
Países pobres en venta
Abel Pérez Zamorano
La concentración del capital avanza en el mundo; los pequeños productores pierden sus medios de producción, y los países ricos se subordinan más ante los pobres; ambas tendencias se hacen patentes en la concentración de la tierra a escala global. The Economist, en su edición del 23 de mayo, publica un interesante reportaje donde muestra cómo los países ricos evitan importar alimentos por la vía de producirlos ellos mismos, comprando para ello tierras en países pobres. Esta inversión de naciones ricas en países atrasados está asociada con la drástica reducción del gasto público de estos últimos en el sector agrícola, con lo que se cierra la pinza neoliberal.
En los dos últimos años, más de veinte millones de hectáreas de tierras cultivables de países pobres (equivalente a la superficie agrícola de Francia) han sido compradas, o alquiladas, por países ricos, por un monto cercano a los 30 mil millones de dólares. Destacan como compradores: Arabia Saudita, Kuwait y China, y entre los vendedores el Congo, que ha vendido 2.8 millones de hectáreas a China, cultivadas hoy con palma de aceite para producir biodiesel. También destaca Sudán, con 1.5 millones de hectáreas vendidas: tan sólo Corea del Sur le ha comprado 690 mil, y según The Economist funcionarios gubernamentales afirman que será vendida una quinta parte del área cultivable; ahora mismo Arabia Saudita produce ahí trigo, cebada y arroz, y China negocia la compra de dos millones de hectáreas para producir palma de aceite. También han vendido territorio: Zambia, 2 millones de hectáreas; Tanzania, 551 mil, y otros países, como Rusia, Etiopía, Paquistán y Brasil. Pero no sólo gobiernos compran tierras en países pobres. Varios corporativos transnacionales lo están haciendo: la empresa sueca Alpcot Agro compró el año pasado 128 mil hectáreas en Rusia, y hace tres meses el banco Morgan Stanley compró 40 mil en Ucrania (The Economist, 23 de mayo).
Un factor fundamental de esta tendencia es la creciente escasez de agua que sufren muchos países, destacadamente los árabes. Tal es el caso de Arabia Saudita, que para cubrir sus necesidades de alimentos financió un ambicioso programa agrícola, pero descubriéndose luego que ello ponía en riesgo sus escasas reservas de agua. Por eso hay quienes dicen que, en realidad, no se trata de adquirir tierras, sino de una compra encubierta de agua. Las diferencias de climas también son un factor importante, pues permiten establecer cultivos adaptados a otros climas.
Mediante el esquema en cuestión se busca también sortear las alteraciones del mercado mundial, produciendo alimentos en países pobres en lugar de comprarlos, a manera de cobertura de precios para los ricos, que se ven así protegidos ante incrementos repentinos, asegurándose el aprovisionamiento a precios estables. De acuerdo con The Economist, entre principios de 2007 y mediados de 2008, el índice de precios en los alimentos aumentó en 78 por ciento; los de la soya y el arroz subieron 130 por ciento. En todo esto influye fuertemente la tendencia proteccionista en los mercados mundiales. Varios países reducen sus exportaciones para garantizar el abasto nacional, como han hecho China, Ucrania y la India con el trigo; Egipto también ha seguido esa política, y Argentina ha elevado impuestos a las exportaciones de alimentos. Contra esto se protegen las grandes economías al producir en el extranjero; claro que para ello deben contar con la obediente colaboración de los gobiernos, como el de Sudán, que permite a las empresas extranjeras exportar hasta el 70 por ciento de su producción agrícola, lo cual conlleva el peligro de desabasto en el mercado interno.
Otra ventaja es la reducción de costos de producción con el empleo de mano de obra barata en los países pobres, aunque China más bien utiliza este mecanismo para dar salida al exceso de fuerza laboral: un millón de chinos trabajarán en campos de cultivo en África este año. Asimismo, el uso de paquetes tecnológicos propios asegura la calidad requerida en los productos. Además, países con reducido territorio pueden producir los alimentos que deseen, aunque éstos no se adapten a sus climas, con lo que la limitación territorial y el clima dejan de ser una restricción. Obviamente, esta estrategia no sería posible sin el desarrollo alcanzado por los medios de transporte y la consecuente reducción en sus costos.
En cuanto a las consecuencias, es sabido que el alquiler de tierras resulta un pésimo negocio, pues ocasiona la destrucción de suelos y el aumento de plagas, como ocurre con el cultivo de papa, lo cual no afecta a los agricultores capitalistas, que sencillamente emigran a otras regiones. También los pesticidas contaminan aguas y suelos, pero esto será en los países pobres, no en los ricos. En el ámbito político han ocurrido reacciones importantes, como en Madagascar, donde la mitad de la tierra cultivable (1.3 millones de hectáreas) fue ofrecida en alquiler a la empresa coreana Daewoo, lo cual provocó una rebelión popular y el derrocamiento del gobierno. A propósito, es posible que algo de esto haya existido en la reciente protesta de campesinos peruanos ante la ley agraria promulgada por el gobierno de Alan García.
Lo aquí reseñado muestra cómo el capital y las relaciones capitalistas penetran cada vez más, aun en áreas antes restringidas. Grandes compañías, y gobiernos, se apoderan de la tierra, acelerando así la concentración de los medios de producción a escala planetaria, vulnerando aun más la soberanía de las naciones débiles que, obligadas por su pobreza, al enajenar extensas porciones de sus territorios pierden también independencia política. |