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Ensayo
El goce estético del caos
Lo que hoy atestiguamos en los campos de futbol no es más que una manera de sacar rédito, de multiplicar inversiones y de acumular capital.


El futbol es la última representación sagrada de nuestra época. En el fondo es un rito, aunque también es evasión. Mientras que otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el futbol es la única que nos queda. El futbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro. El cine no ha podido sustituir al teatro, pero el futbol, sí. Porque el teatro es una relación entre, por una parte, un público en carne y hueso y, por otra parte, personajes en carne y hueso que actúan en la escena. Mientras que el cine es una relación entre una platea en carne y hueso y una pantalla, unas sombras. El futbol, en cambio, vuelve a ser un espectáculo en que el mundo real, de carne, en las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los atletas en el campo, que se mueven y se comportan según un ritual preciso. Por ello, considero que el futbol es el único gran rito que queda en nuestra época: Pier Paolo Pasolini, Sobre el deporte.

Comunista y posiblemente el último gran cineasta de nuestra época, Pasolini entendía que el futbol era para las grandes masas trabajadoras más que un espectáculo, más que puro entretenimiento; representaba una comunión casi religiosa. Un fenómeno cultural de tal envergadura que en nuestros días es posiblemente el único que rivaliza realmente con el control de masas de las redes sociales; no puede dejar de ser un fenómeno político de importante trascendencia. Evasión y comunidad son las contradicciones de este deporte.

La atomización del individuo

El hombre se realiza en la medida en que es genérico, es decir, en la medida en que vive a través de los demás; la vida egoísta, aislada, fracturada del cuerpo social, tiende a producir bestias o monstruos. La idea del hombre que se hace a sí mismo, las Robinsonadas como las llamara Marx, son creación puramente literaria del capitalismo. El futbol era uno de los últimos medios que tenía el hombre para asociarse, para existir en comunidad. ¿De qué manera se fue perdiendo el ser social para colocar artificialmente en su lugar el “amor propio”?

El trabajo era el medio por el que el uno llegaba al otro. De ahí nacía un sentido de pertenencia, de identidad, que se materializaba en sindicatos, asociaciones, Trade unions, ligas, etc., o incluso en fiestas, banquetes, celebraciones, a las que acudía la clase trabajadora que se organizaba bajo el techo de la fábrica. Cuando la máquina se perfeccionó, el sentido de colectividad se rompió. Marx partía de que era la fábrica, con sus medios de disciplina y organización, la que aglutinaba en primera instancia a la clase. Este proceso, en la medida en que la tecnología intervino, fue poco a poco desapareciendo. La unidad de la clase trabajadora, el sentido de pertenencia a un mismo grupo social quedó relegado, en gran medida, al aspecto cultural, a la superestructura; y ahí, naturalmente, el control no estaba en sus manos. En la medida en que el trabajo fue requiriendo cada vez menos de la colectividad, en que separó al obrero de sus compañeros aislándolo, en que la tecnología atrofió las relaciones sociales que de manera natural se creaban dentro de la fábrica, en esa medida, el hombre dejó de relacionarse con “su mundo”.

El capitalismo necesitaba liberarse de todos los restos de organización que él mismo había consolidado en su fase inicial. Cualquier tipo de unidad era una amenaza para los dueños de las fábricas. De ahí que desde su nacimiento se previniera contra este fenómeno creando leyes como la “Ley Le Chapelier”, emanada de la Revolución francesa, que prohibía la organización de los trabajadores en gremios; o las Combination Acts (Leyes de asociación) en Inglaterra, que sancionaban todo tipo de coalición, castigándola con cárcel. Era muy difícil, no obstante, detener un proceso natural creado por la dinámica propia de las relaciones de producción. No había ley que pudiera evitar que un obrero se comunicara con otro en su centro de trabajo, que de esa comunicación constante naciera la familiaridad y que, a la larga, terminaran ambos, en medio de una fiesta o una tragedia, discutiendo sobre su propia vida. Las leyes buscaban por la fuerza lo que por naturaleza no se podía evitar. Pero este fenómeno, fundamental para comprender el desarrollo de la clase y su organización, se fue poco a poco socavando por la misma dinámica del capitalismo hasta que, a mediados del siglo pasado, terminó por descomponer, no sin ayuda de la ideología, una forma de vida que terminaría por aislar al trabajador de sus semejantes hasta convertir a éstos en potenciales enemigos. Enemigos reales para el trabajador porque eran el obstáculo a sortear para conseguir un buen puesto de trabajo, una casa, un préstamo, etc.

Este proceso de fragmentación de la clase trabajadora es un hecho objetivo, una realidad que obliga a quienes buscan su organización y concientización a estudiarlo a fondo. Lo que antes la fábrica unía, hoy lo separa la máquina. Reunificarlo a través del puro elemento subjetivo es una tarea mucho más difícil, aunque no menos necesaria. De la pura lógica de la producción capitalista nacieron, sin embargo, expresiones sociales que más allá de que la unidad de clase haya mutado en términos materiales, se conservan; y conviene conocerlos no como vestigios, sino como elementos vivos por los que puede reconquistarse la conciencia de clase.

El futbol como expresión cultural

La clase organizada a través de la fábrica tenía un sinfín de formas de expresar su unidad. Unidad que, por otro lado, garantizaba su sobrevivencia. Las fiestas de los santos patronos eran una de las maneras más comunes en las que trabajadores de una misma rama se asociaban en los albores del capitalismo. Cada gremio tenía un santo protector en torno al que se reunía para rendirle culto al menos una vez al año. Hoy quedan pocos vestigios de eso. Pero las fiestas patronales iban más allá de los gremios. A fin de cuentas, los trabajadores de una misma fábrica o un mismo ramo vivían normalmente cerca del lugar de trabajo, lo que permitía que las fiestas se trasladaran a un ámbito más general, al de la comunidad. De esta manera, los pueblos adoptaban a un santo y una fecha específica para sus “ferias”, a veces éstas duraban semanas o meses. Pero las fiestas religiosas no eran una excepción.

 

 

Había muchas formas de hacer comunidad. La fábrica no era la única aunque, insistimos, era la más importante, dado que ahí era el trabajo el que aglutinaba. Era común, a lo largo de los Siglos XIX y XX, que una vez terminada la jornada, los hombres se reunieran en las tabernas a platicar y las mujeres, cuya actividad estaba hasta entonces restringida al hogar, hicieran comunidad en el lavadero, la tienda, el parque, etc. La Iglesia todavía jugaba un papel determinante. Los domingos, después de la misa, los trabajadores se reunían en parques y plazas y no podían evitar charlar, convivir unos con otros. Todas estas prácticas, que en términos históricos no distan realmente mucho de nosotros, perviven ahora sólo en el recuerdo, en la literatura o el cine. El capitalismo las destruyó de manera lógica; una máquina arrasó con ellas, metafórica y literalmente, dejando al individuo solo, bajo la metralla incansable de la ideología que ahora entraba a su casa por la radio, la televisión, el teléfono. Los demás, “el mundo”, existían ahora mediante intermediarios.

En ese contexto es en el que se sitúa el futbol. Nace de las fábricas como una manera de desprenderse de la enajenación de la máquina. Los primeros equipos en Europa son equipos obreros, creados y apoyados normalmente por trabajadores de la industria. Representaba más que un deporte, era la identidad de la ciudad o del gremio; y en esa medida pasó a representar más que puro entretenimiento. En el estadio, donde incluso ya con su comercialización los precios eran accesibles para el obrero, se terminaba de forjar el lazo que se creaba en la fábrica, pero ahora entre cánticos y pasión. Este tipo de futbol era un reflejo cultural del capitalismo industrial, de la clase obrera de los siglos XIX y XX. De ninguna manera creaba en sí mismo conciencia de clase, pero organizaba el instinto de clase. Era, como todo fenómeno superestructural, un reflejo de las relaciones de producción y, para entonces, de esas mismas relaciones emanaba la organización de clase, al nivel puramente economicista, de carácter gremial, pero como una más de las condiciones previas para la formación de la clase para sí.

El futbol bajo la égida del imperialismo

El imperialismo como política económica alcanzó su consolidación después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de la segunda mitad del Siglo XX, la producción industrial pasó a manos del capital financiero. El monopolio de la producción y de las finanzas se fue estrechando hasta llegar al lugar que presenciamos ya en el Siglo XXI. Tres grandes fondos de inversión poseen hoy la misma riqueza que más de la mitad de los seres de la Tierra; y esto gracias al control de todo el aparato productivo y de intercambio. Como no podía ser de otra forma, el futbol no se vio libre de su perniciosa influencia. Así como el cine, la literatura, la música, etc., el deporte perdió su sentido original y popular. Se mercantilizó y se volvió ajeno a sus creadores. Este proceso, que Marx llama cosificación, hizo que de los antiguos protagonistas simples espectadores de un deporte que ellos habían creado, pero que ya no les pertenecía. Pasaron de productores a simples consumidores. Esta nueva relación social no es particular del deporte ni del futbol, es aplicable a prácticamente todo fenómeno cultural. Una vez que se vuelve mercancía, ningún principio queda vivo en él. La solidaridad, la unidad, la identidad, todo se pierde, y en su lugar queda únicamente “el frío interés, el cruel pago al contado”.

 

 

En este momento presenciamos, por decirlo de alguna manera, la fase ultraimperialista del futbol. Si hace una década desembarcaron en Europa millones de dólares con los que el capital catarí, norteamericano o ruso se hicieron del control absoluto de clubes otrora manejados por socios, hoy esos capitales ya no son suficientes y empiezan a ser sustituidos por fondos de inversión anónimos, entidades sin rostro que poseen más de la mitad de las acciones de los equipos más “rentables” del planeta. Así, v. gr., el City Football Group Limited posee el 100 por ciento del Manchester City (Inglaterra), el 47 por ciento del Girona (Barcelona), el New York City (E.U.) y el Melbourne City (Australia); El Inter de Milán, segundo equipo más popular en Italia y cuyo nacimiento se remonta a la resistencia contra la política fascista-nacionalista de Mussolini, le pertenece en un 99.6 por ciento al fondo de capital de riesgo Oaktree Capital; el AC Milan, eterno rival del Inter y equipo histórico de la ciudad, es propiedad de RedBird Capital, fondo con acciones también en el Liverpool inglés; ALK Capital posee el 99 por ciento del Espanyol de Barcelona, así como del Burnley inglés; recientemente, el Apollo Global Managemente compró el 55 por ciento de las acciones del Atlético de Madrid. La lista sigue, y aquellos equipos que no son todavía intervenidos por estos fondos carroñeros, no tardarán en serlo.

Lo que hoy atestiguamos en los campos de futbol no es más que una manera de sacar rédito, de multiplicar inversiones y de acumular capital. A ello habrá que sumarle el despreciable negocio de las apuestas, que hace que el último resquicio de dignidad en este deporte sea liquidado. El mundial de 2026 se convierte así en uno de los acontecimientos más mercantilizados de la era moderna. El capital lo posee todo. En juego no hay nada más que un mercado de piernas, sponsors y casas de apuestas que se lucrarán hasta lo indecible con el siniestro espectáculo. Más siniestro que ningún otro porque se produce en un contexto de guerra, muerte y destrucción. Mientras el imperio norteamericano y sus aliados sionistas perpetran un genocidio en Palestina, lanzan bombas a escuelas en Irán, amenazan con invadir Latinoamérica, secuestran a un país, patrocinan saqueos y colonizan nuevos territorios, la FIFA le otorga el premio de la paz a Donald Trump a la par que más de 3.5 mil millones de seres, casi la mitad del planeta, observan desde sus pantallas el desarrollo del torneo. Es irracional, es absurdo y hasta estúpido para el sentido común, pero en la lógica del imperialismo no existe sentido común, existe el puro y cruel interés. El marxista alemán Walter Benjamin, perseguido por el nazismo, vaticinó hace más de un siglo este estadio de destrucción de la cultura y el deporte bajo la fase fascista-imperialista del capitalismo:

“La humanidad, –escribía en 1935– que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Éste es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte”. (Walter Benjamin. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica). 


Escrito por Abentofail Pérez Orona

Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).


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