La narrativa de lo extraño en Inframundo

Inframundo (2017), de Bernardo Esquinca, es una novela imaginativa que nace de un personaje histórico, el nigromante Blas Botello, soldado del ejército de Hernán Cortés

-Por Ana Kerlegan

2019-01-07
Ciudad de México

Inframundo (2017), de Bernardo Esquinca, es una novela imaginativa que nace de un personaje histórico, el nigromante Blas Botello, soldado del ejército de Hernán Cortés. La tarde en que el conquistador emprende la retirada que pasará a la historia como la Noche Triste, Botello pierde el libro en que basaba sus premoniciones. Las peripecias para encontrar este libro, primero como objeto preciado para el tribunal de la Inquisición, después como culpable de desgracias y finalmente como anhelo de bibliófilos, es lo que permite la construcción de esta novela.

Hay una reconstrucción histórica de la lucha en Tenochtitlán, la vida colonial bajo la Inquisición, la vida en México a principios del siglo XIX y, finalmente, la reconstrucción de nuestros días, en una librería de viejo de la calle de Donceles (Inframundo, se llama), en donde existe un portal que funciona como túnel del tiempo; de aquí salimos a las calles del centro, en donde deambula un moreno de gabardina beige que vende libros y en la novela es un personaje, el Mulato, que Esquinca presenta  como un ser emblemático.

Entre las peripecias que vive el libro mágico hay una muy  entrañable, que sucede en las calles República de Argentina y Guatemala, justo en donde hoy se encuentra la Coyolxauhqui. Allí estaba la librería Robredo –en donde se vendieron los primeros ejemplares del Manifiesto del Partido Comunista y la primera versión de El llano en llamas, en el año de 1970–. En ese mismo lugar, en 1978, Rafael Porrúa Nieto, poseedor entonces del libro, soñó un terremoto que destruiría, en 1985, su librería en la calle de Havre, sitio en donde se estableció cuando quitaron la antigua librería para exhumar a la diosa hecha pedazos.

En la novela, entre un médium, el túnel del tiempo y muertos vivientes, aparece el Griego, todavía internado en el psiquiátrico. Allí lo busca Casasola nieto, porque Casasola abuelo, presidente del Consejo de Periodistas de Nota Roja Muertos, le indica que debe hacer un ritual en un edificio de Mixcoac, justo en las Torres, a donde llegó a vivir Idalia Villarreal, viuda de Rafael Bernal, con todo y la biblioteca del escritor. Paradojas de la literatura y la imaginación: en ese lugar estaba La Castañeda y Casasola nieto vivía en la calle de Dolores.

El Griego está inspirado en Enrique Metinides, destacado fotógrafo de mediados del siglo XX; es una especie de homenaje que Esquinca rinde a este fotorreportero, testigo privilegiado de su tiempo.

Imaginación, realidad histórica y realidad actual, personajes de carne y hueso y otros sacados del ámbito fantástico y la nota roja, siguen apuntalando el mundo narrativo de Bernardo Esquinca, en especial la plana roja, porque el prosista, al igual que Ernesto Sábato, aprecia las páginas policiacas, que le parecen la expresión más contundente de la realidad. La nota roja se parece a la literatura porque hay que poner imaginación y narrar.

En fin, un problema serio de muchos autores mexicanos que emplean la imaginación fantástica ha sido evitar que su trabajo se lea de manera prejuiciosa. La solución de Bernardo Esquinca ha sido emplear, para describir su obra, el término weird fiction: narrativa de lo extraño, que proviene del mundo de habla inglesa, pero no se parece a ninguno de los usados habitualmente para hablar de lo fantástico; el término, en cierto modo, es exacto: su obra sorprende constantemente porque se ancla en lo “real”, lo cotidiano, para luego sugerir que hay mucho más de lo que parece en sus personajes y tramas.

Como otros autores mexicanos, Esquinca emigró de Jalisco a la Ciudad de México, en donde comenzó su carrera literaria, así fueron los primeros encuadres de un retratista notable de los habitantes actuales de esta urbe y sus temores atávicos.