La Égloga de Cristino y Febea

Interminable es la discusión en torno al verdadero nombre de Juan del Encina, del Enzina o Juan de Fermoselle (1468-1529)

-Por Tania Zapata Ortega

2018-10-22
Ciudad de México

Interminable es la discusión en torno al verdadero nombre de Juan del Encina, del Enzina o Juan de Fermoselle (1468-1529); y también lo es en torno a su lugar de nacimiento, situado por algunos en Zamora y otros en Salamanca, España. Poeta y músico de la corte de los Reyes Católicos, funde armónicamente elementos paganos y cristianos y con él se inicia propiamente el teatro español, pues son escasos y aislados los autos y representaciones medievales anteriores. Julio Torri en La literatura Española dice que la obra de Juan del Encina está llena de motivos medievales que se manifiestan como contradicciones: entre el campo y la ciudad, que el poeta expresara en Serranillas; entre dar rienda suelta a los apetitos carnales (carnaval) o su contención (cuaresma); y entre la libertad amatoria de los pastores y el recogimiento monástico.

Su obra más reconocida es la Égloga de Cristino y Febea, que el propio autor describe así: Égloga nuevamente trobada por Juan del Enzina, adonde se introduze un pastor que con otro se aconseja, queriendo dexar este mundo y sus vanidades por servir a Dios; el qual, después d´averse retraído a ser hermitaño, el dios d´Amor, muy enojado porque sin su licencia lo avía fecho, una ninpha embía a le tentar, de tal suerte que forçado del Amor dexa los ábitos y la religión.

En la Égloga, que adopta la forma de un diálogo en verso, el pastor Cristino pide consejo a su amigo Justino, pues ha decidido convertirse en ermitaño para entregarse a la vida religiosa y contemplativa.

Todo lo quiero dexar

y darme a servir a Dios.

Quiero buscar una hermita

benedita,

do penitencia hazer,

y en ella permanecer

para secula infinita.

Si quanto mal y cuidado

he passado

por amores y señores

sufriera por Dios dolores,

ya fuera canonizado.

Qualquiera cosa fenesce

y perece,

salvo el bien hazer no más.

Di, ¿qué consejo me das?

Quiero ver qué te parece.

A pesar de la oposición de su amigo, Cristino se va de ermitaño; el dios del Amor (nótese el elemento pagano) se presenta ante Justino y, al enterarse de su ida, monta en cólera y urde un plan: envía a Febea, una ninfa a su servicio para tentar al pastor y obligarlo a regresar al mundo.

Pues si quieres contentarme

y agradarme,

pon luego pies en camino;

vete adonde está Cristino,

porque dél quiero vengarme.

Y dale tal tentación

que affición

le ponga tal pensamiento

que desampare el convento

y dexe la religión.

Mas en viéndole encencido

sin sentido,

no te pares más allá,

torna luego para acá,

que él verá quién es Cupido.

Amor logra su cometido cuando Febea tienta con éxito a Cristino, quien reclama así a su grecolatino vencedor:

¡O Cupido,

desmesurado garçón!

¿Aún en esta religión

me quieres tener vencido?

Buscando a Febea, Cristino abandona el convento y retorna a su antigua vida pastoril, para regocijo de Justino, quien rompe a cantar para que su amigo recuerde que puede bailar. La Égloga termina con el siguiente villancico, de inmortal aliento popular:

Torna ya, pastor, en ti,

dime, ¿quién te perturbó?

¡No me lo preguntes, no!

Torna, torna en tu sentido,

que vienes embelezado.

Tan linda zagala he vido

que es por fuerça estar asmado.

Parte comigo el cuidado.

Dime, ¿quién te perturbó?

¡No me lo preguntes, no!

Pues que saber no te mengua,

da razón de tu razón.

Al más sabio falta lengua

viendo tanta perfeción.

Cobra, cobra coraçón.

Dime, ¿quién te perturbó?

¡No me lo preguntes, no!

¿Es quiçás, soncas, Pascuala?

Cuido que deve ser ella.

A la fe, es otra zagala

que relumbra más que estrella.

Asmado vienes de vella.

Dime, ¿quién te perturbó?

¡No me lo preguntes, no!