Alimentos caros, hambre en el mundo
Abel Pérez Zamorano
Hay protestas en Haití por falta de alimentos, e igual ocurre en Camerún, Egipto (donde el propio Ejército ha tenido que ponerse a hornear pan para repartir entre los hambrientos) y Filipinas, donde el problema es oficialmente considerado como asunto de seguridad nacional. Hay hambrunas, no sólo en África, sino en Bangladesh, donde 60 millones de pobres gastan 40 por ciento de sus magros ingresos en la compra de arroz, y los disturbios sociales han provocado el establecimiento del estado de emergencia. “…en El Salvador los pobres están consumiendo sólo la mitad de alimento que consumían hace un año. Los afganos están ahora gastando la mitad de su ingreso en alimento, contra un 10 por ciento del mismo en 2006 ” (The Economist, 19 de abril, p. 33). El año pasado, los precios del trigo aumentaron en 77 por ciento y los del arroz en 16 por ciento, y a nivel mundial en lo que va de este año los incrementos se han acelerado: el arroz ha aumentado en 141 por ciento y ciertas variedades de trigo en 25 por ciento. Los efectos sociales son devastadores. Según estimaciones globales, “… el incremento en el precio de los alimentos puede reducir en un 20 por ciento el poder adquisitivo de los pobres de las ciudades y habitantes del campo que compran sus alimentos”. El propio director del Banco Mundial, Bob Zoellick, afirma que, como consecuencia, el número de pobres aumentará en cien millones (Ibíd.).
La pobreza y la escasez de alimentos fue explicada en el siglo XIX por Thomas Malthus mediante su célebre tesis de que había un exceso de seres humanos (claro, él no se incluía entre los sobrantes), y la población crecía con mucho más rapidez que la producción de alimentos, de donde se concluía la necesidad de reducir el crecimiento poblacional, a lo cual debían contribuir guerras y epidemias. Sin embargo, desde entonces la producción agrícola ha alcanzado éxitos espectaculares, y el crecimiento poblacional ha sido frenado de manera drástica. En China se aplica la política de un hijo por matrimonio; India está reduciendo su crecimiento, y en Estados Unidos cada familia tiene en promedio 1.5 hijos, y similares tendencias muestra la demografía en Europa. En México, el promedio de integrantes por familia es de 4 o 4.5, en el medio urbano o rural, respectivamente. No obstante, el problema de los alimentos se agrava, aunque, ciertamente, no de manera igual en todas partes. La razón es que la causa no estaba donde Malthus creía, sino en la estructura misma de la economía de mercado.
Conviene señalar, en primer término, que según especialistas, éstas no son crisis locales debidas a circunstancias coyunturales, sino un fenómeno global. Y es que, efectivamente, la causa es global, de orden sistémico; dimana de la estructura económica, aunque sus manifestaciones superficiales den la apariencia de diversidad e, incluso, desconexión. Entre estas últimas está, en primer lugar, el incremento en la producción de biocombustibles a partir de granos y otros alimentos, elevando su demanda y por ende su precio. Esto ha sido una respuesta de los mercados al encarecimiento de los combustibles fósiles (el barril de petróleo West Texas ha alcanzado ya el nivel histórico de 120 dólares). El hecho impacta de dos formas a los mercados de los alimentos. Por una parte, el aumento en el precio de combustibles como el diesel es fuertemente inflacionario, y empuja hacia arriba los costos de producción y de transporte en la agricultura. La segunda forma consiste en que al aumentar el empleo de las cosechas para producir etanol o biodiesel, se reduce la oferta de granos para alimentación humana y animal, elevando su precio.
Detrás del incremento mundial en los precios está, también, el carácter monopólico de las empresas que dominan los mercados de insumos y productos agropecuarios. Viene al caso recordar, aquí, un dato que en otra ocasión hemos comentado: “Las cinco principales empresas agroindustriales transnacionales (Aventis Group [Hoechscht/Rhone-Poulenc], Novartis, Monsanto, Zeneca/Astra y Dupont) concentran 55.6 por ciento de las ventas de pesticidas, 21.5 por ciento de las ventas de semillas y 100 por ciento de las variedades genéticamente modificadas (OCDE, 2000: 49) (Enrique Dussel, Territorio y Competitividad en la Agroindustria en México, p. 32). Y como es sabido, estas estructuras tienen gran poder de mercado para elevar precios, tanto en insumos como en las cosechas, cuyo mercado controlan a veces casi en su totalidad.
Pero no sólo el carácter monopólico de los mercados influye en los altos precios de los alimentos, sino factores internos en los propios países subdesarrollados, como los mencionados antes. En Bangladesh, en el último año, los precios del trigo, el arroz y el aceite comestible, registraron incrementos superiores a cien por ciento, algo en lo que ha influido de manera poderosa, como señala The Economist, la estructura agrícola interna, dominada por el minifundio: la superficie promedio por productor se redujo de 1.5 hectáreas en los años 70 a sólo 0.5 actualmente. Igual ocurre en Etiopía y Malawi, donde el promedio cayó de 1.2 a 0.8 hectáreas en la década pasada.
Comentario especial merece el caso de Bangladesh, pues fue precisamente ahí donde el gurú de las microfinanzas, Mohamed Junus, fundó el banco Gramen y formuló su célebre tesis (que por cierto le valió el Premio Nobel), y donde, supuestamente se habían demostrado en todo su esplendor las virtudes de su sistema. Pues contra toda la publicidad dada a la panacea de las microfinanzas, resulta ahora que los campesinos de Bangladesh están sufriendo la peor hambruna de los últimos 40 años. Lo real es que con una estructura agraria fragmentada, no hay conjuro “microfinanciero” que valga, pues indefectiblemente los costos de producción se elevan, y con ellos los precios de las cosechas. Así las cosas, aunque se cierren las economías como algunos proponen, en estos casos, y en muchos otros como el nuestro, una estructura productiva interna ineficiente eleva costos y precios al consumidor.
En resumen, pareciera que estamos ante un fenómeno determinado por varias y diversas causas, aparentemente inconexas. Pero no es así. Entre ellas existe un común denominador que no debemos perder nunca de vista, a saber, que la economía de mercado está regida por el afán de ganancia, no de atención a las necesidades sociales. Ése es el supremo imperativo económico, que lo subordina todo y determina qué, cuánto, dónde, cómo y para quién producir. Todo lo rige esa férrea ley: debe producirse y venderse aquello que genere la máxima ganancia, sin importar que ello signifique el empleo de alimentos para biocombustibles, y con ello el hambre para millones.
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