Más riqueza, más pobreza
Azucena del Campo
La expresión que encabeza este trabajo no es una adivinanza ni es un juego de palabras, es literal y aterradoramente cierta. Nunca como ahora la humanidad había sido capaz de producir tanta riqueza y nunca, también, como ahora, habían existido tantos pobres y nunca su miseria había sido tan espantosa. Esta verdad general viene a confirmarse palmariamente con el desplazamiento de los medios de consumo a la esfera de la producción, es decir, con la utilización cada vez más acusada de medios que tradicionalmente han servido para alimentarse, en simples medios para incrementar la producción y la productividad.
Y si esos medios de consumo, si esos alimentos usados como medios de producción, produjeran de alguna forma una mayor cantidad y calidad de alimentos accesibles a más bajos precios, todos estaríamos más que felices y contentos, pero evidentemente no sirven para ello, sino que están sirviendo para producir otros bienes de consumo que no son precisamente alimentos, muchos, muchísimos bienes de consumo superfluo y muchos medios que se consumen a su vez en la esfera productiva para producir herramientas y máquinas. Todo ello con un criterio universal e inamovible: la obtención de la máxima ganancia en el mínimo de tiempo posible.
Estas apocalípticas reflexiones se deben y se ilustran plenamente con lo que está sucediendo con los alimentos básicos tradicionales del hombre que ahora se están utilizando -valga la simplificación- para quemarlos como combustibles. Ahora no sólo los automóviles sino las inmensas fábricas se tratan de mover con menos costos si en lugar del petróleo y sus derivados se utilizan los llamados biocombustibles, alcoholes vaya, que se obtienen del maíz, la caña de azúcar y otros cultivos que hasta hace poco eran fundamentales en la alimentación humana. Al uso como biocombustibles de los productos agrícolas se añade la especulación y el aumento de la demanda es países importantes como China, Brasil y la India lo que resulta en importantes aumentos de sus precios.
“La agricultura moderna deberá cambiar radicalmente para servir mejor a los pobres y hambrientos si el mundo debe sobrellevar una creciente población y el cambio climático”, se dice en un documento elaborado por unos 400 científicos y publicado por la UNESCO en el que se añade que “mantener las tendencias actuales en producción y distribución (agrícola) agotaría nuestros recursos y pondría en peligro el futuro de nuestros hijos”. No es, pues, nada difícil detectar el peligro que se cierne sobre los pobres y, más todavía, sobre la humanidad entera.
¿Qué pasa entonces? Pasa, como con todos los fenómenos sociales de esta aciaga época del género humano, que todo está supeditado a la obtención de la máxima ganancia. Los productores agrícolas son poderosos terratenientes privados a los que no se les puede decir ni mi alma porque les hace daño el coraje, que se comportan como los soyeros argentinos que no quieren compartir ni siquiera una parte mínima de sus ganancias o como los productores de oleaginosas y aceites de Bolivia que no quieren dejar de exportar porque la sacrosanta libertad de empresa así lo prescribe aunque los bolivianos se estén muriendo de hambre. Esos, por el lado de los vendedores y, por el lado de los compradores, están los poderosos industriales de los países desarrollados que compran alimentos para convertirlos en biocombustibles y quemarlos para mover sus fábricas.
¿Resultado? Los países pobres en los que la gente gasta hasta el 75 por ciento de sus magros ingresos en comida están sufriendo una impactante alza en los precios de los alimentos, estos aumentos se han acelerado en los últimos 12 meses y afectan especialmente al maíz, al trigo, al arroz y a las oleaginosas, caso en el que los aumentos de precio han llegado hasta el 100 por ciento. Pero todo puede suceder menos que la gente se deje morir y deje morir a sus hijos. Por eso, en la época de la mayor riqueza producida en el mundo, las masas hambrientas asaltan almacenes y se levantan enfurecidas como ya ha sucedido en las últimas semanas en Haití, Camerún, Egipto, Etiopía, Indonesia, Costa de Marfil, Madagascar y Filipinas. “Pero eso está muy lejos -diría un mexicano opulento-, ni siquiera es América Latina, aquí somos ordenados, pacíficos y resistentes como pocos”. Sí -digo yo- somos ordenados, pacíficos y sufridos, pero que nadie se confíe, el hambre es cabrona y más el que la aguanta.
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