EE. UU. debe levantar el genocida bloqueo contra cuba

Ciudad de México. - Estados Unidos, autodesignado arquetipo de democracia y del libre comercio global, mantiene el más implacable bloqueo comercial y financiero contra Cuba desde el 19 de octubre de 1960.

-Por Nydia Egremy

2018-10-08
Ciudad de México

Ciudad de México. - Estados Unidos, autodesignado arquetipo de democracia y del libre comercio global, mantiene el más implacable bloqueo comercial y financiero contra Cuba desde el 19 de octubre de 1960.  Ésa es la represalia genocida del imperio, que impuso Dwight D. Eisenhower, contra la autodeterminación de La Isla. En su radicalismo conservador, el magnate Donald John Trump endurece el bloqueo, incluso, contra el interés de sus conciudadanos. El 70 por ciento de los 11 millones de cubanos nació bajo esa política, que impide el desarrollo pleno de la sociedad más instruida del Continente Americano. En octubre de 2017, México y 190 países repudiaron en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ese acoso imperial y este año ¡volverá a ser condenado!

Solo 144 kilómetros separan a Estados Unidos de Cuba. Al norte del Estrecho de la Florida está la superpotencia militar y aún primera economía mundial, donde la desigualdad propia del capitalismo se expresa en 50 millones de pobres con muy baja expectativa de cambio, según Oxfam. Al sur está Cuba, la isla caribeña que ha optado por un gobierno socialista y que, pese a 58 años del multidimensional bloqueo estadounidense, ha dotado a su población del mayor nivel educativo y de salud de América Latina.

El obsoleto e inmoral bloqueo se ampara en el decreto de Eisenhower del 19 de octubre de 1960, con que el Departamento de Estado imponía la primera fase del cerco comercial a La Isla. Así, EE. UU. negaba todo acceso comercial a La Isla, que le compraba más del 70 por ciento de sus importaciones. Solo permitía el paso a medicinas y bienes no subsidiados, como conservas.

 John F. Kennedy amplió la venganza. El siete de febrero de 1962, hacía permanente el bloqueo, prohibía todas las importaciones cubanas y comerciar con La Isla. Y aunque en 2014 ambos gobiernos se acercaban, persiste esa prohibición a importar bienes básicos de EE. UU. y terceros países a Cuba y solo el Congreso estadounidense podría eliminarlo.

La justificación imperial para mantener tan depredadora represión económico-financiera es la obcecación de Washington a convivir, a solo 90 millas de distancia, con una nación que ha decidido tener un gobierno socialista. El capitalismo expoliador no perdona las primeras medidas de la Revolución Cubana: expropiación de tierras, empresas y la imposición de impuestos a importaciones de EE. UU.

Trump

Solo en los primeros días del gobierno de la Revolución, se nacionalizaron 382 negocios estadounidenses, incluidos 105 ingenios azucareros, 13 tiendas departamentales, 18 destilerías de ron, 61 empresas textiles, ocho líneas de ferrocarril y todos los bancos estadounidenses.

En 1960, la revista Time publicaba el artículo de Merril Fabry que describía: “Los EE. UU. no necesitan preocuparse de que el bloqueo ‘estratégico’ dañe a la industria privada en Cuba. Pues ya no existe más. La semana pasada, Washington abofeteó a La Habana con el más severo bloqueo comercial impuesto a alguna nación –excepto la China  Roja– equivalente a 10 mil dólares en bienes y por diez años”.

Es por ello que en 1960 se aprobaba el memorándum de un funcionario del Departamento de Estado, que proponía “una línea de acción que hiciera mayores avances al negar dinero y recursos a Cuba para reducir el circulante y salarios reales, para ocasionar enojo, desesperación y así destruir el gobierno de Fidel Castro”, según ha explicado Maurice Jourdane.

Ese castigo se ha mantenido casi seis décadas contra una pequeña isla que desafió a la potencia hegemónica de la segunda posguerra. Desde entonces, Cuba vive todos los días la escasez de comida; de ahí la Libreta de Abastecimiento, que garantiza el acceso de los ciudadanos a raciones de alimentos básicos. No obstante, los medios de EE. UU. y sus aliados critican con cinismo esa precariedad.

Es cierto que bajo el bloqueo es una proeza conseguir artículos sencillos como los “curitas” o Band-Aids, que protegen heridas leves. También, que los hospitales hacen milagros para conseguir medicamentos y equipos contra el cáncer o para atender a infantes y pacientes con enfermedades degenerativas. Lo que se oculta es que EE. UU. niega el derecho a la vida y la salud de Cuba.

El país del capitalismo imperial pierde dinero con el bloqueo. Sus estrategas saben que en octubre no hay papas en el mercado cubano, llegarán hasta enero. Texas, Florida y Carolina del Norte son grandes productores de ese tubérculo y podrían exportarlo a su vecino del Caribe, pero la obcecación de la Casa Blanca y el Congreso impide ese libre comercio.

Y es que Cuba, pese a incontables sabotajes y al cerco económico-financiero-médico-tecnológico, ha sabido utilizar a su favor la estrategia de la autosuficiencia. Pese a la intención imperial de impulsar un cambio de régimen a partir de forzar por hambre al gobierno de la Revolución. De ahí el éxito de las reformas económicas de los últimos años, encaminadas a atraer inversiones al país.

La imagen de Cuba en EE. UU.

¿Qué se piensa del bloqueo en la superpotencia? Hay opiniones diversas, sobre todo después de que Trump anunciara su nueva política hacia La Isla. Lo hizo desde Miami, confiado en el voto de radicales anticubanos y del Tea Party republicano en los comicios legislativos de noviembre. Un simpatizante es Daniel L. Davis, que en junio de 2017 le invitaba cambiar el régimen en La Isla “si subvierte el orden interno”.

En su artículo en The National Interest, David le sugería debilitar al Estado cubano y provocar el cambio político en la isla socialista. “EE. UU. debe ‘ayudar’ a los cubanos a promover la democracia desde adentro, no debe retirarse de Cuba” . Es decir, pedía manos libres para las actividades subversivas de agencias de inteligencia y de ‟ayuda”, como la USAID.

Opuestos a ese extremismo, no pocos analistas anglosajones reconocen la proeza del pueblo cubano de sobrevivir bajo el inclemente bloqueo; y reprochan a sus respectivos gobiernos por respaldar esa medida. “Las sanciones estadounidenses contra Cuba han durado más que cualquier otro bloqueo en la era moderna. Si somos socios de China, me parece obsoleto e inefectivo. Todo es culpa de los yanquis; el pueblo de Cuba es pobre no por el comunismo, sino por EE. UU.”, escribía Michael J. Totten en World Affairs Journal, en 2014.

Otros advierten que Trump sostiene que sus medidas pretenden privar de dólares al Ejército y las fuerzas de seguridad e inteligencia de Cuba. Por ello ataca al turismo, la medular fuente de ingresos, apunta Anthony Faiola, quien recuerda que en el primer trimestre de este año, viajaron a La Isla unos 95 mil 520 estadounidenses –40 por ciento menos que hace un año, según cifras cubanas–.

Martina Kunović criticaba en The Washington Post la nueva política de Trump. En junio de 2017, refería que no ganó la confianza de los cubanos, sino “un efecto opuesto: ha empobrecido a los cubanos al encauzar esos dólares al pequeño sector de empresarios privados. La pequeña empresa cubana y los empresarios estadounidenses están cansados del bloqueo y el Estado cubano se ha fortalecido”, escribía.

Es notable el análisis de Ben Rhodes, arquitecto de la apertura hacia La Isla realizada por Obama y exasesor de Seguridad Nacional, quien estima que la política anticubana de Donald Trump “es un error sin sentido”. Hace un año escribía en The Atlantic que los cambios de Trump “lastimarán a los cubanos de la calle, dañarán la imagen de EE. UU. y harán más difícil a los estadounidenses negociar y viajar a cualquier sitio que ellos deseen.

“Trump va, en sentido contrario a las manecillas del reloj, hacia una conducta trágicamente fallida de la Guerra Fría, al reimponer restricciones a múltiples actividades bilaterales. Parece olvidar que en Cuba viven personas que por décadas han sufrido con el bloqueo estadounidense, que desarticula la economía y el gobierno socialistas”, agrega Rhodes.

En el colofón, el diplomático reseñaba: Ahí los productos básicos son inexistentes; los campesinos no disponen de equipo para cultivar más alimentos. Los cubanos han debido mantener funcionando esos automóviles clásicos, debido a que han sido prisioneros de una economía que no les permite crecer como el resto del planeta.  Y entretanto, a los estadounidenses –que supuestamente valoran su libertad por encima de todo– se les ha indicado que son el único país en el mundo donde sus ciudadanos no pueden viajar a 90 millas de la Florida”.

Hace meses, el corresponsal británico de viajes de The Independent, Simón Calder, criticaba la “duplicidad vergonzosa hacia un país objeto de la Ley que prohibe ‘negociar con el enemigo’ y que llevó a La Isla a olvidar a EE. UU.”. Calder escribió, en 1989, la primera Guía Independiente de Viaje para Cuba.

Veinticinco años después, él llegaba a La Habana a bordo de un “vuelo fantasma” debido a la prohibición de viajar a La Isla desde Estados Unidos. El bloqueo ha impedido por más de 50 años que los cubanos adquieran nuevos automóviles y refacciones, “por lo que la mayoría son eficientes mecánicos que hacen funcionar sus autos de los años 50’s”, agregaba Calder.

Los cubanos exigen frenar el bloqueo

Otro observador crítico es el periodista Daniel Bukzspan, que hace ocho años escribía: “los estadounidenses y sus aliados, rutinariamente hacen negocios con Cuba, incluidos comercio y turismo. El consenso entre un amplio rango de periodistas y políticos es que el bloqueo no alcanzó sus objetivos tras 50 años”.

Así parecen juzgar otros actores ese proceso, como la comunidad cubano-estadounidense, cuya mayoría, pese a su sentimiento anti-revolucionario, envía dinero a sus familias en la isla; una práctica que persiste desde hace tiempo, –refería Bukzspan–.

Díaz-Canel en la ONU

 “A pesar del bloqueo, la hostilidad y las acciones de EE. UU. para imponer un cambio de régimen en Cuba ¡Aquí está la Revolución Cubana, viva y pujante, fiel a sus principios!” declaraba el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, al debutar en la 73ª Asamblea General de la ONU.

Ante 200 mandatarios, el sucesor de Raúl Castro Ruz, revelaba las nocivas cifras del capitalismo: “es un mundo irracional, donde el 0.7 por ciento más rico de la población se apropia del 46 por ciento de toda la riqueza, mientras el 70 por ciento más pobre solo accede al 2.7 por ciento; tres mil 460 millones de seres humanos sobreviven en la pobreza; 821 millones padecen hambre; 758 millones son analfabetos y 844 millones carecen de servicios básicos. Son datos de organismos internacionales, pero no logran movilizar suficientemente la conciencia internacional”.

Díaz-Canel respondía así al discurso falaz de Trump: “esas realidades no son fruto del socialismo, como el presidente de EE. UU. afirmó ayer en esta sala. Son consecuencia del capitalismo, especialmente del imperialismo y el neoliberalismo. El capitalismo afianzó el colonialismo. Con él nació el fascismo, el terrorismo y el apartheid”.

Y denunciaba que los actos de EE. UU. contra Cuba van más lejos: “incluye programas públicos y encubiertos de grosera intromisión en nuestros asuntos internos” y utiliza decenas de millones de dólares de su presupuesto; contra las normas de la ONU y la soberanía de Cuba. Enfático, el mandatario cubano concluía: “seguiremos reclamando, sin descanso, el fin del cruel bloqueo”.

Y sobre el cambio generacional en su gobierno advertía: “no debe ilusionar a los adversarios de la Revolución. Somos la continuidad, no la ruptura”.

Paradójicamente, en ese foro líderes latinoamericanos rechazaron el bloqueo, como el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, el de Uruguay, Tabaré Vázquez y el mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto.