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Reportaje
La India de Modi, tras la Revolución de las Cucarachas
Millones de jóvenes desafiaron al establishment de la India al exhibir la crisis educativa, desempleo agudo y olvido gubernamental.


Millones de jóvenes desafiaron al establishment de la India al exhibir la crisis educativa, desempleo agudo y olvido gubernamental. Ese reclamo anuncia una Revolución en la aún mayor democracia del mundo.

Bastó el insulto emitido por un funcionario ante los jóvenes que denunciaban la manipulación de exámenes de acceso a universidades públicas para que detonara el hartazgo contra la exclusión y surgiera el movimiento que hizo ceder al Primer Ministro, Narendra Modi. Tras el estallido, las cucarachas afirman que nada será igual.

Miles de aspirantes a la educación superior detectaron la filtración de los exámenes de admisión (NEET) aplicado por la Agencia Nacional de Pruebas (NTA) en beneficio de unos cuantos. Ese acto de corrupción los privó de estudiar una profesión y ascender en la compleja escala social india.

Por ello, 2.2 millones de aspirantes a médicos debieron repetir los exámenes, bajo gran presión, en un concurso muy competitivo con millones de rivales. Otros, desesperados ante esa inequidad recurrieron al suicidio.

Detrás de ese escándalo está el esquema neoliberal que impera en India y profundiza la brecha entre los desposeídos, que anhelan educarse para lograr un empleo, y los privilegiados que estudian en colegios particulares que les aseguran un trabajo.

Capitalismo tecnológico

El modelo de desigualdad y trabajo precario que impera en India es añejo y recientemente se agudizó con el inédito auge del sector de las tecnologías de la información (TI) que, hasta hace poco, era el gran empleador de jóvenes calificados.

Ahora en India surgió una paradoja del capitalismo tecnológico: al aumentar la automatización efectuada por la inteligencia artificial (IA) se eliminan puestos laborales y se produce la grave crisis de empleo juvenil. Como resultado, ante los despidos masivos, esos trabajadores se refugian en la informalidad, sin expectativas para encontrar un empleo mejor a corto plazo.

Ese fenómeno constituye al ya denominado “capitalismo autoritario-hegemónico” que, en la era del conservador Narendra Modi, se caracteriza por el crecimiento de sectores intensivos en capital, como la economía digital y finanzas, con bajo empleo en otros rubros.

En ese modelo resulta fundamental la ideología del Hindutva promovida por Modi, donde el binomio ideología-coerción legitima el poder estatal y mercantil. Así se apuntalan el autoritarismo y la centralización política donde las reformas neoliberales reestructuran la relación capital-trabajo. Por ello, Modi es difundido como “artífice” de un régimen autocrático.

Sin embargo, como en el país predomina un sistema electoral formal donde votan millones, India es todavía conocida como “la mayor democracia del mundo”. Para algunos, con ese sistema, Modi estabiliza el dominio capitalista que coexiste con la exclusión e institucionaliza la desigualdad identitaria.

Es el predominio del sistema de castas con el consentimiento de las clases subalternas. Y así, Modi fusiona el autoritarismo con la agenda económica liberal y una visión social mayoritaria, describe el analista Claudio Cecchi.

En ese contexto de dureza, las protestas de mayo a julio pasado exhibieron la renuencia del Premier a la presión y su opción de llevar la situación a un estado crítico. Por ello la reacción con abuso de fuerza pública, práctica usual desde 2014 cuando asumió Narendra Modi. “Son 12 años de censura y represión”, comenta el especialista en Asia, González Castañeda.

Así ocurrió en 2019-2020 durante las protestas contra las leyes de reforma a la ciudadanía, que privaban a la comunidad musulmana del derecho a votar. También, con las revueltas campesinas de 2020-2021 contra las leyes agrarias en favor de trasnacionales agroindustriales.

El estallido

Al desaliento de miles de jóvenes manifestantes en sitios públicos se sumó la ofensa del presidente del Tribunal Supremo, Surya Kant, quien el 15 de mayo expresó: “Hay jóvenes como cucarachas que no consiguen empleo ni tienen cabida en la profesión” y por eso atacan a todos.

Inteligentes, los muchachos no debatieron, sino crearon el satírico Partido Janta (Popular) de las Cucarachas; adoptaron esos insectos como símbolo de determinación y resistencia, capaces de sobrevivir en condiciones extremas. Además, intensificaron sus concentraciones y campamentos en ciudades de India.

 

 

Medios occidentales omitieron ese simbolismo y resiliencia y optaron por exaltar la figura del no tan joven Abhijeet Dipke de 30 años, por su condición de graduado en relaciones públicas (en la Universidad de Boston).

Sostuvo que, cuando buscaba empleo en Estados Unidos (EE. UU.), le “sorprendió” que el ministro Kant llamara parásitos y cucarachas a los manifestantes, y decidió sumarse al movimiento y nombrarlo así.

El análisis va más allá del nombre; pues, con visión de futuro, los manifestantes protagonizaron un movimiento en cuyas demandas apunta al cambio sociopolítico. El seis de junio pasaron del intercambio masivo en línea a ocupar la plaza de Jantar Mantar.

Ahí deliberaban sobre las dificultades para aprobar el examen, cómo acceder a la universidad y permanecer ahí mismo si sus familias no pueden ayudarlos. En días, su cuenta en Instagram sumó más de 24 millones de seguidores debido a la justeza de sus demandas y a la hábil parodia del mote adoptado.

Disciplinados, plantearon sus peticiones en un manifiesto que critica al gobierno de Modi, su relación con la prensa corporativa, a la oposición y hasta la designación de magistrados. Sus carteles, algunos con diseños atractivos, y otros en inglés para atraer a medios extranjeros, ostentaban consignas elocuentes: ¡Ganar una, arreglar muchas! ¡Estudiantes 1, Sistema 0!; “Primer paso: ¡Renuncia y Renuncia de Pradhan! Gana la transparencia”.

La sensatez de sus exigencias ganó simpatías de múltiples sectores, ofertas de ayuda de profesionales, familias, miles de ciudadanos y solidaridad internacional. Ese salto cualitativo de los más relegados representó un inusual reto público para el gobierno de Narendra Modi.

“Generación” Z y tecnopolítica

Hoy, en India ya se plantea un “desempleo tecnológico”: mientras el empleo informal ya casi ocupa al 80 por ciento de la fuerza laboral, los trabajadores carecen de contratos, protección social, pensión o vacaciones pagadas.

Ellos son la masa crítica de los indignados que, en calles de las principales ciudades de India, exigieron el cambio radical en la estructura no sólo educativa, sino política, social y económica del país. Entre mayo y julio, esos adolescentes se volcaron en redes, marchas y posicionamientos públicos en reclamo de justicia e igualdad hasta conmocionar al orden político.

Pero los medios y analistas no destacaron que esas mujeres y hombres son la mayor población juvenil del planeta. Suman casi 370 millones de los mil 476 millones 625 mil 571 habitantes del país. Sólo ellos son más que toda la población de EE. UU. –con 331.4 millones‒ y duplican la de México, con 134.4 millones.

De esos 370 millones de jóvenes, 351 millones son menores de 15 años, que se suman a unos 750 millones menores de 30 años.

Ambos bloques suman mil 13 millones de jóvenes indios, la mayoría alfabetizados, aunque persiste la brecha entre la educación urbana y rural, según el estudio privado: India vibrante, cultura juvenil y oportunidades de estudio.

Gran parte de ellos trabaja. Pero en promedio, los jóvenes urbanos sirven a gobiernos estatales, a corporaciones tecnológicas, firmas de servicios y comercio; aunque la mayoría de los menores de 30 años no tiene empleo o su salario no satisface las necesidades básicas.

Pese a que India goza de bonanza tecnológica, industrial, agrícola y comercial, el desempleo alcanza ya al 15 por ciento y se cierne sobre esos cientos de millones de hombres y mujeres que inician su vida. Ya es dramático el efecto de la reducción de empleos por la masiva automatización que finalizó la era de contrataciones masivas.

Así sucedió en Bangalore, al sur, que hace 20 años se proyectó como motor tecnológico y potencia digital del país con empresas emblemáticas como Apple, Microsoft, Intel y Adobe, convirtiéndose en un polo de innovación global.

Se la llamó la Silicon Valley de India por su enjambre de empresas emergentes. Por ello, India ingresó al grupo de Brasil, Rusia, China y Sudáfrica (BRICS), el bloque de potencias también emergentes del Siglo XXI.

Detrás de ese florecimiento se oculta la presión laboral y un ecosistema sobreexplotado, en particular del agua. La severa crisis de contratación en ése y otros sectores, impactó directamente en los recién graduados.

Esa realidad impacta en el bono demográfico indio, cuya oportunidad de acceder a un trabajo digno se redujo dramáticamente entre los miembros de la que Occidente despectivamente denomina Generación Z. Como es usual, la retórica propagandista redujo el movimiento anticorrupción y antineoliberalismo de los jóvenes indios a una “protesta más” de esta generación.

Pretendía crear la percepción de que los indios nacidos entre 1997 y 2012 actúan igual que sus coetáneos occidentales: hostiles a todo esfuerzo físico, mental, volcados hacia lo superficial y que sólo interactúan en redes sociales, apunta el militante de izquierda Komal Mohite.

En la India, ese término pretende homogeneizar a todos los indios de esa generación, como procedentes de familias hindúes y partidarios de la política hindutva de Modi. Sin embargo, desconoce la profunda fragmentación identitaria y las variadas posturas político-sociales de los jóvenes.

Ellos se unieron contra las reformas neoliberales que desmantelan el sistema educativo público e impiden la formación profesional de los jóvenes. Por eso, en sus protestas denunciaron que los medios ocultan que el gobierno ha cedido ante el capitalismo corporativo, que no crea empleos dignos para que desplieguen sus habilidades y destrezas.

Para cubrir tal realidad, la campaña mediática de las protestas se centró en un puñado de figuras a las que elevó al nivel de dirigentes y borró la hazaña de un protagonismo colectivo procedente de todo el país, que movilizó a millones.

El naciente movimiento perfiló sus demandas al gobierno de Narendra Modi. Las prioridades fueron: dimisión inmediata del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, indemnización de 10 millones de rupias (104 mil dólares) a cada familia de jóvenes que se suicidaron y fin de la represión.

Sin embargo, en su táctica por ocultar el drama de cientos de miles de jóvenes que exigían su derecho a una vida mejor, Occidente centró su atención en la huelga de hambre indefinida del educador y activista del territorio septentrional de Ladakh, Sonam Wangchuk.

A la vez, el gobierno dispersó su campaña de descalificación en la que acusó a integrantes del movimiento de recibir financiamiento extranjero, alentar demandas “antinacionales”, ser “terroristas”, tener intención divisoria y ser “antihindúes”.

El hostigamiento escaló el 20 de julio, cuando 10 mil manifestantes intentaban llegar al Parlamento y fueron detenidos por la policía mediante grupos de élite que ejercieron la más brutal represión.

A ello siguió el acoso judicial con la apertura de cientos de procesos a detenidos sobre los que se aplicaron leyes antiterroristas. Mientras el gobierno de Modi apelaba para aplicar la rígida Ley de Protección de Actividades Ilegales a las cucarachas, la prensa reseñaba la detención de Wangchuk.

Así se omitió que también replicó esa huelga Neha Bora, la estudiante de doctorado y presidenta de la Asociación de Estudiantes de India, ala estudiantil del marxista-leninista Partido Comunista.

Lo que viene

Tras dos meses en los que el primer ministro se negó a dialogar, el 25 de julio, la tensión se sentía entre miles de cucarachas congregadas entre Jantar Mantar y Parliament Street. En silencio esperaban la decisión que marcaría su futuro; a medianoche se anunció la renuncia de Pradhan, “¡Un triunfo por el gran respaldo social!”, reporta el analista Yashraj Sharma.

La pregunta que sigue es ¿Qué pasará ahora? No ha terminado el problema entre el Gobierno y la juventud. Entre los retos destaca el de mejorar la vida de esos millones de jóvenes o seguir desperdiciando el enorme bono generacional de India.

Otros pendientes derivan de la solución del proceso a detenidos en Delhi, Bengala, Bihar y Assam; así como la atención a la demanda para que el Comisario de Policía de Delhi y el Ministro del Interior, dimitan y rindan cuentas por la represión.

Hoy, la percepción general es que el fin de las protestas no es definitivo. Las cucarachas afinan el programa que confirme el cumplimiento del Estado con esas y otras demandas esfumadas durante la contienda. “Tal vez no tengan una hoja de ruta”, alerta el analista Asim Ali.

Mientras los estudiantes afinan su liderazgo, al interior aumentan las expectativas. Algunos no descartan convertirse en partido político. Uno de los dirigentes, Sudhir Sangwan, aclara: “Descansamos y nos reorganizamos para definir nuestros próximos pasos. Queremos apoyar una causa a la vez y centrarnos en las bases”.

Sugieren que aspiran a ampliar su agenda más allá de lo educativo y se reunirán en asambleas públicas para explorar propuestas posibles. La vocera del movimiento, Baishnavi Gaur, sentenció: “Sabemos que esto no es el final” y Abhijeet Dipke admitió: “Éste no es el fin. Nos veremos pronto”.

El balance es que las cucarachas ahora son símbolo de resistencia de las clases bajas y clases medias bajas indias. Se organizaron contra la desigualdad de un sistema educativo que frena el ascenso de los pobres, mientras las élites aplauden la visión separatista hindú de Narendra Modi.

Celebran su triunfo tras desafiar al sistema que los oprime. Quizás para borrar ese fracaso, se ordenó a empleados locales blanquear con pintura los desperfectos causados durante las protestas en la icónica plaza. 

 

 

 

Sobrecalificados sin empleo

La revuelta de los jóvenes exhibió la aguda crisis del modelo económico indio y un proceso oculto: el desmantelamiento sistemático de instituciones públicas de educación subsidiada al alcance de mayorías pobres y clases medias.

Hasta hace poco, la constitución india las obligaba a reservar escaños para los dalit –la clase social más baja– y castas atrasadas históricamente oprimidas. Hoy a todos se les cierra el acceso a educación y empleo.

El retiro del Estado impacta en la tasa de desempleo, al alza entre universitarios y posgraduados. Así se evidenció en 2025, cuando 12 millones solicitaron ingresar a uno de los ocho mil 868 puestos abiertos por la estatal Ferrocarriles de la India.

También en Jaipur, 2.5 millones de personas –muchos universitarios y doctorados–, se volcaron a solicitar los 53 mil puestos como peones.

Todos eran aspirantes sobrevaluados para los puestos que ofrecía la empresa. Esa clase trabajadora respalda al movimiento de las cucarachas contra un gobierno que les priva de una vida digna y un futuro mejor, reseña el experto Komal Mohite.

 

Educación corporativa

La política neoliberal del Bharatiya Janata Party (BJP) de Modi, aceleró la comercialización y centralización de la educación con la Política Nacional de Educación (NEP 2020), con la que el gobierno central controla las instituciones educativas y órganos reguladores, mientras gana influencia política en las decisiones y designaciones a cargos.

El movimiento Cucaracha denunció el “significativo retroceso” del Estado en su compromiso de brindar educación pública a las mayorías, porque contrató a corporaciones y firmas de TI que reestructuran el sistema educativo, generalizan la evaluación al aplicar los exámenes cuando digitalizan las respuestas, incluso en exámenes de opción múltiple para disciplinas sociales y humanidades, sin privilegiar el análisis y pensamiento crítico.

Esa dependencia hacia las tecnológicas representa el pilar de la ideología supremacista hindú e influye en el plan de estudios y socava el rol del Estado como garante de la educación de alto nivel cualitativo.

Así lo dicta el informe –publicado en retraso al BJP– titulado Encuesta sobre Educación Superior de toda India. Ahí exhibe la reducción de la matrícula universitaria en ciencias, comercio y artes entre 2022 y 2024.

 


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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