Testimonios...

La fábrica más fregada es donde yo iba:Carla Chávez Andrade

Menuda, de tez morena y ojos grandes, Carla Chávez Andrade juega con los sencillos anillos que trae en su dedos mientras platica con buzos de su quehacer en la maquila en la que trabajaba hasta hace una semana. Enfadada de la rutina y explotación de la que fue objeto durante un año, renunció.

Vestida con una blusa de color rosa de tirantes y un pantalón, y el cabello mojado enrollado en un chongo hacia adelante, se coloca en la sombra de su casa porque el sol en Terrazas del Valle, Tijuana, quema sin clemencia.

“Aquí, en Tijuana, las mujeres sufrimos”, dice la joven de 16 años que ya es madre de un niño de dos años y una bebé de ocho meses. De lunes a viernes, durante un año, se despertó a las cinco de la mañana para irse a HBT, fábrica en la que trabajaba lijando chapas para cocinas integrales, roperos y cabeceras de cama.
Por las noches, siempre llegó a la humilde morada de su madre (construida, una parte de cemento y concluida con materiales de desecho) con dolor de manos y pies, que, inmediatamente, se apresuraba a tomar un baño para poder descansar. Tan cansada llegó que en una ocasión se quedó dormida y llegó tarde al día siguiente.

Los días posteriores al del incidente, siempre madrugó para bañarse, arreglarse, cambiar a sus bebés, preparar sus provisiones para los recesos de la fábrica y poder salir de su casa a las 6:20 y llegar al trabajo en 20 minutos. El tiempo lo tenía perfectamente medido, debía llegar 11 minutos antes de las siete para registrarse y estar adentro de la fábrica puntual. Un minuto después “te descansan” (te mandan a tu casa) y no te pagan. Aquél que llega tarde por cualquier razón, le son descontados 300 pesos de los 700 pesos que recibe normalmente sin que haya laborado tiempos extras, remuneración que apenas aumenta en 50 pesos. No hay una gran diferencia con el mejor puesto, pintar chapas, destinada a los gerentes, pues sólo reciben 100 pesos más.

Carla, la más pequeña de la maquila en la que predominaban los varones y las mujeres adultas como de la edad de su madre, relata: “como soy la más chica, andan tras de mí, pura carne para los cuervos”, al referirse sobre cómo es vista, principalmente, por los gerentes, que más de uno ha tratado de seducirla, con el dinero que manejan y del que ni siquiera son dueños, invitándola a que mejor trabaje en un bar; y revira “estoy tonta pero no pendeja”.

En la fábrica, se dedicaba enteramente a trabajar, “sin prestar atención” a los enamoradizos empleados. Tenía que terminar de lijar tres bandejas con mil chapas cada una, pues si sólo lograba completar la mitad, recibía menos de lo que le pagaban.

Consciente de sus obligaciones de madre, durante largas jornadas lijaba; mientras, toda ella, se iba tiñendo de polvo metálico que despedía su actividad. Su jornada, de las 7 de la mañana a las 5 de la tarde (que de entrada ya rebasa la jornada laboral de ocho horas establecida por la ley), “debía extenderse” hasta por tres horas para cubrir el tiempo extra que no trabajaba los sábados y domingos que permanecía con sus pequeños, quienes durante su ausencia estaban al cuidado de su abuela. “Es un gran apoyo porque me ayuda y no me cobra por mis hijos”. La mamá, bromeando con su hija, grita desde donde está -con esos miserables 700 pesos que ganas a la semana, no me pagarías, mi amor-. Y es verdad, acepta Carla.

“La fábrica más fregada es donde yo iba”, afirma Carla. En la HBT, sólo estaba protegida por unos lentes para que la “rebaba”, trozos de fierro que luego llegan a saltarles a los ojos, no cause daños irreversibles, y unas orejeras para protegerse del estridente ruido producido por las máquinas a su alrededor. En una ocasión, aturdida del sonido que traspasaba los protectores y le ocasionara fuertes dolores de cabeza, se colocó los audífonos de su celular y se puso a escuchar música; poco le duró el gusto, pronto llegó “El Chávez”, como le dice al vigilante, la regañó y se los recogió. Actualmente padece catarro crónico producto del ambiente de la maquila, mas siempre se cuidó de no ser vista  por “El Chávez”, pues si la delataba, la vocearían por el “16”, número que cual presa le habían impuesto, y la llevarían de la oficina  otorgándole un “descanso” que nunca le pagarían.

En donde ella se empleaba no existía ningún tipo de prestación. Cuando fue a solicitar trabajo nunca le pidieron papel alguno. Para su buena suerte, ingresó sin tener acta de nacimiento; para su mala, después de laborar un año, contaría con Seguro Social. Nunca lo habría podido exigir porque no tiene documento que la identifique.

Sabe que prefieren a las solteras sobre las casadas; ella todavía “pasa” por las primeras; le molesta que las empresas sean tan “criticonas”.

Cuenta que cuando van a solicitar trabajo, luego de pedirles sus papeles son remitidas con los doctores, quienes, apenas notan una leve enfermedad, una alergia, un tatuaje, que has ingerido alguna droga y si traes faldas y tienes várices, no se toman la molestia de conducirte con el encargado de “aceptarlas o no”, ahí mismo los doctores “te dan pa’tras. Aquí sólo hay dos formas más de ganarte la vida, limpiar casas ajenas o bailar el tubo”.

“El trabajo es muy feo, no pagan bien, los gerentes son muy enojones, groseros, abusivos, te dicen ‘mamacita, te invito a salir, déjame darte un beso, te doy una feriecilla’, abusan de uno, y más cuando somos jovencitas. Creen que pueden hacerle lo que quieran a los pobres, pero no”, por todo eso, renunció.

 

“Nunca digas no, aunque no sepas”:
Adriana Barrón

Adriana es la única que se encarga de sus cuatro hijos: dos de 13 años, una de 11 y Adrianita de 3, desde que se separó del padre de ellos. Trabaja en la maquila de juguetes MABAMEX. A la semana, recibe 920 pesos de salario, 110 de bonos y cuando trabaja horas extras, que no siempre tiene la posibilidad de laborarlas, 182. Con este magro salario tiene que pagar agua, luz, gas, escuela, mil 500 de renta, entre otras necesidades. “Para pagar la renta no cobro en dos semanas y me quedan 400 pesos, más los bonos”. La necesidad la ha obligado a ingeniárselas para asegurar que sus hijos tengan las 3 comidas del día, aunque acepta que, en ocasiones, sólo comen una vez al día.

Aunque le echa muchas ganas, eso no quiere decir que tenga todo lo que necesite, ya no digamos lo que desee, pero tiene una consigna: “Nunca digas que no sabes, aunque no sepas. Si me dicen cómo, aprendo” y así es como ha subido de nivel en su fábrica.

- buzos (b) ¿Si falla un día qué le pasa?. -Me descuentan 450 pesos y los bonos.

- (b) ¿Existe un sindicato en la empresa? -No sé que sea eso.

Ante esta difícil situación, se ha tenido que “acostumbrar” a muchas cosas: trabajar mucho y descansar poco, y a dejar solos a sus hijos. Sale de su casa a las 9:20 de la noche y regresa a las 7:45 de la mañana. “Al principio tenía miedo (de dejarlos), pero ya me acostumbré. A la más pequeña la dejé solita con mis niños desde que tenía un mes”. Descansa de las 9 a las 11, “si bien me va, hasta la 1; se me quita el sueño y por la tarde llegan mis hijos”.

Cuenta también que, en una ocasión, una tienda vendía un juguete de los que elaboran en MABAMEX y que costaba mil 150 pesos y su hija le pidió que se lo comprara. Adrianita no sabe que su madre había sido parte del proceso para el acabado del “castillo” que deseaba. No se lo pudo comprar, o pagaba la renta de su casa o se quedaban sin casa y con “castillo”.

“No podemos dar información, es una política contra el terrorismo…”:
Fernando Valle

Joven oriundo de Sinaloa, llegó hace dos años a la edad de 16 a Tijuana, Baja California, porque “aquí hay más oportunidades que allá donde vivía”. Trabaja en SANYO Manufacturing S.A. de C.V., la empresa ensambladora de televisores más grande de Tijuana y cuyo capital es originario de Estados Unidos y no sólo es ya víctima del abuso de que son objeto en las maquilas, sino de una empresa estadounidense que puede tomar represalias en nombre de su lucha “contra el terror”.

Francisco, relajado al hablar, pero con el temor a salir perjudicado por la empresa si proporciona información, justificó su negativa: “no puedo decir nada porque es una política contra el terrorismo, no podemos dar información, puede haber demandas contra la empresa”.

En una de las tantas tarjetas credenciales que deben portar para entrar a la maquiladora se lee: “SANYO Manufacturing S.A de C.V. Alianza Empresas-Aduana Contra el Terrorismo”.

“Aquí, en Tijuana, se sufre”: Luis Enrique León Perea

“Todo lo que uno platica es lo que sufre. Aquí, hacer dinero cuesta y no  alcanza lo que pagan en las fábricas”. El señor Enrique León, de 41 años, originario de Guasave, Sinaloa, tiene nueve años de radicar en Tijuana y afirma conocerla toda. Él, durante cinco años, sintió en carne propia la vida dentro de la maquila; hoy, desde su sitio de operador, es testigo de los sufrimientos y lamentos de cientos de mujeres que todos los días trasporta de la fábrica a su casa y de su casa a la fábrica, en una nave cuyo cupo es de 48 personas y que al final termina recogiendo a 60, “las personas necesitan llegar a tiempo”.

El camión, chatarra de las escuelas estadounidenses, no tiene pasamanos y los obreros se tienen que sostener con el respaldo de los sillones corriendo el riesgo de que en cualquier momento, sin proponérselo, el chofer dé un frenón en plena terracería y provoque algún accidente.
- (b) ¿Cómo salen los obreros de las maquilas?

- Bien cansados, se nota que vienen cansados, deseando llegar a su casa, desvelados. Algunas veces se quejan, porque es mucho lo que trabajan y poco lo que les pagan, trabajan horas extras y no les llega en el pago, `ay, yo trabajé el sábado o trabajé entre semana horas extras y no me llegó en el cheque´, es lo que escucho de las personas.

Me ha tocado escuchar que también se quejan porque no soportan las reumas ni el dolor de los huesos; apenas se pueden bajar del camión.  Hay fábricas en las que están todo el tiempo paradas y en las demás, aunque estén sentadas, es lo mismo, se cansan demasiado; son muchas horas de trabajo y la gente sale arrastrándose -como dicen luego-, pero la necesidad obliga. Aquí, en Tijuana, viene uno a trabajar, porque si no trabaja, nadie le va a dar la comida; no es como por allá pal´ sur, que trabajan a veces, ahí, al menos, se ve lo verde, aquí puro cerró pelón…  Aquí se tiene que trabajar, si no, no hace vida. Sí, aquí se sufre.

 

 

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