Un soplo de vida: silencio y escritura

Un soplo de vida (1977), libro póstumo de la autora brasileña, Clarice Lispector, paradójicamente se arroja a la aspiración de no ser más escritura

Ana Kerlegan

2019-02-11
Ciudad de México

Un soplo de vida (1977), libro póstumo de la autora brasileña, Clarice Lispector, paradójicamente se arroja a la aspiración de no ser más escritura: se permite ser partitura en donde, como instrumentos o líneas melódicas, uno y otro personaje se entrecruzan de manera vibrante, sin ser voz única. No obstante, imperceptiblemente va dejándose sentir la propia voz de Clarice Lispector, o mejor, sus voces diversas: de escritora, autora, narradora y contranarradora; de madre, esposa, mujer, persona, para dar lugar a una verdadera polifonía. Incluso mucho más auténtica de la que advierte el teórico Bajtín en la obra de Dostoievsky. Es más auténtica porque en Dostoievsky los personajes son hijos de sus propias ideas y de su concepción del mundo. En contraste, en Un soplo de vida los personajes ya no son hijos de las ideas, sino de las palabras y la escritura de Lispector: son autores, son creadores, hijos de sus sonidos internos como de su silencio. El silencio interviene entre uno y otro personaje, pero también en el devenir, en el interior de cada una de sus escrituras, como gesto, como preocupación, como imposibilidad y como tema; e interviene no para acallar, para dar término a la palabra, sino para hacerla sonar de otro modo.

Alegóricamente, el silencio cobra sonoridad, tanto o incluso más que cualquier otra palabra y se hace portador de significado, precisamente por no tener significado alguno, por ser abertura, hendidura en que suena o se deja ver el vaciamiento de la significación. En el libro de Clarice Lispector, como en la música, el silencio parece convertirse en la verdadera materia de la escritura, de manera que es mucho más importante reconocer el momento y el modo en que deba irrumpir, que aspirar a una palabra que se prolonga con fuerza indefinida; así, clama, grita el soplo antes que la palabra a la que abriga o engendra.

Escritura de un yo y desde un yo, y en ningún momento de la obra deja de ser así. No obstante la serie de alusiones y referencias a su persona casi cristalizan la idea de que se ha emprendido una escritura autobiográfica, pero por más que se quiera no se podrán hacer idénticas vida y escritura en Clarice Lispector; no hay forma de hacer idéntica la historia de su vida porque la escritura quiere fundirse y confundirse con la vida y la vida, con la escritura.

Y valga el fraseo: escribir no es algo que estaría por sobre la vida; no es simple expresión de la vida; escribir es vivir. Y por incomprensible que resulte, ello no significa que al escribir se abarque lo vivo; porque es inabarcable. Drama no solo del lenguaje sino de la vida como escritura y de la escritura viviente, siempre en la tentativa y en la imposibilidad de alcanzar la plena coincidencia consigo misma. Y si en la escritura de la autora brasileña se logra una nueva posición de autor, esta no radica sino en desautorizar al autor al insuflarle la vida; al hacer de él, antes que un simple recurso literario, una entidad que sufre su propia condición autoral en su escritura.

Vida que se vive en la escritura, que se busca en ella; y no escritura que se erige a partir de la vida. Por ello no puede obedecer a prefiguraciones, planes o premeditaciones, como no puede ser ya un mero contar historias.