Una tregua
David Guzmán

Compadre:

Claro que no. Ningún ilegal en este país querrá participar en el debate por la reforma migratoria, mientras la palabra de Obama no les garantice seguridad.
La razón es sencilla y bien conocida: temen ser atrapados. Ya te he dicho cómo la mayoría de los paisanos se vuelve invisible por autoprotección, no por miedo.
Siguen siendo ellos mismos: gritones, borrachos, presumidos (lo que quieras), pero lo hacen bajo la égida paternal de su propia comunidad. Se “mueven” sólo frente a otros paisanos. De ahí la dificultad de ir a zonas más gringas, de envolverse de la cultura y costumbres de Estados Unidos, de aprender su idioma, de relacionarse, de participar en sus censos... o de debatir una reforma que los beneficie.
Mostrarse ante la sociedad como un ilegal “hecho y derecho” es desatar suspicacias, enaltecer el lado “blanco” de los norteamericanos y hacerle al tigre cosquillas en los huevos.
Ejemplos sobran. Son los miles de deportados.
Aquí, decir “ilegal” es despertar el lado discriminatorio, el del odio racial, el de la supuesta superioridad de raza.
El silencio siembra la duda y el estadounidense no sabe si enfrente tiene a un ilegal o no. Por esta razón la migra se ha visto envuelta en muchos problemas, pues cuando realiza redadas detiene sin miramientos y sin investigaciones. Así ha sacado del país a gringos que ya no tienen la piel blanca ni el pelo rubio, sino más bien son brown y de pelo hirsuto y negro. Y, claro, ha recibido sendas demandas cada vez que se equivoca. Aunque, por supuesto, ello no le ha impedido “aplicar” la ley cuando lo decide.
Ese mismo silencio los salva de la maledicencia y el señalamiento de otros latinos a quienes disgusta de pronto la competencia leal, comedida y de gran calidad que ofrece el mexicano.
Por ello, más bien deberán confiar en quienes enarbolarán su bandera cuando comience el debate por la reforma migratoria, aun cuando estas personas puedan ser movidas por intereses ajenos a ellos.
Aunque te diré que hay personas muy interesadas en apoyar a la paisanada, como el locutor de radio Eddie Sotelo, Piolín, quien ya vivió en carne propia la ilegalidad, tiene una audiencia bastante respetable en toda la Unión Americana e, incluso, pudiera convertirse en el líder hispano que buscan los indocumentados.
Asimismo, el cantante Bobby Pulido, americano de nacimiento, pero mexicano por ascendencia.
También el comediante George López, con gran influencia en la sociedad gringa.
El problema de ellos es tal vez su discutible grado de politización, su capacidad de respuesta ante las inminentes andanadas conservadoras o de la ultraderecha, o la bonhomía disfrazada que pudiera aparecer en algún momento de las discusiones.
Pero, bueno, te decía que aun cuando suene increíble, los ilegales no estarán presentes en los debates por la reforma migratoria sobre su propio pasado, su presente y, sobre todo, su futuro, lo cual no negarás que se ve muy mal, pues en esos encuentros se definirá su sobrevivencia (o subsistencia).
Y todo por la desconfianza, insisto.
Es decir, si Obama de veras prevé reformar el sistema migratorio de su país y no dejar el asunto sólo en la sala de discusiones y posposiciones, debería comenzar con la suspensión de las redadas y las detenciones policiacas arbitrarias, por lo menos de manera temporal, mientras duran las discusiones y se define la solución del problema.
Porque aquí, lo quiera o no el gobierno, cientos de miles manejan respaldados por la licencia internacional, la licencia mexicana… o la licencia de Dios.
Es decir, es hora de una tregua, que no le vendría mal al pospuesto arranque de la esperada reforma migratoria, la cual daría a unos 12 millones de personas -según las cifras del gobierno- la posibilidad de viajar, comprar autos, casas, adquirir seguros médicos, personales, de autos, ir a la caza de mejores trabajos, abrir negocios propios… lo cual se traduciría en una participación más seria en la economía estadounidense y, de paso, propiciaría la reunificación familiar de los inmigrantes indocumentados.