El Necronomicón según H.P. Lovecraft

Howard Philips Lovecraft (1890-1937) imaginó la existencia de un libro maldito cuyo contenido podía convocar a seres antiquísimos y todopoderosos que acabarían con este mundo.

Ana Kerlegan

2019-01-04
Ciudad de México

Howard Philips Lovecraft (1890-1937) imaginó la existencia de un libro maldito cuyo contenido podía convocar a seres antiquísimos y todopoderosos que acabarían con este mundo. Se trata del Necronomicón, titulo traducido en Occidente pero que en lengua árabe se nombra Al Azif, término utilizado para designar el rumor nocturno producido por los insectos y que se suponía era el murmullo de los demonios. 

La obra fue compuesta por Abdul Al-Hazred, un poeta loco que provenía de Sana, en Yemen, que había vivido la época del Califato de los Omeyas. Hacia el año 700 d. C., este poeta visitó las ruinas de Babilonia y los subterráneos secretos de Menfis y pasó 10 años de soledad en el gran desierto que cubre el sur de Arabia, el Rub Al Khali o “espacio vacío de los antiguos” y el Dahna o el “Desierto escarlata” de los árabes modernos. Se dice que este desierto está habitado por espíritus que protegen el mal y monstruos de muerte; las personas que dicen haber penetrado en él cuentan que ahí se producen cosas extrañas y sobrenaturales.

Durante los últimos años de vida Al-Hazred vivió en Damasco, ahí escribió su obra y circularon rumores extraños y terribles sobre su desaparición o muerte. En el año 738 d. C. su biógrafo del siglo XII, Ibn-Khallikan, dice que fue capturado por un monstruo invisible en pleno día y devorado horriblemente frente a un gran número de testigos aterrados. De Al-Hazred se afirma que decía haber hallado, bajo las ruinas de cierta ciudad en el desierto, los anales y secretos de una raza más antigua que la humanidad, y que era un musulmán poco devoto que adoraba entidades desconocidas.

Parte del interés de este libro reside en la constante referencia que el autor estadounidense hace del mismo en sus relatos. El Necronomicón es citado por primera vez en El sabueso (1922), pero en la Ciudad sin nombre (1921) ya había figurado su creador, Abdul Al-Hazred. En los relatos relacionados con los mitos se menciona el libro mágico, generalmente acompañado por otros grimorios, tanto verdaderos y falsos que el autor utilizaba para dotar al relato de veracidad.

Algunos estudiosos insisten en que la obra realmente existió y que Lovecraft poseyó uno de sus ejemplares. Por otro lado, el Necronomicón sería solamente el noveno capítulo de un compendio de conocimientos mágicos escrito en el Próximo Oriente, que parte de la sabiduría anterior al propio ser humano. El nombre de uno de los traductores del libro, John Doe, ha sido asociado con el de un personaje real, John Dee, célebre alquimista, astrólogo y matemático inglés del siglo XVI, que era mago de la corte de Rodolfo II de Praga, en una época donde la casa real era centro de importantes estudios esotéricos.

Sprague de Camp, autor de una de las más completas biografías de Lovecraft, aseguró haber encontrado una copia de este libro en Bagdad en 1967, escrita en un idioma parecido al persa pero que resultó ser apócrifa. Algunos autores aseguran que existen varias versiones del libro mágico; una de ellas sería el Diario mágico de John Dee o Liber Logaeth; otra sería el Libro de la ley, de Alesteir Crowley; otra proveniente de Sumeria habría sido entregada a L. K. Barnes, dirigente de la Ordo Rosae Mysticae, y que fue escrita por el demonólogo Montague Summers, quien demostró la existencia de los aquelarres en los años 20 y 30 del siglo XX.

Se cree que, de existir el Necronomicón, se descifrarían todas aquellas fórmulas olvidadas que permitían contactar con entidades primigenias, resucitar muertos, viajar hacia otras dimensiones, etc. La posibilidad de hacerse de una guía en el mundo de los muertos ha suscitado sumo interés entre los lectores de cualquier ángulo del mundo, pues en su afán de búsqueda del original, sin garantía de su existencia, consumen este libro mágico no solo en librerías sino hasta en puestos de periódicos que prometen facsímiles del misterioso objeto.