PRD, adversario de sí mismo
Lorenzo Delfín

Como ya se le hizo rutina, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) no bien sale de una crisis cuando entra a otra, en una especie de penitencia permanente auto-impuesta. La decisión de prolongar la elección definitiva de su dirigencia nacional,  a cuyo proceso ni los mismos perredistas le quitan el tufo de “cochinero”, no sólo se traduce en el alargamiento de un trompicado peregrinar por el modelo democrático al que dice que aspira y que se resiste a llegar, sino que la proporciona a sus adversarios -internos y externos, que son muchos- el arsenal político para el ataque rabioso y descarnado.

El gobierno federal, por mucho que sigue demostrando que carece del oficio político para destrabar los apuros que impactan a la nación y fragmentan más a la sociedad y que, al contrario, los complica, ha descubierto que las herramientas para descuartizar a su rival son muchas y variadas, incluidas enormes dosis de divisionismo. Y las usa con sumo provecho en contra del PRD. Lo malo es que el perredismo le facilita el trabajo.

En el estudio puntual o interesado, muchos analistas tratan de justificar que el rasgo de identidad del PRD no puede ser otro que el del incesante jaloneo interno en que históricamente se ha desenvuelto, máxime que su origen es un mosaico de intereses de toda especie. Entonces, el PRD no es en sí la raíz de sus propias desdichas, sino los perredistas.

No es nuevo, pero el hecho de que prevalezca en el PRD la imposición de reglas y códigos de confección personal como factores de división y discordia, lo propone como un partido que en la euforia por haber alcanzado el rango de segunda fuerza política nacional, se pierde en el camino de la indisciplina en aras del utilidad individual, y diluye su autoproclamado papel como agente de la salvación nacional.

Así, con sus conflictos tribales a rastras, enredado aún más por las alianzas con otras organizaciones que sólo medran con las conquistas ajenas y que recurren a ello para acicalar su miseria política, la lucha en que se ha enfrascado el PRD, “ordenada” por la cabeza de una de sus facciones en defensa del futuro petrolero mexicano, un referente histórico de soberanía nacional, es desacreditada en la misma medida en que aumentan sus discrepancias, sus exhibicionismos sin rienda y se recrudecen las embestidas de un gobierno federal que del empeño ha pasado a la obsesión por hacer del país un territorio exclusivo de hacendados y emperadores importados.

El concepto rupestre de país que el panismo exhibe y promociona, es equivalente a la indigencia mental del empresario que patrocinó el spot lacerante con que comparó a Andrés Manuel López Obrador con legendarios dictadores que pusieron al mundo en un brete del que aún no se repone.

También, para Acción Nacional, la toma por tiempo indefinido de las tribunas parlamentarias federales por parte del PRD, como estrategia (única, al parecer) para evitar la privatización de los recursos energéticos, no representa de ninguna manera un ultraje a uno de los poderes vitales para la vida nacional, sino una calamidad producida por un hatajo de andrajosos sin estilo (¿ves?). Flaca memoria la de estos empresarios convertidos en gobierno que deliberadamente omiten aquella escena en la que Vicente Fox, su ex primer Presidente de la República, en sus tiempos de diputado federal a los que se metió para resarcir la desgracia económica en que había caído su familia, armó un escándalo fenomenal en el recinto parlamentario al utilizar boletas electorales como orejas de burro que se colocó sin mucho esfuerzo, en protesta por la calificación electoral que en 1988 le permitió al priísta Carlos Salinas de Gortari ser primer mandatario.

A estas fuerzas oscuras debe oponerle la suya el PRD; en la hipótesis, es el brazo opositor y de contrapeso a los afanes porque México sea manejado como una empresa privada.

Pero el país necesita a un PRD distinto. Y comenzaría a serlo si el perredismo se respetara a sí mismo.

 

 

 

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