que pocos observan. Más allá de los daños materiales y las afectaciones a la salud, la inundación dejó una huella profunda en el ánimo de quienes la vivieron.
El recuerdo del agua entrando a sus casas, llevándose sus pertenencias, sigue presente. “Sentí muy feo ver el agua, cómo se iban las cosas, más que nada”, lamentó una habitante, con lágrimas en los ojos.
A pesar del dolor, también hay historias de resistencia: la misma mujer relata que decidió quedarse durante la inundación para rescatar a sus animales. Ese tipo de decisiones tomadas en medio del caos reflejan el profundo vínculo entre las personas y su entorno.
Después de la tragedia, Poza Rica se recupera muy lentamente, en parte, por la desidia del gobierno estatal; pero no se trata solamente de reconstruir viviendas, sino de atender problemas estructurales: drenaje, planeación urbana, gestión de residuos y acceso a servicios básicos.
También debe garantizarse el apoyo sostenido para las familias afectadas; porque mientras eso no ocurra, la inundación seguirá presente; no en forma de agua, sino de abandono. En Poza Rica, el tiempo no se mide únicamente en días o meses, sino por el antes y después del 10 de octubre.
Para quienes lo vivieron, la inundación no es un recuerdo lejano, sino la realidad que se manifiesta en cada pared húmeda, muebles inservibles y calles con basura acumulada. Es una historia que aún no termina. Y que, si no se atienden sus causas, podría repetirse. Porque en esta ciudad, las lluvias se fueron, pero la inundación sigue.
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Escrito por Carol Suárez
Reportera