El fetichismo del nuevo gobierno 

La trasnochada izquierda oficial mexicana, representada ahora por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) y sus aliados

-Por Álvaro Ramírez

2018-12-24
Ciudad de México

La trasnochada izquierda oficial mexicana, representada ahora por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) y sus aliados, ha llegado al ejercicio del poder con mucho simbolismo, pero con pocos resultados tangibles.  

El lopezobradorismo continúa hablándole a su propia clientela electoral y seguidores, pero rechaza o es incapaz de establecer diálogo directo con otros sectores. Va por el aplauso y repudia el debate y la rendición de cuentas. 

Andrés Manuel López Obrador, Presidente de la República, sigue –a casi un mes de su rendición de protesta– como un hombre enormemente popular, pero que se rehúsa a dejar su zona de confort, a cambiar el discurso del mitin por la argumentación del estadista. 

Es un gobernante que todavía se refugia en el aplauso, la lisonja y la porra, antes que ir a la arena de las ideas con el adversario o a enfrentar al detractor. 

La esencia en sus mañaneras conferencias de prensa, por ejemplo, es escasa de contenido y datos, pero prevalece la imagen del mandatario sui géneris, cercano a los reporteros y que responde todas las preguntas, aunque no diga mucho. 

Es el “Presidente del pueblo”, ése que se transporta aún en un automóvil compacto, de esos que muchos mexicanos pueden obtener con sus ahorros. 

Él anda sin guardaespaldas, como el simbólico líder que está al alcance de sus gobernados, aunque en ello vayan de por medio su seguridad y un indeseable caso de agresión o accidente con el que se exponga al país entero a una crisis. 

El hombre que se mueve en vuelos comerciales, que saluda en las salas de abordaje y se deja fotografiar por sus compañeros de viaje, aunque ellos y ellas sufran decenas de incomodidades por esos traslados presidenciales en los que reporteros y su ayudantía provocan tumultos. 

El Presidente que ha vuelto a despachar en Palacio Nacional, donde no lo hacían los mandatarios desde la época anterior a Lázaro Cárdenas del Río, una de las figuras icónicas de la actual Cuarta Transformación (4T), quien decidió no vivir en la Residencia oficial de Los Pinos. 

El autor de la Expropiación Petrolera consideraba que vivir en el Castillo de Chapultepec –que ordenó abrir al público– era un exceso, por ello ocupó por primera vez Los Pinos, antes rancho La Hormiga. 

Imitando ese gesto, López Obrador se niega a habitar en esa residencia en la que vivieron 14 presidentes, para convertirlo en el Complejo Cultural de Los Pinos. 

Desde el 1º de diciembre, también aprovechando el simbolismo de la ocasión, se abrieron las puertas de ese recinto al público, evocando momentos históricos, como la toma de las haciendas de los ricos terratenientes en la época en que estalló la Revolución Mexicana; para muchos fue metafóricamente como asistir a la caída del Muro de Berlín. 

Con aciertos en esa parte de percepción, el lopezobradorismo continúa en el buen ánimo de una contundente mayoría de la población, que aplaude sus medidas, como la que lo tiene enfrentado con el Poder Judicial, por su intención de bajar los altos salarios que cobran sus integrantes y la negativa de ministros y magistrados a “vivir en la honrosa medianía”. 

El natural odio de clase es aprovechado al máximo por el nuevo régimen, que bien podría evitar luchas con otros poderes y desgaste en controversias constitucionales, si antes de ejecutar prefiriera cabildear y alcanzar acuerdos. 

Algo similar ocurrió con la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), en Texcoco; el objetivo simbólico se cumplió: el flamante régimen aplastó al poder económico ante los ojos del “pueblo pobre y bueno”, sin que importaran las consecuencias económicas perjudiciales, que terminan por afectar, tarde o temprano, a esa población que vive en carestía. 

Sin embargo, esa actitud autoritaria es parte también del simbólico comportamiento de la Cuarta Transformación, que se siente con el respaldo popular, bajo la persistente arenga de “nada en contra del pueblo, todo con el pueblo”. 

Lo cierto es que un ejercicio práctico del poder tendría entre sus prioridades la seducción o cooptación de la oposición, el diálogo permanente, aunque fuese simulado, entre poderes y la constante negociación de acuerdos, incluso con las minorías. Así se darían los resultados inmediatos que tanto esperamos los mexicanos.  

Sin embargo, con una visión trasnochada, el lopezobradorismo ha preferido lo simbólico a lo práctico. Se trata de un gobierno fetichista.