Panismo al desnudo
Lorenzo Delfín

Por un caso de robo, no es justo, en realidad, medir a tabla rasa a todos los mexicanos, pero sí a una buena parte de la costosa y extensa red burocrática que ha tejido el presidente Felipe Calderón Hinojosa y que desenmascara a su administración que se preciaba de tener y mantener las manos limpias.

Para el grueso de los mexicanos que aún duden de que la administración de Felipe Calderón está hecha de simples mortales que resultaron en extremo vulnerables a las corruptelas, al cinismo y al abuso de autoridad, debieran escarmentar en la carne de Rafael Quintero, ex subdirector de Avanzada del área de Comunicación Social de la Presidencia de la República, pescado infraganti embolsándose, por lo menos, siete celulares blackberry en un hotel donde se había celebrado una recepción del presidente George W. Bush a nuestro carísimo primer mandatario, durante su gira por Estados Unidos.

Por si esta perlita de la probidad y limpieza calderonista no fuera suficiente, el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, sobresale como el prototipo del panista que, recién salido de las pomposas oficinas de un empresariado cuajado de soberbia, arriba al poder público para mentarle la madre a quienes se oponen  (y que le devolvieron con creces los insultos) a que concrete el latrocinio de desviar 300 millones de pesos del erario para entregarlos a dignatarios de la Iglesia católica, que para opresores también se pintan solos. La historia no engaña.

El risueño estilo del  Presidente mexicano en Estados Unidos se transformó en la mueca ya conocida de impotencia al trasponer de regreso la frontera del Río Bravo. Las aguas del perredismo azuzado por Andrés Manuel López Obrador se revolvieron aún más por el desatino lingual de Calderón y la eterna piedra en el zapato, el Ejército Popular Revolucionario (EPR), cual involuntario comité de recepción resurgió públicamente al plantearle la intermediación de cuatro notables para iniciar un diálogo que permita destrabar el conflicto que mantiene desde hace 11 meses por la desaparición de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, un par de sus integrantes que, en una especie de acto de prestidigitación, el gobierno federal -se le acusa- ha ausentado del planeta.

Pero para desatinos del mismo calibre, no sólo Felipe. Su “operador político”, Germán Martínez Cázares, ungido como líder del panismo nacional, vino a agravar la gastritis presidencial al decir que el gobierno no negociaría con quien tiene una pistola en la mano.

Puntual, uno de los propuestos notables intermediarios, Carlos Montemayor, se le fue sutilmente al cuello al acusar al gobierno de que negocia con gente que no sólo tiene pistolas, sino un arsenal y sicarios, además de que se entiende con delincuentes de cuello blanco mientras desprecia a quienes, en la desesperación por la miseria de sus pueblos, recurren al levantamiento armado.

La jaqueca en el Presidente se dobleteó al enterarse de que otro de sus contlapaches políticos, el gobernador bajacaliforniano, Guadalupe Osuna Millán, apenas asumió el poder y ya está sumido hasta el cuello en el fango de las dudas porque sus genízaros de la Procuraduría de Justicia son señalados por el propio Ejército federal como cómplices y protectores del narcotráfico en esa complicada entidad.

La tormenta en que se convirtió la lluvia en la milpita panista, la representó el informe público de que el PAN lleva un rumbo firme al abismo político; esta apreciación es ratificada por las encuestas. El preámbulo del pulso panista para las elecciones federales en 2009 lo ubica en un descenso vertiginoso: 36.8 por ciento de aceptación actual frente al 50.3 por ciento que tenía al inicio de 2007. Es elocuente que la población nacional está hondamente sensibilizada porque asume que el acto más deleznable de la administración panista es el perpetrado por el funcionario ladrón de celulares allegado a Los Pinos. Un 74 por ciento de más de 35 mil internautas expresaron que este robo representa el perfil de esos políticos.

Esto apenas es un reflejo mínimo de cómo se conduce un gobierno que se jacta de pulcritud. Vicente Fox lo evidenció con toallas de cuatro mil pesos; Calderón, con siete celulares.

 

 

 

 

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