Anónimo / Manuel Acuña / Anónimo / Guillermo Prieto
Han pasado ya 146 años desde que el general Ignacio Zaragoza pronunciara una inmortal frase que determinaba la victoria del ejército mexicano (conformado, entre otros, por indígenas zacapoaxtlas), sobre la armada francesa, una de las más experimentadas históricamente por su estrategia y su combatividad: “¡Las armas nacionales se han cubierto de gloria!”.
La batalla del cinco de mayo representa la lucha del pueblo mexicano por la soberanía y por la libertad de su patria contra cualquier invasor, por más nívea que sea su tez y por más glaucas o celestes que sean sus pupilas. Recordemos hoy la sangre que se ha derramado por la patria y preguntémonos, ¿qué tanto hacemos hoy para que no haya sido en vano?
BATALLA DE CINCO DE MAYO (Corrido)
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Anónimo |
Al estallido del cañón mortífero,
corrían los zuavos, con gran confusión
y les gritaban todos los Chinacos:
“vengan traidores, tengan su intervención”.
Ni vergüenza tuvieron ni pudor,
toquen diana, clarines y tambores,
un día de gloria, la patria que triunfó.
Alto el fuego, ya corren los traidores,
con Támares y Márquez se entendieron,
les ayudó el traidor de Miramón
y los chinacos bravos se batieron,
inundando de gloria la nación.
Alto el fuego, ya corren los traidores
que vinieron a darnos la lección,
coronemos a México de flores,
¡muera Francia y muera Napoleón!
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POESÍA DEL 5 DE MAYO (Fragmento)
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Manuel Acuña |
Tres eran; mas Inglaterra volvió a lanzarse a las olas,
y las naves españolas tomaron rumbo a su tierra.
Sólo Francia gritó ¡Guerra! soñando ¡oh patria!
en vencerte,
y de la infamia y la suerte sirviéndose en su provecho
se alzó erigiendo en derecho, el derecho del más fuerte.
Y llegó la hora, y el cielo nublado y oscurecido
desapareció escondido como en los pliegues de un velo;
la muerte tendió su vuelo sobre la espantada tierra,
y entre el francés que se aterra y el mexicano iracundo,
se alzó estremeciendo al mundo tu inmenso
grito de guerra.
Y allí el francés, el primero de los soldados del orbe,
el que en sus glorias absorbe todas las
del mundo entero,
tres veces pálido y fiero se vio a correr obligado,
frente al pueblo desnudado que para salvar tu nombre,
te dio un soldado en cada hombre ¡y un héroe en cada soldado!
¡Sí, patria! desde ese día tú no eres ya
para el mundo
lo que en su desdén profundo la Europa se suponía;
desde entonces, patria mía, has entrado a nueva era,
la era noble y duradera de la gloria y del progreso,
que bajan hoy como un beso de amor, sobre tu bandera.
Sobre tu insignia bendita que hoy viene a cubrir de flores
la gente que en sus amores en torno suyo se agita,
la que en la dicha infinita con que en tu suelo la clava
te jura animosa y brava, como ante el francés un día,
morir por ti, patria mía, primero que verte esclava.
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Cinco de Mayo
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Anónimo |
¡Ya estoy aquí! Perdona la osadía
del entusiasta corazón del niño,
pero también lo arroba la alegría
y también en las alas del cariño
tierno canta a la patria en este día.
Aún no nacía este niño que ahora canta;
estaba... ¡qué sé yo dónde estaría!
Cuando el bello Anáhuac, país que encanta,
emporio del placer y patria mía,
hollado fue por extranjera planta.
Infante soy, ¡y el corazón se indigna
y mi sangre de cólera se enciende,
al pensar que en la historia se consigna
gente que sin honor la patria vende;
a esos traidores el baldón se asigna...!
Sé que hubo en Puebla desigual batalla
y dicen que silbaba la metralla,
y que grandes y bravos batallones
tres veces asaltaron la muralla.
Nunca la libertad en triste fosa
podráse hundir en pálido desmayo
porque en mi patria encontrará esa diosa
el sol hermoso del bendito mayo
y el nombre del valiente Zaragoza.
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Invasión de los franceses
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Guillermo Prieto |
“Mexicanos, tomad el acero,
ya rimbomba en la playa el cañón:
odio eterno al francés altanero,
¡a vengarse o morir con honor!”.
Lodo vil de ignominia horrorosa
se arrojó de la patria a la frente:
¿dónde está, dónde está el insolente?
mexicanos, su sangre bebed,
y romped del francés las entrañas,
do la infamia cobarde se abriga:
destrozad su bandera enemiga,
y asentad en sus armas el pie.
Si intentaren pisar nuestro suelo,
en la mar sepultemos sus vidas,
y en las olas, de sangre teñidas,
luzca opaco el reflejo del sol.
Nunca paz, mexicanos; juremos
en los viles cebar nuestra rabia.
¡Infeliz el que a México agravia!
gima al ver nuestro justo rencor.
¡Oh qué gozo! Borremos la injuria:
al combate nos llama la gloria.
Escuchad. . . ¡Ya vencimos! ¡Victoria!
¡ay de ti, miserable francés!
Venceremos, lo palpo, lo juro;
¡de sangre francesas empapadas,
nuestras manos serán levantadas
al Eterno con vivo placer.
Ya contemplo al valiente guerrero
que hasta en sueños su mano esforzada,
busca incierta, anhelosa, la espada
para herir al soberbio invasor.
Mexicanos, al campo volemos,
en sagrado furor arda el alma;
y al que quiera ignominia, a la calma
lo condene ofendido el valor.
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