A cuidar las candidaturas
Samuel Schmidt

Ahora fue el turno del presidente Calderón para llamar la atención sobre la infiltración del narco en los partidos políticos. Alertó a sus partidarios para que cuiden las candidaturas. Aunque habría que recordarle que recientemente hubo acusaciones muy concretas desde su gabinete, al respecto, sin que haya sucedido absolutamente nada. ¿Acaso un tema de esta envergadura no amerita investigación, cuando un secretario de Estado lo denuncia?

Habría que decir que Calderón solamente se preocupó por que haya candidatos provenientes del crimen organizado, pero no parece preocuparle que la política esté copada por estos elementos, posiblemente porque eso es lo que hace Presidentes a algunos.

El nuevo arrebato presidencial respondió a la propuesta panista a abrir la puerta para las candidaturas ciudadanas, buscando el fin del dominio de las familias y clanes como los Calderón, que durante muchos años se trasladaban las posiciones legislativas, como si fueran posesión de familia. Si no, que nos expliquen cómo le hacían para pasarse la curul Calderón y su esposa.  Y, claro, en el discurso eufemístico de la política, en lugar de aceptar que para entrar a la democracia se requiere eliminar el control caciquil y faccioso de las imposiciones legislativas, tratan de cargarle la responsabilidad al narco: como que se les pasa la mano, primero culpan a los capos por la inseguridad, tratando de liberar a los policías y toda suerte de parientes incómodos, y ahora llegan al extremo de culparlos por la cultura mafiosa del manejo del poder.

No hay duda de que los panistas saben muy bien cuál es la relación de la política y las drogas; a donde han llegado, ha proliferado el narcotráfico. Dos casos son ejemplares: Baja California, donde los cárteles han sentado sus reales desde la llegada del PAN a la gubernatura, y Chihuahua, donde los narcos mismos han denunciado al ex gobernador Francisco Barrio de haberles vendido la plaza y pedirles demasiado dinero.

Hay denuncias sobre la conexión entre la familia presidencial con Salinas de Gortari, pero no hay información pública sobre investigaciones al respecto; hay denuncias sobre gobernadores que protegen al narco, pero sin consecuencias legales o políticas; pero no hay duda de que con la llegada del PAN a la Presidencia de la República el poder de los narcotraficantes creció hasta rebasar al gobierno; no solamente controlaron a los policías a los que convirtieron en sus empleados y vendedores al menudeo, sino que se metieron en la bolsa a jueces y consiguieron la protección de gobernadores y la inacción de las procuradurías.

Cualquiera puede decir que hay coincidencias fortuitas, que ambos eventos sucedieron simultáneamente sin relación alguna, pero conviene recordar ese dicho famoso de que en la política no hay coincidencias sino más bien causalidades.

Uno escucha muchas historias y posiblemente todas sean ciertas. En Juárez se cuenta que un mensajero se reunió con un candidato a la presidencial municipal del PRI y le ofreció 2 millones de dólares a cambio de dejar hacer. Le dijo muy claro que la misma oferta se le estaba haciendo al candidato del PAN. Dice la historia que el priísta no aceptó y tampoco ganó, en cambio el panista ganó y bajo su mandato creció el problema de las muertas de Juárez y el crecimiento del hampa. ¿Casualidad o coincidencia, o simple imaginación?

Los políticos tratan de excusar su falta de acción ante supuestas amenazas del narco, pero si tanto les preocupa el tema y los espanta, tenían dos caminos: renunciar para no ser cómplices por inacción, o asumir su papel político y lanzar una escalada que terminara de una vez por todas con este cáncer que nos ahoga.
En lugar de eso, hacen el juego de las culpas ajenas, que solamente lleva a que no se haga nada. Todos se echan la culpa para nadar de muertito.

Felipe Calderón ha fracasado en la lucha contra el narco. Su torpeza demuestra que no había pensado en el tema, o que tal vez hay fuerzas dentro de su partido que lo rebasan, y ahora, al parecer, solamente le queda el recurso de las bravatas y las declaraciones que, con toda justicia, no llevan a ningún lado.