Morelos. La vida en Patios de la Estación
Aquiles Montaño Brito

María Carranza Román es una mujer de facciones recias, ojos severos ante la vida, pero que no pierde el buen humor. Vive en Cuernavaca, en un “chiquerito de dos pisos” que construyó con ayuda de su marido, mucho ingenio y madera que le regalaron sus antiguos patrones. María llegó a Morelos cuando era adolescente, hace más de 23 años. Entonces respiró miseria, aunque venía huyendo de ella. Y aún no se escapa.

Nació en Tlacotepec, Guerrero, hace 46 años. De niña jugó en el campo; cuando creció trabajó en él. Entonces -cuenta- trabajaba 10 horas al día en los sembradíos de maíz, frijol y calabaza, “con el solazo encima”, y los patrones le pagaban 50 pesos “de ahora”. “Te corrían, te regañaban, y pues dije: pagan bien poquito y para que te anden regañando...”. Se fue de Guerrero.

Nomás llegar a Morelos, en 1985, su primera preocupación fue hallar trabajo y un lugar para vivir. Sin más pertenencias que las que traía “aquí agarré trabajo”, dice. Y comenzó su vida en Cuernavaca en el tianguis de falluca que está cerca de la colonia Gobernadores.

Después de buscar casa en dos colonias de la ciudad, encontró terreno en una tercera ubicada frente a la estación de Ferrocarriles Nacionales: Patios de la Estación.

Patios viejos

Patios de la Estación es una colonia irregular ubicada en la zona de La Selva de Cuernavaca, cerca del centro de la ciudad, que tiene aproximadamente 1,200 casas, y en donde, según estimaciones de los vecinos, viven cerca de 2,000 familias. “En algunos lotes viven tres familias, cinco familias”, dicen.

Los asentamientos en los Patios, como se le conoce popularmente, comenzaron en 1940. Cuentan que los primeros que se adueñaron de un terreno fueron los ferrocarrileros, porque entonces su trabajo les quedaba a unos pasos. Así, las primeras casas fueron levantadas al lado de las vías del tren, entre vegetación y pantanos de chapopote.

Años más tarde, los vecinos realizaron los primeros intentos de regularización en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), “porque los terrenos son federales”, cuando el secretario era el actual coordinador de la bancada del PRI en la Cámara de Diputados, Emilio Gamboa Patrón. “Hace como 18 años llegamos hasta la SCT”, afirma doña Bertha Estrada García, quien tiene 45 años viviendo en los Patios. “Ahí se hicieron los primeros compromisos de regularización”.

Por su parte, la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos llevó a cabo el primer proyecto urbano y arquitectónico de regularización de los Patios de la Estación, en 1998. Lo primero que “logramos es que se reconociera que los Patios de la Estación está habitado por gente”, dice en entrevista el arquitecto Ismael Reza, académico de la institución.

Su condición de asentamiento irregular no es un problema menor. “A duras penas conseguimos las tomas colectivas de agua, ahorita ya tenemos red para las tomas domiciliarias, pero hasta el día de hoy no las quieren poner porque la colonia es irregular. Les decimos: bueno, es irregular pero ya está la red. Además, nosotros somos personas que ahí estamos sufriendo, tenemos necesidades, creo yo que es algo injusto, teniendo tanta agua el tubo de red y nosotros sufriendo; se me hace algo injusto de parte del gobierno”, afirma Bertha Estrada.

“Pero con tanto sufrimiento, nos sentimos orgullosos de que todavía seguimos viviendo aquí”, remata.

Patios nuevos

La casa de María Carranza se encuentra en el asentamiento más reciente de los Patios, que se comenzó a poblar hace ocho años. Es el terreno que se encuentra casi frente a las oficinas de Ferrocarriles Nacionales, ahora en desuso y tan olvidadas como la población. Antes de llegar a su nuevo “chiquerito”, como ella bautizó su casa, vivió en el viejo asentamiento; pero ahí se quedaron a vivir sus padres, los campesinos Antonio y Merced, cuando ella contrajo matrimonio con el ayudante de albañil Timoteo Valentín.

Tuvo tres hijos, Sandra, Karen y Enrique. Comenzó entonces el hacinamiento en el pequeño hogar. Apenas hubo oportunidad, hace ocho años buscó un terreno para “andar buscando la vida”. “Es mejor así, solitos”, dice. “Somos pobres, no teníamos a dónde vivir y necesitábamos una vivienda en donde crecieran nuestros hijos”.

Doscientos cincuenta metros separan a su casa de las viejas oficinas del ferrocarril; 250 metros de tierra, hierba y mierda de perro. Desde afuera, este pequeño villorrio “de la ciudad de la eterna primavera” luce tonos medievales: las casas de concreto y ladrillo son las menos. Madera y láminas podridas son el paisaje habitual.

Aquí cada quien construye con lo que puede en terrenos de escasos 10 metros cuadrados: sábanas que hacen las veces de puertas de los baños, en el mejor de los casos, porque también sirven de paredes; láminas metálicas y de cartón de los colores más diversos sirven de techo o cercado; pedazos de madera son los “muros”. El piso es natural: de tierra.

Hubo “suertudos” que no construyeron; para vivir se apropiaron de los vagones abandonados que destilan óxido por todos lados. Ahí, sin embargo, los “potentados” emparejan el sufrimiento con sus vecinos de casas de cartón: en épocas de calor, los vagones se convierten en hornos; en invierno, en auténticas congeladoras.

No hay calles, y de no ser por la necesidad de un espacio para entrar, salir o hacer “cualquier cosa” por la colonia, aquí no habría ni las veredas de dos metros de ancho, que pretenden dar la impresión de avenidas diminutas. Las casas se amontonan; pareciera que sudan y platican entre ellas. Los severos límites de cada terreno, cuidados con recelos por sus propietarios, es lo único que salva a esta sección de no parecer un mercado espontáneo.

Una de esas veredas conduce a la casa de María. “Asegún casa, pues: el chiquerito”, aclara entre sonrisas. Acostumbrada a la vida difícil, cuenta con cierto orgullo cómo levantó su casa.

“Como trabajábamos antes en obra, allí a los patrones les pedíamos la madera”. Señala el techo y dice: “éstas eran tarimas de las grandes, como las que hay en la Comercial, nos las daban y nosotros las traíamos desde allá arriba, por donde está Gobernadores.

“¿Y cómo ve? Mire, una nueva estrategia: tiene planta baja y planta alta”, dice y suelta una carcajada.

Doña Mercedes, su madre, se agrega a la plática: “le hicieron un techito arriba, para caber más”.

Efectivamente, su casa es de “dos pisos”, cosa que ha causado indignación entre algunos de los vecinos que ven con recelo y envidia la construcción.

En la “planta baja” está la cama del matrimonio, la cocina y la sala con televisión; todo, en un espacio de 8 metros cuadrados. Unas desvencijadas escaleras de madera conducen a la “planta alta”; ahí viven sus tres hijos, distribuidos en cuatro metros cuadrados.

Dentro de la vivienda, hay que caminar con cuidado para no aplastar a alguno de los pequeños pollitos que se pasean por la casa como si fuera su corral; buscan restos de comida, y hacen más ruido que el que produce la televisión que, en este momentos, informa de las noticias vespertinas.

Jornadas de 8 a 8

-Aquí está mejor. Aquí hay trabajo. Allá en Guerrero no hay o hay que ir al campo a pizcar, a sembrar, refiere

 María Carranza.

-¿En qué trabaja?

-En casas, de sirvienta.

-¿Y cuánto gana?

-Me dan 100 pesos. Entro a las 8 y salgo a las 8.

-¿Cuántos días trabaja a la semana?

-Hasta el sábado.

-Descansa los domingos…

-Los domingos, sí; asegún descanso porque ese día lavo; hay que hacer el quehacer aquí.

-¿Y su esposo?

-También trabaja. Él es ayudante de albañil.

-¿Y cuánto gana?

-A los ayudantes les están dando mil pesos a la semana. Está difícil, no alcanza el dinero.

Al final, el matrimonio recurre a una lógica contundente para explicar el porqué su situación ahí, en los Patios de la Estación, no cambiará en un plazo corto:

“Aquí no podemos arreglar, porque ya ve que luego dicen que nos van a sacar; y quién sabe. Ya mejor digo: hay que comernos el dinero”.