El Roman de Renard, caricatura de los estamentos feudales

“El Roman de Renard es una epopeya animal, creada hacia 1176 por el francés Pierre de Saint-Cloud

Tania Zapata Ortega

2018-12-17
Ciudad de México

Los estudiosos coinciden en que fue un erudito de nombre Pierre de St. Cloud quien compiló, en el siglo XII, en francés, una extensa composición en verso formada por 26 branches (ramas) que, por su contenido, bien puede considerarse una novela.

En el artículo El Roman de Renard, la doctora Diana Lucía Gómez Chacón, de la Universidad Complutense de Madrid, caracteriza así la obra: “El Roman de Renard es una epopeya animal, creada hacia 1176 por el francés Pierre de Saint-Cloud y protagonizada por el zorro Renard, en la que la lucha entre la burguesía y el feudalismo, y la crítica clerical hallan su mejor expresión literaria. Las diversas aventuras satírico-paródicas que conforman el ciclo de Renard, denominadas branches, en las que se conjugan la tradición popular, las colecciones esópicas y los bestiarios de origen oriental, desempeñaron un importante papel en el desarrollo y enriquecimiento de la iconografía del zorro en la época medieval”.

En la branche II, el gallo Chantecler (Cantaclaro), caricatura del héroe medieval, tiene un sueño premonitorio que deviene conflicto doméstico y acentúa el carácter de parodia de esta colección de aventuras; sugestionado por un lance anterior en el que el zorro Renard lo persigue a él y a sus gallinas, tiene una pesadilla que lo hace despertar horrorizado; su esposa, la gallina Pinta le dice que este sueño anuncia su muerte, pues pronto será devorado por el zorro, que hace tiempo merodea por el lugar. Chantecler desestima la interpretación y le habla a “su gallina” en términos injuriosos; entonces Pinta jura que no le hará más favores sexuales. Más tarde, Renard se presenta y alaba el canto del gallo; asegura que conoció al padre de éste y que admiraba su voz, al comprobar que su discurso ha caído en buen terreno, lo invita a cantar con los ojos cerrados; cuando la astucia funciona, atrapa a Chantecler por el cuello y escapa a toda prisa de la persecución de los granjeros, que han presenciado la escena. Para salvar la vida, el gallo, recurre a otra astucia que también tiene que ver con la adulación: le dice al zorro que presuma en voz alta para que los perseguidores sepan que ha cobrado la presa y que no lo alcanzarán; el zorro cae en la treta y, en cuanto abre la boca, el gallo escapa y sube a un arbusto, desde donde resiste las nuevas intentonas de Renard por engañarlo.

Son abundantes las pinturas, relieves e ilustraciones medievales alusivas a este episodio del Roman de Renard, que también constituye el antecedente de una de las narraciones más conocidas de Geoffrey Chaucer en Los Cuentos de Canterbury. Chantecler en las fauces de Renard a menudo fue representado gráficamente como un ganso, tal vez con un propósito plástico, dado que esta ave tiene un pescuezo de mayores dimensiones. Sea gallo o ganso, no deja de tratarse de un ave de corral.

Gómez Chacón apunta, además, que el episodio tuvo tanto éxito que se repite en la narrativa ulterior, con diversas variantes: “En la obra de Renart le Contrefait, redactada en la primera mitad del siglo XIV, se retoma la historia de Renard y Chantecler pero con algunas variantes que tendrán su reflejo iconográfico. Según esta versión de las aventuras de Renard, el zorro no habría hecho cantar con los ojos cerrados al gallo para atraparlo, sino que se habría hecho pasar por un piadoso predicador, miembro de la Orden de los Arrepentidos. Renard alardea ante su víctima de ser un gran orador y de lograr dormir con sus sermones hasta al más devoto de sus fieles. Tras lanzar una dura crítica a la Orden de Predicadores, Renard trata de ganarse la confianza de Chantecler explicándole su proceso de conversión. El falso predicador invita a Chantecler a seguir sus pasos y escuchar los terribles gruñidos procedentes del Infierno. El gallo obedece a Renard y aproxima uno de sus ojos al suelo, cerrando el otro, instante en el que el zorro atrapa a su presa”.

Aunque las narraciones animalísticas son recurrentes en la literatura clásica y durante mucho tiempo se haya querido ver en los divertidos lances del Roman ya sea una reminiscencia de las fábulas esópicas o una reelaboración individual de elementos folklóricos presentes en las literaturas de todo el mundo antiguo, en este caso los animales tienen un rasgo distintivo: no son un león, un zorro, un lobo, un ciervo, etc., con sus respectivas cónyuges, que han adquirido personalidad humana, es decir, no se trata de un antropomorfismo animal; más bien se trata de una “caricatura” de los tipos más representativos de cada clase y estamento de la sociedad feudal (monarcas, nobles, artesanos, campesinos, etc.) que han sufrido una suerte de zoomorfismo que no impide reconocerlos; así, tras el prudente velo de una sociedad imaginaria, se lanza una fina sátira social que exhibe la avaricia, el adulterio, los robos, violaciones, asesinatos, despojos, castigos y venganzas propios de la sociedad de aquel tiempo; no en balde, algunas obras gráficas inspiradas en estas narraciones fueron censuradas y destruidas por su contenido altamente anticlerical.