MOSAICO ARMÓNICO

ÁLVARO CARRILLO
El último gran bolerista

Aquiles Lázaro.
 
ÁLVARO CARRILLO (1921-1969) NACIÓ EN LA RANCHERÍA EL AGUACATILLO, MUNICIPIO DE CACAHUATEPEC, OAXACA, Y MURIÓ EN UN ACCIDENTE AUTOMOVILÍSTICO. ADEMÁS DE SUS CONTRIBUCIONES A LA CHILENA GUERRERENSE, ES AUTOR DE LOS FAMOSOS BOLEROS SABOR A MÍ, AMOR MÍO Y CANCIONERO.

La Revolución Mexicana produjo, entre sus primeros frutos culturales, una pléyade de artistas que dio a nuestro país un prestigio internacional: el Muralismo, el ciclo de oro de la cinematografía nacional; grupos literarios como el del Ateneo o el de los

Contemporáneos; músicos de la talla de Silvestre Revueltas y Carlos Chávez. A grandes rasgos, podemos decir que estos artistas fueron hijos de las condiciones sociales engendradas por el ocaso del Porfiriato y el triunfo definitivo de la Revolución, aunque no todos ellos pertenecieron a ese periodo.

La música popular mexicana se movió más o menos en la misma dirección, y muchos de sus más connotados compositores e intérpretes surgieron en las primeras décadas posrevolucionarias; sin embargo, pasado aquel vigoroso impulso, nuestra música perdió terreno paulatinamente. Más allá de apreciaciones meramente subjetivas, esta afirmación se funda en análisis formales comparativos entre la música popular de aquellos tiempos y la de nuestros días. Evidentemente, la primera saldría favorecida.

No obstante, los grandes artistas surgen en cualquier lugar y en cualquier época, y su gestación no puede limitarse a periodos perfectamente definidos; así, mientras el "milagro mexicano" del arte agonizaba, crecía uno de los compositores más vigentes del repertorio nacional: Álvaro Carrillo Alarcón.

Nació en el medio rural más auténtico: una pequeña ranchería del municipio de Cacahuatepec. Cursó sus primeros estudios en ese municipio y posteriormente en el Internado Agrícola Indígena de San Pedro Amuzgos; a los 19 años ingresó a la Escuela Nacional de Agronomía, hoy Universidad Autónoma Chapingo, institución en la que se tituló como ingeniero agrónomo (en medio de tropiezos disciplinarios, debido a su inextinguible inclinación hacia la música). Trabajó un breve tiempo en la Comisión Nacional del Maíz en la Ciudad de México, para después dedicarse de lleno a la composición de canciones. Embarcado en la carrera de músico alcanzó gran éxito apoyado en su guitarra, instrumento que tocaba con profesionalismo, hasta que un accidente automovilístico en la autopista México-Cuernavaca cortó su vida a los 47 años de edad.

La obra de Álvaro Carrillo ha sido poco estudiada debido a su relativa cercanía temporal con nuestra época; hay, incluso, una fase de su obra que se conoce poco: la folclórica; más allá de sus populares boleros, fue prolífico en sus aportes a la chilena guerrerense, género que le debe algunas de sus obras más emblemáticas; también compuso canciones rancheras.
Desgraciadamente, el talento de Carrillo Alarcón llegó cuando la canción romántica urbana comenzaba a declinar; hacía ya algunas décadas que habían muerto sus grandes representantes, y los medios de comunicación para difundirla no eran los de antaño. Su obra sólo tuvo eco en rondallas, tríos y telenovelas, pues las orquestas, las grandes voces y el cine de la época dorada eran ya cosa del pasado. Los textos poéticos y las fórmulas armónicas características del bolero, que antaño se granjearan todo tipo de elogios, eran ahora "el trivial lugar común".

Podemos considerar a Álvaro Carrillo como un parteaguas de la historia de nuestra música en la última centuria. Su obra emergió cuando Gonzalo Curiel, Alberto Domínguez y Joaquín Pardavé estaban ya enterrados irreversiblemente y cuando se abría paso un nueva tendencia en el bolero, que terminaría por convertirse en la balada, un viraje que muchos lamentan todavía.

El tiempo, juez implacable, ha fallado ya en favor del Álvaro Carrillo y sus canciones se cuentan entre las más famosas y vigentes del catálogo musical de México. En todo caso, el eterno devenir aplica también en la música.