La vida de Moses, el Kanah Herzog, según Saúl Bellow

“Si estoy chalado, tanto mejor”, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo.

Ángel Trejo

2019-02-11
Ciudad de México

“Si estoy chalado, tanto mejor”, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo. Pero ahora, aunque seguía portándose de un modo extraño, sentíase seguro de sí mismo, alegre, clarividente y fuerte. Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba por ahí con una maleta llena de papeles. Había llevado esta maleta de Nueva York a Martha's Vineyard, pero regresó en seguida de allí, y dos días después  se trasladó en avión a Chicago, y de ahí a un pueblo al Oeste de Massachusetts. Escondido en el campo, escribió incesante y fanáticamente a los periódicos, a la gente que desempeñaba cargos públicos, a los amigos y parientes, después, a los muertos, sus propios muertos sin importancia y, por último, a los muertos famosos. Así empieza Herzog que para muchos otros autores y críticos es la mejor novela de Saúl Bellow (1915-2005), uno de los escritores estadounidenses más influyentes en el siglo XX. Este arranque se ciñe al uso técnico más antiguo de la literatura moderna de Occidente, según Jorge Luis Borges, el cual consiste en reseñar genéricamente en el primer párrafo la historia, el ritmo y el estilo del texto. Así, con una serie de frases encadenadas que abarcan diversos espacios y tiempos, Cervantes empezó El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

A partir de la confesión en primera persona de Moses, el Kanah Herzog -maestro universitario y ensayista literario de 47 años, recién divorciado de su segunda esposa- y de la inmediata inserción del autor en tercera persona, fluyen en la memoria y la pluma del personaje central múltiples historias que tienen como nota de contrapunto la reciente fuga de su esposa Madeleine con Valentine Gerbach, el exmejor amigo de Herzog; los eventuales encuentros de éste con ambos cuando acude a ver a su hija pequeña y, asimismo, la necesidad de recuperar a Ramona, una amante intermitente en la que busca alivio a su soledad y su intenso dolor de cornudo infeliz. También irrumpen su padre, inmigrante judío ruso que se dedicó al tráfico de licores durante la prohibición; sus hermanos Shura y Willie, exitosos empresarios;  su hermana Hellen y personajes fascinantes como el leguleyo Himmlestein y Lucas Asphalter, quien en algún momento da respiración de boca a boca a un mono tísico al que intenta salvar del ahogo. La novela abunda en escenas locuaces, humorísticas y reflexiones profundas mientras Herzog repasa su vida y llega a la conclusión de que esta se encuentra “arruinada” porque “todo lo había hecho mal” y “nada le sabía salido bien”. Al final, después de varios meses de diálogo interior, de errar por varios lados y de cometer muchos errores e indiscreciones, un mediodía en que espera el arribo de Ramona, Moses, el Kanah Herzog, decide no escribir más cartas con el propósito laudable de recuperar su estabilidad emocional.