Maquiladoras, espejo de la inequidad social

Rebasadas cuatro décadas, contadas desde que las maquiladoras llegaron a instalarse a nuestro país, se puede concluir, como suele decirse de quienes a esa edad muestran inveterada mala conducta, que nunca se compusieron; al contrario, los defectos de origen de esas empresas -que llegan, pagan poco a los obreros y casi nada al fisco, ganan mucho y se van en cuanto el aire favorable cambia de rumbo-, se han profundizado y multiplicado, mientras que la virtud máxima que pregonaban sus promotores, la de ser generadoras de empleos, se ha venido desvaneciendo notablemente, sobre todo en lo que va del presente siglo.

En esta edición iniciamos una serie sobre  la situación de las maquiladoras, donde expondremos con datos qué ha quedado de “la generación de millones de empleos”, ese as que sacaban de la manga los promotores oficiales y los propietarios de las maquiladoras, cada vez que salía a relucir lo poco que pagan y lo mucho que hacen trabajar a quienes ahí laboran, y que se ha quedado sin sustento una vez que muchas empresas han “volado” a otros territorios, donde pagan aun menos o les quedan más cerca los mercados mundiales.

Veremos también que, tal y como ocurrió desde que empezaron a instalarse en México, allá por 1966, las maquiladoras siguen siendo el símbolo de la máxima explotación de la fuerza de trabajo, ejemplos extremos de indefensión laboral, y lugares donde prácticamente se puede tocar con la mano los contrastes de la producción moderna: la enorme productividad exacerbada por la división extrema del trabajo, que lo reduce a simples y rápidos movimientos mecánicos que pueden desempeñarse sin más nivel escolar que los siete años que en promedio posee la planta laboral de esa rama, compuesta mayoritariamente por mujeres, a cambio de un pago miserable.

Contrastaremos el enorme desarrollo de los procesos industriales y la sofisticación tecnológica generadora de millones de televisores, monitores de computadora, proyectores, pantallas de plasma y toda la parafernalia propia de la moda, la informática y las telecomunicaciones, que marcan la vida y el comportamiento de millones de personas y nutre generosamente las principales fortunas del mundo; y ahí mismo, como fuente de aquella acumulación de riqueza, el trabajo intensísimo que hace que los trabajadores salgan muertos de fatiga después de largas jornadas, que han reducido a letra muerta las ocho horas que marca la Ley del Trabajo; los salarios a su mínima expresión, la indefensión laboral a todo lo que da, incluyendo el acoso sexual cotidiano que sufren las trabajadoras, la mayoría de ellas muy jóvenes.

La situación laboral de estos obreros, muchos de ellos reducidos a ocupar un puesto en la nota roja, víctimas de los delincuentes que los roban o los matan al salir de la fábrica, debe ser conocida porque demuestra que vivir mejor todos los mexicanos, en un país más equitativo, será una tarea imposible si no hay un mejoramiento real de los ingresos salariales de quienes crean riqueza cotidianamente y sólo se quedan, cuando bien les va, con 700 pesos semanales. Nadie más logrará construir ese modelo de país que los propios afectados por la situación actual.

 

 

 

 

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Minerva Flores Torres

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