El valor de la fuerza de trabajo
Brasil Acosta Peña

El valor de la fuerza de trabajo de los obreros se mide por el tiempo de trabajo que se necesita para reponer las energías del propio obrero; el problema consiste en saber a cuánto equivale ese tiempo en dinero; por eso, en términos económicos, dicho tiempo se representa mediante el tiempo de trabajo que se necesita para producir los medios de vida, o, en términos del valor de cambio (en dinero), el costo de los medios que sirven para que el obrero reponga su capacidad para trabajar y se perpetúe (es decir, que tenga hijos que lo sustituyan en el futuro).

Por tanto, los alimentos, la ropa, el transporte, la luz de su casa, la renta, el agua, los gastos destinados al esparcimiento, a la escuela de los hijos, los gastos en médico y medicamentos, etc., representan los bienes que garantizan a los trabajadores reponer sus fuerzas para laborar; pero, el tiempo de trabajo que se requiere para la producción de dichos bienes, o, en términos monetarios, el costo de éstos, representará el valor de la fuerza de trabajo.

Es evidente que si alguno de los bienes sube de precio, entonces, el valor de la fuerza de trabajo tendrá, necesariamente, que subir proporcionalmente; o, lo que es más común, el valor de la fuerza de trabajo disminuirá en la medida en que baje el precio de los medios de consumo de los obreros. Esto último ha sucedido históricamente debido al desarrollo de la productividad del trabajo y el uso de técnicas cada vez más modernas en los procesos productivos, con lo cual se ha permitido la producción de mucho más mercancías por unidad de tiempo, abaratándose cada pieza.

Sin embargo, en los tiempos que corren, nos enfrentamos ante una crisis mundial de alimentos, la cual es resultado de la disminución de la demanda de arroz por parte de China, debido a que, gracias al mejoramiento de los niveles de ingreso de la población de aquel país oriental, los hábitos de consumo se han venido modificando gradualmente en los últimos años, y en la dieta de los chinos el arroz ya no juega el papel primordial que antes (a manera de chiste diríamos que: “chinito ya no quelel aloz”).

Esto ha hecho que la producción de arroz en la India, de China misma, de Vietnam, etc., se haya visto afectada, al grado de haber aumentado el precio del arroz más del 70 por ciento. Tanto así ha afectado a la economía mundial, que nos encontrarnos con que en Estados Unidos, país capitalista ícono del libre mercado, se ha comenzado a “racionar” el arroz, algo que, en su tiempo, cuestionaban con fervor a las economías socialistas de Europa del este y de la ex Unión Soviética.

El problema es que no es el arroz el único que se ha visto afectado, sino que el precio del trigo ha aumentado en más del 130 por ciento, el del maíz en más del 30, entre otros, de manera que estamos ante lo que le han dado por llamar una “crisis alimentaria”.

“La tendencia actual de los precios de alimentos probablemente incrementará de manera abrupta la incidencia y amplitud de la inseguridad alimentaria”, dijo el subsecretario para asuntos humanitarios de la Organización para las Naciones Unidas (ONU), John Holmes, y señaló que se advierte un aumento (de los precios de los alimentos) del 40 por ciento en el nivel mundial.

Ahora bien, los elevados precios del petróleo también presionan a la alza los precios de los bienes de consumo que utilizan aquél como insumo; y también los efectos económicos de los visos de crisis que se observan en Estados Unidos, afectan los precios de otros tantos productos que consumen los obreros, haciendo que éstos aumenten de precio.

Entonces, el valor de la fuerza de trabajo va a la alza conforme aumentan, también, los precios de los productos que integran la canasta básica. Por lo tanto, como resultado de un aumento del valor de la fuerza de trabajo esperaríamos que los obreros cobren salarios más altos, tal como sucede con las mercancías que cambian de precio en los aparadores de los comercios. Sin embargo, los salarios en México, como dicen los economistas modernos, sufren “rigideces”, de modo que no pueden variar al “gusto” de los trabajadores.

En consecuencia, ha aumentado el valor de la fuerza de trabajo, pero no su valor de cambio, es decir, el salario, el precio de aquélla. Por lo mismo, a los trabajadores de México les esperan tiempos difíciles, tiempos en los que tendrán que acortar los recursos destinados a “otros gastos” y dedicar más de sus pobres ingresos a los alimentos, aunque ya en la actualidad destinan poco más de la mitad de su salario a alimentos. Se confirma, entonces, la necesidad de que los obreros se organicen y luchen por mejores salarios, por sindicatos que defiendan auténticamente sus intereses y por mejores condiciones de vida para ellos y para sus familias; pero, sobre todo, los proletarios de México deben tener en la mente algo más: la necesidad de organizarse y luchar por la conquista del poder político, pues solamente así podrán las políticas salariales dejar de ser “rígidas” para adecuarse a las circunstancias y a las necesidades de los obreros. Sólo así dejaremos de vivir en un mundo en el que los precios de los alimentos aumentan a más del 40 por ciento,  mientras que el precio del salario sólo lo hace al 3 o 4 por ciento.

 

 

 

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