La cena de Alfonso Reyes en un santiamén

No podemos olvidarnos de quién fue Alfonso Reyes, ni soslayar la figura de su padre, el general Bernardo Reyes

-Por Ana Kerlegan

2018-10-08
Ciudad de México

No podemos olvidarnos de quién fue Alfonso Reyes, ni soslayar la figura de su padre, el general Bernardo Reyes, figura destacada del régimen porfirista. Habremos de recapacitar en lo anterior para ubicar en el tiempo la obra del gran intelectual mexicano. Hoy algunos descalifican así la obra de Reyes: “No he podido leer un solo texto de este señor sin dormirme”.

Con esa idea de la brevedad del tiempo de lectura nos acercamos a La cena, un cuento escrito en 1912 y publicado en 1920, del autor que fuera embajador de México en Argentina. Hablar de esa época y de Argentina nos hace recaer en la figura de Jorge Luis Borges, quién tuvo la osadía de hablar maravillas de Alfonso Reyes. Borges cita como epígrafe este texto de Reyes: “Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras; que se va la vida en hacerlas”.

Sabemos que lo que diferencia un poema en prosa de un cuento o relato está en que el poema propone imágenes y la narración usa el verbo. Éste, conjugado, nos entrega al menos tres cosas: tiempo, persona y modo. Esto queda claro en el texto que nos atañe, que es una narración o el juego de una narración, donde Reyes mide el paso del tiempo (o el posible paso del mismo, toda vez que el tiempo es relativo), pues tiene a bien comenzar su cuento con un verbo: “Tuve que correr a través de calles desconocidas”. Desde el primer instante entramos a su relato y vemos que en primera persona el narrador hace énfasis en el verbo “tener” como necesidad, el infinitivo “correr”, y el participio que es usado como adjetivo de calles, señalándolas como “desconocidas”. Ya en el primer golpe de letras se siente la desesperación del personaje-narrador.

Un personaje es invitado a una cena por dos mujeres desconocidas, madre e hija, que rematan su invitación con un tono familiar: “¡Ah, si no faltara!”. La invitación estaba hecha y el personaje se siente intrigado y al mismo tiempo agradecido de la invitación, por lo que decide asistir. Una mujer le abre, a la que el personaje-narrador no alcanza a reconocer y que al abrir le dice: “Pase usted, Alfonso”; el personaje no puede dejar de asombrarse al escuchar que le llaman de forma tan casera y cercana.

Sin mayor reserva Alfonso es conducido por Amalia hasta el salón donde ya lo esperaba doña Magdalena, una mujer de 60 años. El personaje describe la casa, los cuartos, las paredes, la decoración, así como el mobiliario y el cuadro de un hombre de barba partida. Las dos mujeres visten de negro y lucen joyas antiguas: “El misterio de un parecido familiar se apoderó de mí”.

La cena transcurre en charla, el personaje comienza a relajarse y a sentirse bien ante la presencia de alguna tía mayor y una prima que empieza a ser solterona. Pero después las cosas siguen de otro modo: las frases de las mujeres parecen convertirse en una petición. La mujer joven se hace cargo de las palabras y acaba siempre por suspirar, mirando sobre la cabeza del personaje. Es cuando Alfonso empieza a sentirse extraño; es tal la insistencia de Amalia de mirar sobre nuestro personaje, que lo hace voltear una y otra vez hacia atrás, esperando encontrarse con alguien más pero no hay nadie.

Deciden continuar la plática en el jardín. El autor escribe: “En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.” Las mujeres deciden describirle las flores que para Alfonso no se encuentran ahí, al grado de que el personaje comienza a confundir las palabras de las mujeres con su fantasía: flores que muerden; flores que besan; tallos que se arrancan de raíz y trepan como serpientes a los cuellos. Y todo lo anterior hace que el personaje se quede dormido.

Al despertar sigue sentado junto a las mujeres que continúan charlando ignorando su presencia, resignadas a tolerar su sigilo. Y es cuando se da cuenta de que los rostros de las mujeres, ante la luz que las alumbra, flotan en el aire, sin cuerpo. Ellas hablaban de un capitán, de una explosión que lo dejó ciego y Alfonso no entiende. ¿Cuál ha sido la razón por la que le dicen esto? ¿Cuál ha sido el motivo de que lo invitaran a cenar? Las mujeres lo cargan como si fuera un inválido y vuelven al interior de la casa para mostrarle un retrato. Y se da cuenta de que es él el personaje de aquel retrato, como si se viera en un espejo, como si fuera su caricatura.

Las emociones que produce la lectura no terminan de surgir de nuestra mente por la forma en que el tiempo se diluye en un santiamén. La ambientación que Reyes ha puesto en la construcción de la historia y la recreación confunden nuestras percepciones y eso es lo que no nos permite soltar el texto y quedarnos en el momento justo de no reconocer si aquella escena ocurrió o fue un sueño en el que el personaje vivió una historia fantasmal.