El desperdicio de la tribuna
Álvaro Ramírez Velasco
La toma a la tribuna del Congreso de la Unión por parte de los legisladores del Partido de la Revolución Democrática supone la parálisis legislativa y una imagen negativa de ese grupo político ante la opinión pública que seguramente se verá traducida en votos durante la elección intermedia de 2009.
Si bien la protesta ha sido el camino que ha seguido el partido del sol azteca desde su nacimiento, este tipo de mecanismos se justifican en un régimen autoritario donde los canales de participación política están cerrados y no queda más remedio que tomar las calles para hacer notar las necesidades de diálogo, negociación e inclusión que requieren diversos grupos sociales.
Sin embargo, la protesta callejera, la toma de la máxima tribuna del país, no cabe cuando se es la segunda fuerza política representada en el Congreso de la Unión y cuando el Ejecutivo presentó una iniciativa que debieron revisar primero los legisladores del PRD para aportar sus posturas para evitar la privatización de la industria petrolera mexicana, pero también para modernizar Petróleos Mexicanos.
Detrás de la toma del Congreso de la Unión es insoslayable la figura del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien al mando de las “adelitas” ha frenado la discusión de la reforma presentada por Felipe Calderón para solicitar un debate de semanas enteras sobre las modificaciones a la paraestatal.
Las señales del PRD son contradictorias y hablan de la división interna en su seno, tal y como las elecciones para la dirigencia interna han dejado una imagen poco pulcra de la forma de actuar de las diversas tribus.
Por otra parte, la distancia se va haciendo cada vez más grande entre la fracción que quiere integrarse a la vida institucional de país y aquéllos que quieren “mandar al diablo las instituciones”: unos quieren buscar por la vía del diálogo y la negociación política, del quehacer parlamentario, los cambios que el país necesita y evitar por esa vía que los otros partidos hagan de las suyas con el país.
De otra parte está la radicalidad de los que buscan imponer su punto de vista sobre los otros, circunstancia que ocasiona descontrol entre las fracciones políticas. El cúmulo de todos estos elementos obliga a pensar en una redefinición al interior de este partido político si quiere mantenerse en el margen institucional y no regresar al camino de cuando la izquierda era clandestina.
Hay una larga tradición de lucha que no deben soslayar y un largo trabajo para integrar la vida democrática del país.
Quizá por una vez tenga razón Felipe Calderón al señalar que el PRD está cayendo en lo ridículo con una nueva toma de tribuna, pues ahora va a resultar que cada que no le parezca a un grupo político una propuestas va a paralizar la vida legislativa de México.
Hay diversas iniciativas que se quedaron estancadas como consecuencia de esta parálisis, situación que tiene que hacernos repensar si ésa es la clase de democracia que queremos.
Habrá que esperar, pues, si en estos días se logra una negociación y la discusión seria de la reforma energética que requiere el país o si sigue el secuestro de la máxima tribuna política del país.
También, eventualmente, si hay un costo político para aquéllos que prefirieron las calles al debate parlamentario.
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