Cuando la realidad supera la ficción (a propósito de la tragedia de Tlahuelilpan)

Las dantescas escenas de la realidad del infortunado poblado de Hidalgo me recordaron inevitablemente la secuencia de la cinta polaca La tierra de la gran promesa, de Andrzej Wajda (1975)

COUSTEAU ...

2019-01-24
Ciudad de México

El viernes pasado como a las ocho  y media de la noche, después de realizar mis actividades de ese día, me senté a ver la noticias en un canal conocido de televisión abierta, en la que se informaba sobre la explosión de un ducto de Pemex que había ocurrido unas horas antes en el poblado San Primitivo, del municipio Tlahuelilpan en el estado de Hidalgo. Las imágenes que se proyectaron en el televisor eran terribles: un verdadero espectáculo infernal pues las cámaras no solo captaron el momento de la explosión del ducto sino también imágenes en las que decenas de pobladores corrían envueltos en llamas tratándose de librarse del fuego y otros que huían para salvarse de la quemazón; las cámaras captaron también a personas sin ropa, con desprendimientos de piel.

Las dantescas escenas de la realidad del infortunado poblado de Hidalgo me recordaron inevitablemente la secuencia de la cinta polaca La tierra de la gran promesa, de Andrzej Wajda (1975), en la que se narra la historia de la fábrica que acababa de inaugurar el aristócrata Borowiecki, incendiada a propósito por el empresario textil judío Zucker en un acto de venganza  contra Borowiecki, porque éste era amante de su esposa. En la secuencia del incendio del filme los obreros saltan por las ventanas envueltos en llamas y algunos corren semejando bolas fuego. Es ineludible recordar también las imágenes de la niña vietnamita Kim Phuc que, en 1972, fue captada por un fotógrafo de aquel país cuando junto con otros niños corría desnuda por una carretera y se le desprendían pedazos de piel, después de haber sido víctima de un rociado de napalm soltado por aviones estadounidenses. En aquella bestial y genocida agresión yanqui los vietnamitas sufrieron los bombardeos cotidianos de los helicópteros y aviones del ejército más poderoso del planeta, que dejaron millones de muertos, la mayoría civiles.

                México, a diferencia de lo que ocurrió en Vietnam en las décadas de los 50 y 60, no está en guerra; no vive –aparentemente- los estragos del capitalismo salvaje, como en la historia narrada por Wajda en la Polonia de fines del siglo XIX, pero su realidad supera la ficción, pues lo ocurrido en Tlahuelilpan, en pleno siglo XXI, ofreció imágenes de inimaginable horror, una desgracia que tardará mucho tiempo en ser olvidada. La realidad no solo supera a la ficción en cuanto a la afectación directa e inmediata a los pobladores de San Primitivo, sino también en cuanto a las consecuencias derivadas de la actuación del Gobierno Federal. En la ficción de la cinta de Wajda, el incendio  resulta de la maquinación de un capitalista sin escrúpulos. En la realidad de Tlahuelilpan, a través de algunos medios de comunicación y sobre todo de las redes sociales, se ha insistido en que la culpa de la tragedia es de los pobladores de San Primitivo, incluso se han atrevido algunos defensores a ultranza del actual gobierno a subir memes en las redes sociales en los que se le dice a la opinión pública que los difuntos y heridos de la conflagración “merecen que hayan muerto por estar robando”, y que quedaron “como ratas rostizadas” por su propia culpa. Pero la superación de la realidad sobre la ficción está también en las respuestas que han dado los gobiernos federal y estatal de Hidalgo, que no han dado una explicación creíble y racional a las preguntas: ¿Era eludible la tragedia? ¿Por qué Pemex no quiso en las más de cuatro horas que estuvo brotando tanta gasolina cerrar el flujo del combustible en el ducto? ¿Por qué la paraestatal cerró la válvula después de la explosión? ¿Por qué los dos niveles gobierno en Hidalgo no actuaron con prontitud para acordonar la zona antes de que llegasen cientos de personas a robar el combustible? Y lo más importante: ¿Por qué el Gobierno Federal sigue culpando al pueblo, cuando indiscutiblemente es el modelo económico actual el que ha provocado el crecimiento del robo de combustible ante la falta de empleo, ante los bajísimos salarios, ante la brutal realidad de miseria y gran desigualdad social que sufren los pueblos de todo México, como es el caso de Tlahuelilpan?