Sobre la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte

El 27 de agosto se anunció públicamente que los gobiernos de México y Estados Unidos (EE. UU.) alcanzaron un acuerdo que modificó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte

-Por Arnulfo Alberto

2018-10-08
Ciudad de México

El 27 de agosto se anunció públicamente que los gobiernos de México y Estados Unidos (EE. UU.) alcanzaron un acuerdo que modificó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que se firmó en 1994 y en un largo periodo de 24 años no sufrió ningún cambio sustancial.

Estas negociaciones se iniciaron formalmente el 18 de mayo de 2017, cuando el gobierno de EE. UU. notificó al Congreso de su país la intención de renegociar con Canadá y México la modernización del TLCAN. La iniciativa tuvo su origen durante la última campaña presidencial estadounidense, cuando Donald Trump prometió cambiar algunos aspectos del tratado argumentando que los más beneficiados son los mexicanos.

Esta postura de Trump se inserta en la corriente nacionalista, que ha cobrado fuerte impulso en el seno de la sociedad estadounidense. Para nadie es una novedad que nuestro vecino del norte pasa por un periodo de declive económico, pues su crecimiento económico se ralentiza y la riqueza se concentra cada vez más en unos cuantos multimillonarios.  

Este agotamiento económico se manifiesta en la escena política mediante el enojo de las clases medias y, sobre todo, en las clases trabajadoras, que pierden sus empleos cuando las empresas trasladan sus instalaciones a países donde la mano de obra y los insumos son más baratos, como el caso de México. Trump ha intentado contrarrestar este fenómeno con la renegociación del TLCAN pero, aunque haya logrado tener algunos éxitos a corto plazo, en el lejano esa tendencia seguirá siendo inevitable.

Vale la pena hacer un breve diagnóstico del TLCAN con EE. UU. y Canadá para constatar la realidad.

Las estadísticas indican que el volumen de comercio entre México y EE. UU. se ha multiplicado por seis, al pasar de 100 mil millones de dólares (mdd) en 1994, a 558 mil millones de mdd en 2017. EE. UU. es el principal socio comercial de México, monopolizando sus exportaciones e importaciones de bienes y servicios.

Es indiscutible que el comercio internacional se ha incrementado considerablemente. Sin embargo, en términos sociales, el impacto directo del TLCAN en la mayor parte de nuestra gente ha sido realmente decepcionante. Los niveles de pobreza no han disminuido, los salarios no crecen y el desempleo y la informalidad siguen al alza.

El mexicano promedio no ha visto mejorar sus condiciones de vida a raíz de la firma del tratado comercial; esto ha afectado por igual a los trabajadores mexicanos y a los estadounidenses, de ahí la victoria de Trump.

Pero, entonces ¿quiénes han sido los beneficiados? No hay otra respuesta: el gran capital internacional, a través del control de las grandes empresas, cuyo giro es la exportación. Los dueños del capital son quienes se han beneficiado con las ganancias derivadas del incremento del comercio internacional. Estas empresas son tanto mexicanas como estadounidenses.

Esto explica por qué el nuevo acuerdo comercial no tendrá cambios de fondo. Por ejemplo, algunas de las cuestiones que se modifican tienen que ver con las cláusulas de terminación del tratado, que obligan a las partes a renegociar cada cinco años la solución de controversias, la propiedad intelectual y el comercio digital. Quizá lo más fuerte tenga que ver con que los fabricantes de automóviles, quienes tendrán que cubrir hasta el 75 por ciento del contenido de los autos con insumos regionales y estarán obligados a producir hasta el 45 por ciento de los insumos con trabajadores que tengan sueldos por arriba de los 16 dólares por hora.

En suma, solo cambios que tangencialmente contribuyen a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores estadounidenses en el corto plazo, pero que no modifican sustancialmente el objetivo primordial del tratado, que es facilitar los intercambios comerciales para que las grandes empresas transnacionales puedan alcanzar la máxima ganancia a costa de los trabajadores.

El 27 de agosto se anunció públicamente que los gobiernos de México y Estados Unidos (EE. UU.) alcanzaron un acuerdo que modificó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que se firmó en 1994 y en un largo periodo de 24 años no sufrió ningún cambio sustancial.

Estas negociaciones se iniciaron formalmente el 18 de mayo de 2017, cuando el gobierno de EE. UU. notificó al Congreso de su país la intención de renegociar con Canadá y México la modernización del TLCAN. La iniciativa tuvo su origen durante la última campaña presidencial estadounidense, cuando Donald Trump prometió cambiar algunos aspectos del tratado argumentando que los más beneficiados son los mexicanos.

Esta postura de Trump se inserta en la corriente nacionalista, que ha cobrado fuerte impulso en el seno de la sociedad estadounidense. Para nadie es una novedad que nuestro vecino del norte pasa por un periodo de declive económico, pues su crecimiento económico se ralentiza y la riqueza se concentra cada vez más en unos cuantos multimillonarios.  

Este agotamiento económico se manifiesta en la escena política mediante el enojo de las clases medias y, sobre todo, en las clases trabajadoras, que pierden sus empleos cuando las empresas trasladan sus instalaciones a países donde la mano de obra y los insumos son más baratos, como el caso de México. Trump ha intentado contrarrestar este fenómeno con la renegociación del TLCAN pero, aunque haya logrado tener algunos éxitos a corto plazo, en el lejano esa tendencia seguirá siendo inevitable.

Vale la pena hacer un breve diagnóstico del TLCAN con EE. UU. y Canadá para constatar la realidad.

Las estadísticas indican que el volumen de comercio entre México y EE. UU. se ha multiplicado por seis, al pasar de 100 mil millones de dólares (mdd) en 1994, a 558 mil millones de mdd en 2017. EE. UU. es el principal socio comercial de México, monopolizando sus exportaciones e importaciones de bienes y servicios.

Es indiscutible que el comercio internacional se ha incrementado considerablemente. Sin embargo, en términos sociales, el impacto directo del TLCAN en la mayor parte de nuestra gente ha sido realmente decepcionante. Los niveles de pobreza no han disminuido, los salarios no crecen y el desempleo y la informalidad siguen al alza.

El mexicano promedio no ha visto mejorar sus condiciones de vida a raíz de la firma del tratado comercial; esto ha afectado por igual a los trabajadores mexicanos y a los estadounidenses, de ahí la victoria de Trump.

Pero, entonces ¿quiénes han sido los beneficiados? No hay otra respuesta: el gran capital internacional, a través del control de las grandes empresas, cuyo giro es la exportación. Los dueños del capital son quienes se han beneficiado con las ganancias derivadas del incremento del comercio internacional. Estas empresas son tanto mexicanas como estadounidenses.

Esto explica por qué el nuevo acuerdo comercial no tendrá cambios de fondo. Por ejemplo, algunas de las cuestiones que se modifican tienen que ver con las cláusulas de terminación del tratado, que obligan a las partes a renegociar cada cinco años la solución de controversias, la propiedad intelectual y el comercio digital. Quizá lo más fuerte tenga que ver con que los fabricantes de automóviles, quienes tendrán que cubrir hasta el 75 por ciento del contenido de los autos con insumos regionales y estarán obligados a producir hasta el 45 por ciento de los insumos con trabajadores que tengan sueldos por arriba de los 16 dólares por hora.

En suma, solo cambios que tangencialmente contribuyen a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores estadounidenses en el corto plazo, pero que no modifican sustancialmente el objetivo primordial del tratado, que es facilitar los intercambios comerciales para que las grandes empresas transnacionales puedan alcanzar la máxima ganancia a costa de los trabajadores.