El analfabetismo, un lastre social
Marina Rodríguez / Trinidad González

En la entidad poblana, los rezagos en materia educativa y desarrollo social prevalecen. Tristemente, el analfabetismo se ha convertido en un lastre, al que ni las políticas, ni los programas sexenales oficiales han podido atacar eficazmente; durante décadas, miles de personas han pasado parte, o toda su vida, en una especie de oscuridad intelectual, sin saber siquiera leer y escribir, condenados, por tanto, a la pobreza y vulnerables a todo tipo de abusos, engaños y sufrimientos.

Estas condiciones le han valido a Puebla un penoso sexto lugar a nivel nacional, en lo que a índices de analfabetismo se refiere. Actualmente, existen cerca de 450 mil ciudadanos iletrados (mayores de 15 años), lo que representa más del 10 por ciento de la población total (4 millones 126 mil 101 poblanos, según datos oficiales).

La falta de recursos para acciones de alfabetización, la carencia de una estrategia de enseñanza adecuada, así como de infraestructura suficiente y al alcance de todos, de voluntad y participación social, aunados a las arraigadas condiciones socioculturales, a la pobreza y al exacerbado burocratismo, han frenado de manera importante el abatimiento de la problemática.

Mientras el Instituto Estatal de Educación para los Adultos (IEEA) se queja del escaso dinero con el que cuenta para cumplir su labor instructora y el pago de sueldos de quienes ahí laboran, el gobierno del estado promueve la propuesta de emplear un porcentaje de los recursos del Ramo 33, que reciben los ayuntamientos para la ejecución de tareas de alfabetización, idea que no ha sido bien acogida por todos los municipios, tomando en cuenta que algunos de ellos han emprendido -desde hace tiempo y por su cuenta- programas orientados a combatir el atraso educativo, logrando buenos resultados en ciertos casos.

A paso lento, la lucha contra el problema

A pesar de ser uno de los estados con mayor cantidad de universidades y escuelas de todos los niveles, Puebla es uno de los más rezagados en educación, colocándose, incluso, dentro de los primeros 10 en el país en lo que a analfabetismo se refiere.

El IEEA acepta que aún son miles las personas que no saben leer ni escribir; sin embargo, también señala que trabaja coordinadamente con el actual gobierno estatal para encarar la situación.

Así, se ha fijado la meta de alfabetizar a 43 mil poblanos este año, cifra que la dependencia espera incrementar, para 2009 y 2010, a 51 mil adultos por año, por lo que al término del sexenio estatal se espera haber reducido en un tercio la cantidad de iletrados.

El problema del analfabetismo se suma, lógicamente, al del rezago educativo. En ese sentido, el IEEA asegura que durante 2006 se educó a 18 mil ciudadanos (entre personas que aprendieron a leer y a escribir, como aquéllas que concluyeron la primaria y la secundaria); en 2007, se sumaron otros 19 mil 397, con las mismas características.

El IEEA informó que el 70 por ciento de analfabetas del estado de Puebla son mujeres de entre 15 y 54 años de edad, que habitan, principalmente, en zonas rurales, sobre todo, en aquellos municipios donde la población es preponderantemente indígena y vive en condiciones paupérrimas.

La pobreza, el principal problema

En entrevista, el director estatal del IEEA, Hilarión Castañeda Domingo, externó que uno de los principales problemas que enfrenta dicho instituto, en su actuación de campo, son las condiciones de pobreza. “Desafortunadamente, los adultos que están en condiciones de rezago son también adultos que están en pobreza, el problema está asociado con la pobreza… es gente que tiene que ir a trabajar; pero, los más pobres son los analfabetas que aunque les damos los materiales, dejan sus estudios por trabajar”.

El tener que trabajar exhaustivamente para ganarse la vida, precisó, es la razón por la cual el 80 por ciento de los adultos abandona sus estudios; la tasa de deserción es muy alta. Asimismo, otro de los inconvenientes para que el instituto realice su trabajo son los recursos económicos.

El funcionario subrayó que no se dispone, propiamente, de un presupuesto: “aún tenemos los montos totales para el ejercicio de este año; sin embargo, el estado va a destinar, a través de la Secretaría de Desarrollo Social, 10 millones de pesos y, en respuesta, la Federación, a través del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), va aportar 40 millones de pesos”.

Celine Armenta, catedrática e investigadora en Educación de la Universidad Iberoamericana, coincidió en que “el principal problema es la pobreza extrema, y sí hay otros elementos, pero es consecuencia de uno más grave, la pobreza”. De tal suerte, manifestó que aunque sigan aplicándose programas para abatir el atraso educativo, los efectos serán exiguos si no se ataca el problema de raíz.

Otro de los obstáculos es el que tiene que ver con lo que ella denominó “analfabetismo residual”, el cual se refiere a personas mayores de 50 años, así como a las que muestran poco interés en saber leer y escribir. “El número de analfabetos permanece como un número, por lo que las personas se van haciendo cada vez mayores y van ingresando a este grupo, e irán desapareciendo con el paso de los años, cuando se acabe ese grupo”.

Tras descartar que la cantidad en este caso sea alarmante, reiteró que lo más grave es la deserción escolar en primaria y secundaria. Acotó que las reformas educativas se han convertido en “una ilusión”, por lo que es urgente cambiar otros programas y reformar otros muchos aspectos, tomando siempre en cuenta que las condiciones en zonas rurales y urbanas son muy distintas entre sí. 

Preocupante la situación en Puebla

Para María de Lourdes Reyes, coordinadora de Postgrados en Pedagogía de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), no puede negarse que el problema del analfabetismo en el estado, así como en otros rincones del país, es preocupante.

Estimó que la explosión demográfica, las condiciones socioculturales y la ubicación geográfica han dificultado la tarea de las dependencias gubernamentales, de las instituciones y de las organizaciones civiles, en cuanto a educar a la población. “Tenemos poblaciones apartadas. He tenido la oportunidad de conocer esas regiones, saber las dificultades y también conocer que culturalmente todavía hay muchas personas que no encuentran el sentido de la alfabetización… dicen: aprender a leer y a escribir, ¿para qué?”.

Indicó que -según datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática en 2005- en el país, 94 de cada 100 niños de entre 6 y 14 años no asisten a la escuela. “Yo diría que el analfabetismo no sería medible solamente en esa forma, sino que también tendríamos que ver la reprobación y la deserción como parte de ese rezago que todavía tenemos; entonces, yo diría que no se trata solamente de inscribir a los niños a la escuela, sino de darle permanencia, seguimiento y creo que ahí es hacia donde debemos estar trabajando las instituciones educativas”.

Considera que los programas de gobierno han sido diseñados con “buena voluntad”; sin embargo, ello no es suficiente, porque es necesario que el alfabetizar a los mexicanos sea instaurado como política de Estado. “Se requiere de una alfabetización que no se centre solamente en que sepan descifrar los signos, decodificarlos, sino realmente trabajar más un desarrollo personal (…) creo que leer y escribir significa justamente poder asumir, poder interpretar, poder cuestionar y, todavía, a niveles superiores, estamos discutiendo por qué no trabajamos mucho con investigación, por qué no podemos hacer bueno proyectos, buenos artículos, justamente porque no sabemos escribir, leemos solamente lo que está en nuestras manos y lo que los medios de comunicación nos ofrecen”.

Estimó que puede hablarse de personas que aún habiendo cursado niveles de educación básica, media y demás, no dejan de ser analfabetas. “Creo que debemos estar trabajando para eliminar esos indicadores, que tengamos el acceso a todos nuestros niños y a todos los que no tuvieron la oportunidad, que son mayores de 15 años, que son finalmente a los que ya consideramos como analfabetas, aquellos que no tuvieron la oportunidad, buscar que la lectura y la escritura vayan más allá”.

Mencionó que en Puebla, concretamente en poblaciones marginadas de la Mixteca y las sierras Norte y Negra, el acceso a la educación sigue siendo difícil, sobre todo, por la lejanía de los centros educativos, las escasas vías de acceso en algunas zonas y los pocos recursos de los menores y los adultos para trasladarse o adquirir el material de estudio; muchos de ellos deben trabajar desde la infancia para sobrevivir. Igualmente, el machismo -presente en el medio rural, aunque también en el urbano- incide directamente en el problema formativo, “las diferencias entre las condiciones para el acceso a la educación entre niños y niñas es todavía muy marcada”.

Otro aspecto que ha impedido la erradicación del analfabetismo es el cambio de programas y proyectos al inicio de cada sexenio gubernamental, “se les tiene que dar seguimiento, no hay que pensar mucho, sobre todo, si ya han tenido éxito”. 

A pregunta expresa, reconoció el trabajo de alfabetización que delegaciones cubanas han desarrollado en determinados municipios del estado, incluyendo la capital poblana. “Sí, Cuba es un modelo, hay cosas que se deben reconocer, y la alfabetización en la isla tiene un modelo, tiene estrategia, hay una sistematización… lo tienen perfectamente estudiado, estructurado; y cuando hablaba yo de los proyectos que no han logrado permear es porque no están bien elaborados, porque a lo mejor tienen que ser resultado de una buena investigación, de un buen modelo, de gente capacitada”.

Finalmente, María de Lourdes Reyes opinó que podría resultar más viable que los municipios sean los que organicen y administren el trabajo de alfabetización en su propio territorio, pues la identificación, el conocimiento, la empatía y la penetración con la gente son más fluidos y directos. “Creo que como país, entre más alfabetizados, entre mejor desarrollo tengamos en educación, mejor”.

“Nunca es tarde para aprender”

Cruz Dionisio Cortés es una mujer de casi 67 años de edad que habita en una humilde colonia del sur de la angelópolis. Para ella, el haber aprendido a leer y a escribir hace dos años es un verdadero logro; su vida no ha sido sencilla, desde pequeña ha trabajado muy duro, primero en el campo, luego, como ayudante de albañil para sacar adelante a sus 10 hijos; ahora subsiste con el dinerito que le mandan sus familiares, la venta de fierro viejo y de vender gorditas los domingos.

Oriunda de Tlacotepec de Benito Juárez, doña Cruz parece imparable, su paso aún es firme y en su rostro se dibuja una amplia y sincera sonrisa. Mientras comentaba cómo fue alfabetizada, recordó que antes, en su pueblo, casi no había escuelas, por lo que los niños tenían que asistir a algunas casas para recibir clases, “ahora ya hay muchas, pero en mi tiempo no”.

Relató que su padre sí sabía leer y escribir “un poco”, aunque su madre no, pues se dedicó siempre a las labores del hogar. Entonces, siguiendo esa costumbre, sólo sus hermanos recibieron educación y ella tenía que ayudar en la casa, “a los hombres sí los mandaban, no sé hasta qué grado llegaron, pero sí saben hacer sus cuentas y las letras, yo nunca supe lo que fue el colegio, hasta hace poco… cuando era yo chiquita tenía muchos deseos de estudiar, de tener por ejemplo un trabajo de parte del estudio, pero nadie me apoyó”.
 
Fue a los 25 años de edad que Cruz Dionisio se vino a vivir a la ciudad de Puebla. En su matrimonio, como ella misma cuenta, no tuvo suerte; de ahí que se vio en la necesidad de “echarle muchas ganas” para mantener a sus retoños y darles educación, “estudiaron hasta la secundaria, no pude darles más, pero al menos estudiaron algo… las mujeres viven aquí, los hombres se fueron a Estados Unidos, tienen a sus hijos y los mandan a la escuela, pero siempre les insisto en que no dejen de hacerlo”.

A pesar de las circunstancias, esta mujer siempre estuvo deseosa de aprender, por lo que a los 30 años se inscribió en un programa de alfabetización; desafortunadamente, el trabajo, el cuidado de sus hijos y las tareas del hogar le consumían el tiempo y la energía, por lo que terminó abandonando las lecciones. “Llegaba muy cansada y todavía tener que preparar la cena, lavar la ropa y acarrear agua, yo era la que estaba al tanto de los útiles de los niños, de los uniformes, y pues era muy pesado”.

Con melancolía, explicó cuando sus hijos pequeños le preguntaban por qué no sabía leer, la tristeza la invadía cuando sus pequeños comenzaban a aprender y ella no podía orientarlos, “entre ellos se ayudaban, a cualquier amigo le preguntaban, yo qué les iba a ayudar si no sabía nada”. 

Una vez crecidos su vástagos y ya con menos obligaciones, doña Cruz tuvo la oportunidad de inscribirse al programa de alfabetización “Apúntate, Yo Sí Puedo”. Fue así como, luego de tres meses, pudo finalmente leer y escribir; incluso, compuso unos versos y escribió unas cartas para sus hijos que viven en “el otro lado”.

Con el tesón que la caracteriza, Cruz Dionisio invitó a los poblanos a que, sin importar su edad, busquen la luz del conocimiento y se alfabeticen, porque eso puede cambiarles la vida en muchos sentidos, “es muy bonito cuando uno se da valor y se enfrenta a las cosas, hay que pensar que todo hace falta, nunca es tarde para aprender”.