Un estólido marrullero llamado Darwin (II de III)

Éste es el subtítulo que Stephen Jay Gould da al ensayo que dedica a Charles Darwin y su teoría sobre El origen de la especies.

Ángel Trejo

2019-03-11
Ciudad de México

Éste es el subtítulo que Stephen Jay Gould da al ensayo que dedica a Charles Darwin y su teoría sobre El origen de la especies. El artículo abunda en hechos biográficos, anécdotas y citas textuales que en conjunto brindan una imagen personal íntima del gran científico. Pese a ser nieto de un médico y pensador afamado (Erasmus Darwin) y un padre de posición socioeconómica relevante, Charles fue un niño común que tiró a “flojo” en el que solo resaltaba su afición para recolectar plantas y animalitos. Sus padres y conocidos no tenían una percepción de que Erasmus fuera “muy superior en inteligencia”.

De sus primeros años de juventud se decía que la mayor parte de su tiempo se la pasaba “jugando, bebiendo y cazando con sus amigos de clase alta” y que su padre (Robert W. Darwin) no sabía qué hacer con él, sobre todo después de que abandonó sus estudios de medicina en Edimburgo porque se enfermaba con solo ver sangre. Fue enviado a una escuela confesional para que se hiciera clérigo y fue ahí donde de la mano del pastor John Henslow retomó su afición a las plantas y animales y pudo participar en el viaje de circunnavegación de un barco del almirantazgo británico en calidad de geólogo. Cinco años después (1836), cuando Darwin bajó del Beagle no era más el joven parrandero que aspiraba a vivir del “creacionismo”, sino uno de los científicos materialistas más enjundiosos y rigurosos del siglo XIX.

Este rigorismo fue aplicado por Darwin a sí mismo, como se evidencia en el texto  que Gould cita de su Autobiografía, ya que reivindica a la perseverancia como su arma de trabajo más importante en las labores científicas: “No tengo la presteza de percepción o ingenio tan notable en algunos hombres inteligentes, por ejemplo Huxley… Mi capacidad para seguir una argumentación prolongada y puramente abstracta es muy limitada, y por lo tanto nunca hubiera tenido éxito en metafísica ni en matemáticas (…) Algunos de mis críticos han dicho: ‘¡Oh, es un buen observador pero no tiene ninguna capacidad para razonar’. No creo que esto pueda ser verdad, ya que El origen de las especies es una larga demostración, desde el principio al fin, y ha convencido a no pocos hombre de talento. Nadie que careciera en absoluto de capacidad de argumentación podría haberlo escrito (…)

“Creo estar por encima del común de las gentes en lo que se refiere a la percepción de cosas que escapan fácilmente a la atención, y a observarlas atentamente. Mi laboriosidad ha sido casi todo lo grande que podía ser en la observación y recolección de datos. Y lo que es más importante, mi pasión por la ciencia natural ha sido constante y ardiente (…) Desde los primeros años de mi juventud he tenido el más firme deseo de comprender y explicar todo lo que observaba (…) Estas causas combinadas me han dado la paciencia para reflexionar o meditar, durante los años que hiciera falta en torno a cualquier problema no explicado (…)”.