18 DE AGOSTO, MÁRTIRES DE CHIMALHUACÁN

Eran las siete de la mañana cuando nos reunimos en el barrio Fundidores dispuestos a celebrar el contundente triunfo electoral del compañero biólogo Jesús Tolentino Román Bojórquez.

-Por Dr. Brasil Acosta Peña

2018-08-21
Ciudad de México

Eran las siete de la mañana cuando nos reunimos en el barrio Fundidores dispuestos a celebrar el contundente triunfo electoral del compañero biólogo Jesús Tolentino Román Bojórquez. Estaba convocado el pueblo de Chimalhuacán, quien sabía de su triunfo y de las perspectivas que se ponían frente a él, pues la esperanza de progreso fue sembrada desde la campaña política de Tolentino. La gente estaba entusiasmada, dispuesta, segura de sus éxitos y, no solo eso, contenta de lo que había conseguido. En esa ocasión, Eréndira y Alvarito, un par de niños talentosos que participaban en todos los eventos culturales del Movimiento Antorchista de Chimalhuacán cantando con sus lindas y melodiosas voces, fueron convocados para celebrar la toma de posesión del nuevo Ayuntamiento; acudieron gustosos y orgullosos de poder estar el día en que se celebraría un triunfo y un cambio trascendente para Chimalhuacán.

Cuando llegamos, el panorama se ensombreció con la presencia de personas armadas y apostadas en el interior del edificio, en el techo de la presidencia y en una calle transversal al cuadro que conforma la presidencia municipal. Después se supo que había un pasillo que conectaba a la presidencia con unas casas contiguas y se supo también que tenían que ver con las propiedades de Guadalupe Buendía alias La Loba, por donde se internaron los atacantes. Era visible que detrás de esa macabra presencia había un plan igualmente macabro y tenebroso. Se trataba de un intento por querer frenar lo irrefrenable, es decir, por detener el progreso mediante la amenaza, la violencia, las armas de fuego dispuestas a atacar a gente inocente y desarmada. En esas condiciones regresamos a los niños cantores y esperamos a que dieran las 11 de la mañana, para que se iniciara el acto protocolario; sin embargo, no sospechábamos la magnitud de la agresión que se cernía sobre nosotros ni mucho menos que, detrás de las personas apostadas, estaban manos siniestras que pretendían evitar que el Movimiento Antorchista y sus aliados, es decir, las organizaciones que conforman “El Nuevo Chimalhuacán”, llegaran a gobernar tan importante y abandonado municipio.

A las 11 en punto de la mañana del día 18 de agosto del año 2000, sonó la campana del Ayuntamiento; como nunca sonaba de forma regular, comprendimos que se trataba de una señal de ataque; de inmediato comenzaron a llover piedras del techo de la presidencia municipal en contra de la multitud indefensa, al tiempo que La Loba y sus seguidores, entre ellos su hijo, caminaban hacia donde se encontraba un pequeño contingente de compañeros que recibieron de ellos balazos a quemarropa y que hicieron caer a Federico López Caballero y a Marco Antonio Sosa Balderas. Después de esos disparos, desaparecieron La Loba y sus compinches, pero no cesaron los ataques; por el contrario, éstos arreciaron y ya no se limitaron a lanzar piedras, sino que de lejos pudo verse a un individuo con pasamontañas que portaba una metralleta y el fuego provino del techo de la presidencia municipal y de las casas que se encontraban a un costado del jardín municipal en la calle descrita.

A la multitud indefensa se le pidió que se retira del lugar, pero en ese momento, un hombre armado se colocó en posición de tiro frente a la iglesia de Chimalhuacán; de sus movimientos se deduce que se trataba de una persona entrenada para ello; de inmediato descargó totalmente su pistola contra los indefensos asistentes al acto que huían del lugar; como éste varios individuos armados dispararon sin piedad y sin motivo sobre las personas que huían. La angustia, las heridas de bala, la desesperada búsqueda de los seres queridos con los que habían acudido al evento, siguen presentes en la memoria de los chimalhuacanos sobrevivientes, que recuerdan aquel ataque atroz.

El saldo de la salvaje agresión: 10 muertos y 99 heridos de bala. Imagine usted, amable lector, que esas 99 balas hubieran dado en el corazón de la gente, la cifra de muertos se habría incrementado a 109. Ése es el nivel de la política que privaba en ese momento en el Estado de México y en el municipio de Chimalhuacán; por alguna “extraña razón”, la policía estatal no intervino a pesar de que por escrito se le hizo saber al gobierno estatal en turno de los riesgos y se le solicitó oportunamente su intervención ante la inminente amenaza de La Loba, pero la falta de intervención de los cuerpos estatales sugiere a todas luces un posible contubernio con ciertos sectores del poder público estatal de entonces, que hoy llevan en su conciencia la muerte de los mártires de Chimalhuacán.

Después siguió llevar a la gente herida a los hospitales, buscar lugares para extraer las balas incrustadas en el pecho o en partes delicadas del cuerpo de quienes las recibieron y que ponían en peligro su vida. Había que buscar a todos los que habían ido, contarlos, saber que estaban bien o ayudarlos si habían sido heridos. Hubo algunos momentos de confusión. Sin embargo, tan pronto como se estabilizó la situación, se hizo presente la solidaridad del Movimiento Antorchista, anunciándose una marcha nacional a Toluca para solicitar la intervención del gobernador en turno; y se iniciaron los procedimientos legales en contra de quienes resultaran responsables del inhumano ataque.

El fruto de esa solidaridad y de esa tenacidad fue la detención de La Loba, de uno de sus hijos, del expresidente municipal y de otros implicados en el ataque. No era la primera vez que La Loba mataba o actuaba con armas en contra de gente indefensa; a finales de los 80 y principios de los 90, intentó sacar de sus lotes, a punta de balazos, a personas que los habían adquirido de manera legal, resultando herido uno de los habitantes; en otra ocasión participó en el asesinato del hijo de una familia, en un conflicto similar. Era la época del terror en Chimalhuacán, cuando un microbús se hundió completamente en la avenida Ignacio Manuel Altamirano, causando la muerte de más de 13 personas. Las calles no estaban pavimentadas; la inseguridad campeaba en la zona; el municipio solo contaba con 10 pequeños camiones recolectores de basura; había mugre y desperdicios por todas partes, la Avenida del Peñón era un gran lodazal en tiempo de lluvias o  una polvareda, según la temporada.

Pero la sangre de los mártires no fue derramada en vano; hoy canta victoriosa en las obras construidas en un municipio completamente distinto y desarrollado que puede y debe honrar la memoria y el sacrificio de sus hijos; aunque sus ojos no lo pudieron ver, hoy las familias chimalhuacanas les están agradecidas y sabrán rendirles culto y honrar su memoria, pues hoy Chimalhuacán es uno de los municipios más desarrollados de la zona oriente mexiquense; ello se debe, en parte, al sacrificio de los mártires del 18 de agosto de Chimalhuacán.

Aprovecho este espacio para condenar la matanza de los compañeros antorchistas Cecilia José Hernández, Adelaida José José, Juana Ventura José, la joven Alma Cruz Ventura y el niño Uriel Cruz Ventura, en la zona de Teozoatlán de Segura y Luna, Oaxaca. Asimismo, para otorgarle mis condolencias a sus familiares y la solidaridad de los antorchistas texcocanos.

También quiero recordar a nuestro camarada Darío Candelas, cuya familia creció en Texcoco; él, como antorchista, dio su vida por los humildes de México. Poco ha que perdió la vida, pero nunca dejó de luchar por los pobres de México.