Lógica política
Mario A. Campos
Hemos hablado antes en este espacio de la lógica política, razonamiento que lleva a los actores a revisar permanentemente sus estrategias en un juego de vencidas en el que las cosas pueden cambiar en función de los aciertos y errores de todos los participantes. Como prueba señalamos que lo más destacable era el acierto estratégico de López Obrador al tomar la tribuna para arrebatar la iniciativa y ahora es necesario mencionar el mérito de sus adversarios que al pie de la letra cumplieron lo que aquí advertíamos entonces:
“¿Qué viene ahora? Lo que viene ahora es la consolidación de la alianza PRI-PAN, acuerdo necesario para recuperar la iniciativa frente a AMLO. En ese sentido la aprobación de la reforma energética es imprescindible para los dos actores; por eso, deberán recuperar la operación del Congreso -en sus sedes o en espacios alternos-, realizarán los foros anunciados, y luego de 50 días -en cualquier condición y con los cambios necesarios-, aprobarán la iniciativa del presidente Calderón, a pesar de López Obrador y los suyos”.
Los plazos cambiaron, como todos saben, rebasando incluso los 70 días; sin embargo, lo esencial fue respetado: la alianza se ha mantenido, se trasladaron las sesiones a otras sedes y en los hechos se aisló a AMLO en la nueva negociación. Veamos por qué.
La lógica detrás de las tomas de tribuna es que había que apropiarse de la discusión para marcar los tiempos y las formas. Y en los primeros momentos funcionó. El problema es que los líderes de los otros partidos superaron muy pronto la sorpresa y con malicia entendieron que, mientras más tiempo mantuviera AMLO tomada la tribuna, peor para el perredista en términos de percepción. El segundo paso, entonces, era volver irrelevante el llamado secuestro de la tribuna, bajo la premisa de que, en un acto así, la clave está en el valor que se le otorga a la víctima.
Siguiendo con el símil, el rehén dejó de tener valor en el momento en que fue aprobada la continuación del trabajo en una sede alterna. Reducidas las tribunas al mero papel de escenografía, las tomas dejaron de tener sentido. Triste realidad: los secuestrados se dieron cuenta de que su rehén parecía importar a muchos, pero no a los que tendrían que pagar el rescate.
Entonces el problema se volvió otro. Se había planeado la toma de la tribuna, no su entrega. Cómo salir entonces del embrollo con la cara en alto. Hubo un momento en el que la salida se veía fácil. En la oferta de pago se habló de una tercera vía: no los 120 días que habían pedido, tampoco los 50 que otros ofrecían. La propuesta era un debate sin plazos. Ahí debieron haber firmado el arreglo, sólo había que entregar la víctima y salir a presumir la ganancia. No lo hicieron, dejaron pasar la oportunidad.
Lejos de los legisladores en huelga, los otros diputados y senadores siguieron aprobando leyes y diseñando las reglas para las próximas elecciones; y los llamados secuestradores sabían que deberían estar ahí, el problema era cómo hacerlo mientras mantenían físicamente al salón de plenos como rehén. Primero había que soltarlo para volver a la mesa. La gran pregunta era cómo.
Lo más probable es que al momento en que esta revista esté en sus manos, las tribunas ya hayan sido liberadas. Al escribir estas líneas, sigue pendiente la respuesta de los miembros del FAP a una posible salida cortesía de la Comisión de Energía y de la Junta de Coordinación Política de los senadores; posible escape, que al ser aceptado, les permitiría regresar la tribuna sin salir con las manos vacías. De ser el caso, habrán dicho que el objetivo fue cumplido. El presunto albazo legislativo habría sido conjurado y la lucha contra la privatización de Pemex habría pasado a una nueva etapa de confrontación.
Las encuestas levantadas en los próximos días dirán si el discurso encontró eco en la ciudadanía. En todo caso, ése será el menor de sus problemas, si para entonces las tribunas continúan tomadas. En política se puede ser popular o impopular, pero nunca irrelevante, y eso le pasó a AMLO y su equipo en la batalla por el control del Congreso.
Si decidieron participar en el debate, habrán ganado más de dos meses para hacer escuchar sus argumentos, exhibir las debilidades de la reforma y preparar su ofensiva final. El reto, entonces, será tener a la opinión pública de su lado o lograr replantear su resistencia como si se tratara de algo novedoso, y no como si se tratara de una simple reedición.
Como siempre, será el tiempo el que nos diga quién tuvo la mejor estrategia en la nueva etapa de la lucha por venir.
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