Miles de centroamericanos huyen de la miseria 

La caravana llega por agua y tierra. Son miles de migrantes que provienen de Honduras, Nicaragua, Guatemala y Haití

-Por Adamina Márquez

2018-11-05
Tapachula, Chiapas

Tapachula, Chiapas.- La caravana llega por agua y tierra. Son miles de migrantes que provienen de Honduras, Nicaragua, Guatemala y Haití. Comenzaron a llegar a México el pasado 19 de octubre cuando, alrededor de ocho mil, rompieron el cerco metálico de seguridad que divide la frontera entre México y Guatemala y arribaron a Ciudad Hidalgo.  

Huyen de la miseria que impera en Honduras, en donde no encuentran trabajo y les piden papeles para todo, incluso para trabajar en el campo. En ese país centroamericano, quien no tiene un grado de estudios equivalente al bachillerato de México, no puede ocupar un empleo remunerado, entonces solamente le queda la informalidad o el crimen organizado. 

Algunos de los migrantes huyen precisamente de los riesgos de muerte o despojo que representan las pandillas del M18 y otros actores de la delincuencia común. México los ha recibido y dado cobijo, pero el problema que plantean al país apenas ha comenzado a manifestarse. 

“No es cierto eso que dicen de que hayamos caminado todo. Nos venimos en jale (aventón). Casi todos nos venimos así; algunos sí caminaron, pero no todos”, cuenta Angélica, una hondureña de 21 años cuyo deseo es llegar a Canadá, junto con su hijo. Ahora no desea ir a Estados Unidos (EE. UU.), porque Trump trata mal a los migrantes. 

Bajo el sol abrasador, el termómetro marca 32 grados centígrados, pero la sensación térmica es mucho mayor. La hija de Angélica, de apenas dos años, duerme pesadamente debido a la alta temperatura, mientras su madre la abanica con un trapo viejo que le regalaron para refrescarla con aire y espantarle las moscas.   

No es la única. Hasta donde la vista alcanza, hay niños de todas las edades, desde recien nacidos hasta pequeños de nueve o 10 años que corretean por el improvisado campamento ambulante.  Uno de ellos es Jonathan, quien a sus cuatro años padece ya su primer viacrucis como indocumentado en busca del american dream. Él no sabe nada de Trump, ni del ejército de cinco mil militares que esperan su arribo en la frontera estadounidense; ni del asilo que el gobierno mexicano ofrece a su madre y sus paisanos; ni del hostigamiento por parte de los elementos de inmigración. 

Los migrantes

A Jonathan lo que le preocupa es que su hermano, de solo dos años, se atreva a pegarle y hacerle maldades sin considerar el respeto que debe guardarle por ser mayor que él, argumenta. 

“Somos de diferente padre, su papá y el mío no es el mismo”, platica frente a la cámara fotográfica. “Ahora te entrevisto yo; déjame a mí tomar fotos”, pide y estira sus manitas hacia el aparato que le causa curiosidad. Se pone a tomar fotos a sus amigos de viaje y miseria y a su madre, quien en ese momento descansa acostada sobre una bolsa de plástico. 

Es el mediodía del viernes 26 de octubre y la caravana se ha detenido en Arriaga, Chiapas, a 256 kilómetros de Tapachula, municipio en el que los migrantes descansaron por primera vez desde que entraron a territorio mexicano. El centro de la población está acordonado. Las calles y la plaza principal se han covertido en el refugio del grupo migrante desde la madrugada. Primero llegaron las madres y sus hijos. Ellas se movilizan casi siempre en aventón y caminan muy poco. 

“A nosotros sí nos piden caminar; los que organizan nos dicen que tenemos que caminar por lo menos cierto tiempo, sobre todo para que nos hagan caso”, dice Rodrigo Abeja, integrante de la organización no gubernamental Pueblos Sin Fronteras, que encabeza en parte la caravana desde su salida de Honduras. 

A 295 kilómetros, en la ribera del río Suchiate, del lado de Guatemala, Gerard Larinez Martínez, de 28 años, y un grupo de nueve hombres jóvenes esperan la segunda caravana migrante, que en ese momento se moviliza sobre territorio guatemalteco. “Estamos viendo el panorama, a ver si nos aventamos a cruzar o no. Nos enteramos por los medios, ya ves que fue una noticia internacional. Salimos después y nos hemos venido caminando porque la policía nos obliga a bajar de los raites; nos obligan a caminar, lo que me parece como un juego psicológico, para que la gente se canse y se regrese porque el cansancio es demasiado. Yo caminé dos días”.  

Solo un cuerpo joven puede aguantar las jornadas kilométricas y las altas temperaturas; y quienes hacen mayoría en esta marabunta humana son precisamente jóvenes: mujeres de no más de 30 años con hasta tres hijos y hombres que llevan consigo a toda su familia: esposa, niños y adolescentes, quienes se hacen bromas entre sí. 

Niños migrantes

Muy pocas son las personas adultas que han dejado todo en su país con la promesa de una vida mejor. Una de ellas es Héctor: “Yo tengo 45 años, pero no quiero ir a EE. UU. Yo quiero regresar a Monterrey. Antes trabajaba ahí, pero me deportaron a Guatemala. Cuando me enteré de la caravana me uní a ella para poder pasar; pero no quiero ir hasta EE. UU. ”. Es albañil y viaja en compañía de un joven guatemalteco; ambos se conocieron en ese país, viajan juntos por seguridad y para encontrar mejores oportunidades de empleo en el norte de México, en donde Héctor tiene algunos contactos. 

A las seis de la tarde, cuando la mayoría de los migrantes han terminado de arribar al centro de Arriaga, los líderes organizan una junta para decidir si  van a aceptar el plan de empleo temporal propuesto por Peña Nieto. Deciden que no, que es una trampa para retenerlos en el sur del país, en donde no hay empleo ni para los chiapanecos. Su deseo sigue siendo, en su mayoría, llegar a EE. UU., por lo que la marea humana continúa, imparable, su marcha.  

A las tres de la mañana retoman el camino porque es mejor ganarle horas a la madrugada que caminar durante el día, cuando hace mucho más calor. Se dirigen a Juchitán de Zaragoza, en Oaxaca, después de haber pasado por 18 municipios mexicanos.  

Peña Nieto y  Trump ante la crisis migratoria  

Ese mismo 26 de octubre, el presidente Enrique Peña Nieto anunció que el Instituto Nacional de Migración (INM) y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), entregaron 111 permisos de empleo temporal al mismo número de migrantes. 

A decir del Gobierno Federal, los beneficiados fueron familias completas, personas de la tercera edad, mujeres embarazadas, adolescentes y discapacitados, quienes se integrarán al programa “Estás en tu casa”, con lo que podrán permanecer en México “con una condición de estancia regular y la posibilidad de tener un empleo remunerado durante el tiempo que tome la resolución de su trámite para la obtención de refugio ante la Comar”, aseguró el INM. 

Esta cifra, sin embargo, apenas representa el uno por ciento de los cerca de nueve mil inmigrantes hondureños, guatemaltecos y haitianos que hasta el cierre de esta edición habían recorrido 695 kilómetros desde la frontera de Guatemala hasta el centro de Oaxaca. 

Esto se debió a que la mayoría de los integrantes de la caravana centroamericana se negaron aceptar el programa propuesto por Enrique Peña Nieto. Argumentaron que el plan busca retenerlos en el sur de la República –donde saben que no hay oportunidades laborales– a fin de que no continúen su camino hacia el norte de México y la frontera con EE. UU. 

Por este motivo, pidieron hablar directamente con los representantes del Presidente electo, ya que desconfian de las acciones del gobierno actual, al que ven influenciado por las presiones del presidente estadounidense, Donald Trump. Sin embargo, la respuesta de Andrés Manuel López Obrador resultó casi la misma, pues les ofreció trabajos temporales en el sureste del país, en concreto en la construcción del Tren Maya, obra en la que también laborarán los pobladores mexicanos de esa región. 

Mientras tanto, las posturas del actual y del próximo Presidente de México no han satisfecho a su homólogo estadounidense, quien el 29 de octubre anunció que cinco mil elementos del ejército se sumarían a los dos mil ya instalados en la frontera entre México y EE. UU. con la finalidad de “disuadir” a las caravanas migrantes que intenten ingresar al país del norte. Los elementos fueron enviados a los estados fronterizos de Texas, Arizona y California.   

Pero el anuncio de mayor movilización militar en la frontera estadounidense no intimidó a los migrantes; el mismo 29 de octubre, otro grupo de mil centroamericanos cruzó el río Suchiate en la línea fronteriza de Guatemala y México, desafiando las amenazas de Trump. Este nuevo contingente alcanzará a sus paisanos en Oaxaca y juntos se encaminarán a la Ciudad de México y luego hacia EE. UU. Nada parece detenerlos. 

 La inconformidad también migra 

Ante la falta de oportunidades laborales, la inseguidad y la pobreza, el 12 de octubre pasado, un grupo de hondureños se puso de acuerdo a través de redes sociales como Facebook y Whatsapp para emprender este doloroso viaje hacia el “sueño americano”.    

–¿No les convendría, en lugar de migrar, hacer que las cosas cambien en su país?  

“Pero es imposible, porque todo está monopolizado; ellos se blindaron muy bien bajo la ley y uno no puede hacer nada. En Honduras, los niveles de corrupción y de impunidad son impresionantes, hasta para conseguir un trabajo; si no eres un recomendado no te lo dan. No hay poderes independientes en Honduras. El poder es un solo poder manejado por el presidente Juan Orlando Hernández” asegura Gerard Larinez Martínez, con la vista fija en el río Suchiate.   

“Tenemos a un presidente impuesto de forma fraudulenta, porque quienes imponen los presidentes en Centroamérica y en América Latina son los gringos. Desde 2009 viene la economía para abajo y la situación de los maras y las pandillas es por lo mismo, porque no hay trabajo. No es que pertenezcamos a un partido político ni nada, pero todos decimos ¡fuera JOH! Todo mundo lo sabe: en Honduras solo 10 familias nos gobiernan, ellas son las que tienen el poder”. 

Honduras atraviesa por una crisis social derivada de sus condiciones económicas. En 2011, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) reveló que esa nación centroamericana es la que tiene mayor nivel de pobreza entre los 18 países que sometió a análisis socioeconómico. El 67.4 por ciento de la población hondureña estaba catalogada como pobre, seguida de Paraguay, con el 54.8 por ciento; Costa Rica, El Salvador y República Dominicana, con el 44 por ciento cada uno.  

Esa situación, sin embargo, contrasta con otro informe de la Cepal en el que se revela que, en los últimos 11 meses, Honduras fue una de las cinco naciones latinoamericanas que logró mejores crecimientos económicos del Continente Americano, junto con República Dominicana, Panamá, Nicaragua y Paraguay. El crecimiento del producto interno bruto (PIB) de Honduras fue del 3.9 por ciento, “una de las producciones y de los servicios más altos del continente”, aseguró el organismo. El de México, en ese mismo periodo, fue de apenas el dos por ciento.  

Esperando la bestia

Publicado en diciembre de 2017, el Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe, estimó que en 2018, el PIB hondureño se incrementaría en un 3.9 por ciento gracias a la expansión económica de EE. UU.,  el principal socio comercial de Honduras. Pero esta riqueza no se distribuye en toda la población, pues solo quienes estudian en la universidad encuentran trabajos más o menos bien remunerados.  

En Honduras, como en otros países, las estadísticas del Sistema Educativo Nacional muestran que la cobertura y calidad del mismo son limitadas, asegura la doctora en economía y desarrollo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Fabiola Romero Rodríguez: “En 2009, los porcentajes de analfabetismo alcanzaban al 22.3 por ciento de las mujeres y al 28.4 por ciento de los hombres, lo que significa que existen más de 309 mil 367 jóvenes y adultos con necesidades educativas no satisfechas”, asegura en su tesis de maestría. A nueve años de distancia, la realidad no parece haber cambiado mucho. 

Para Christian y Emanuel, de 23 años, una carrera universitaria es inaccesible. Son parte del grupo que ingresó a México el pasado 30 de octubre. Los dos persiguen un sueño: llegar a Guadalajara, donde el primero tiene familia, y conseguir trabajo ahí. En Honduras, Christian trabajaba de guardia de seguridad en un bar; Emanuel estaba desempleado porque no tenía los papeles de término del bachillerato y nadie le quiso dar empleo. 

“Lo que yo ganaba apenas me alcanzaba para mí. Vivía con otros amigos y juntos pagábamos la renta del departameno donde vivíamos, pero no me alcanzaba para ayudar a mi familia”, cuenta Christian. Emanuel asegura que él ni siquiera tuvo que pensar mucho para dejar su país, pues no contaba con un empleo, así que no tenía nada qué perder.  

En su Informe sobre la desigualdad global 2018, el World Inequality Lab no atribuye la desigualdad de América Latina y el Caribe a la falta de producción de riqueza, sino a su mala distribución: “Enfrentar la desigualdad de ingresos y riqueza a escala mundial requiere cambios importantes en las políticas impositivas nacionales y globales. En muchos países deben revisarse las políticas educativas, salariales y de toma de decisiones en la dirección de las empresas. La transparencia en términos de acceso a la información sobre las actividades económicas también resulta clave”. 

Y concluye: “Los gobiernos deberían realizar inversiones que permitieran reducir los actuales niveles de desigualdad de ingresos y riqueza y prevenir nuevos incrementos en el futuro. Se necesitan mayores inversiones públicas en educación, salud y protección medioambiental, tanto para combatir la desigualdad existente como para prevenir incrementos futuros. No será fácil. Reducir el endeudamiento público no es una tarea sencilla (varios mecanismos han sido empleados en el pasado: aumento de los impuestos progresivos, condonaciones de deuda, inflación, etc.), pero es central para mejorar la posición de partida de las generaciones jóvenes”.   

Mientras tanto, la pobreza migra con los hondureños, los guatemaltecos, los haitianos y todo aquel que se una a la caravana. Ésta recorrerá los más de dos mil kilómetros de territorio mexicano en busca del american dream. Avanzan y siguen caminando bajo el sol y las altas temperaturas; no se rinden, aunque saben que lo que les espera en la frontera norte no es una vida mejor, sino un muro y cinco mil elementos armados.