La defensa electoral del TLCAN
Brasil Acosta Peña
Debido a las críticas que los candidatos demócratas a la presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama y Hillary Clinton, han lanzado contra el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); y también debido a las amenazas esgrimidas por ellos mismos de que, en caso de llegar al gobierno revisarían algunas cláusulas del tratado e, incluso, podrían plantear uno nuevo, tanto el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, como el Presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, se lanzaron a la defensa del TLCAN.
Por ejemplo, el mandatario norteamericano aseguró: “nuestro comercio se ha triplicado y nuestras economías han crecido”; por su parte, Felipe Calderón aseguró que el TLCAN ha contribuido a la generación de empleos, lo cual ha servido para “reducir la presión migratoria de muchos mexicanos”, lo cual contrasta plenamente con el hecho de que aproximadamente 500,000 mexicanos cruzan anualmente la frontera del norte.
Esta defensa es de corte esencialmente propagandista ante las elecciones presidenciales que se avecinan en Estados Unidos y, por ello, no podemos esperar un análisis crítico acerca de los alcances y de los resultados del TLCAN; peor aún, quizás sin proponérselo, el Presidente mexicano, con estas declaraciones, favorece a los “republicanos”, corriente política a la cual pertenece el presidente Bush.
Se ha dicho reiteradamente que los beneficios del TLCAN consisten en lo que se conoce como la “convergencia en el consumo”, es decir, que en México existe la misma calidad, variedad, disponibilidad, precio, servicio y condiciones crediticias que los que existen en EE.UU., para todos los sectores sujetos a la apertura, lo cual trae como resultado una mayor variedad de productos que lo mismo se pueden encontrar en México que en Estados Unidos a precios “similares”; la “convergencia en la inversión”, que se refiere a que la calidad de la inversión en los tres países (se incluye Canadá), en términos de desarrollo tecnológico, productividad y protección al medio ambiente, es idéntica; y, finalmente, la “convergencia macroeconómica”, que se refiere a la estabilidad económica y un ciclo de negocios (subidas y bajadas de la economía) paralelo al de EE.UU.
Se asegura, también, por otro lado, que las condiciones de pobreza habrían disminuido y se dan datos, afirmando que la pobreza alimentaria habría disminuido de 1994 a 2006 en un 7.4 por ciento, argumentando que se ha sacado de la pobreza a la gente, gracias a programas como Progresa, Procampo u Oportunidades. Sin embargo, algunos críticos subrayan que el TLCAN no solamente “engañó” a los mexicanos, sino que los estadounidenses y canadienses no obtuvieron grandes ventajas, y que los verdaderos beneficiarios han sido las grandes multinacionales.
Ahora bien, la apertura económica ha sido una necesidad insoslayable del desarrollo del sistema capitalista, una condición para su supervivencia. De hecho, el capitalismo, al haber mejorado los métodos de producción y, con ellos, la productividad, es decir, el incremento de la cantidad de mercancías producidas por unidad de tiempo, ha lanzado al mercado, como escribe Marx, un arsenal de mercancías, las cuales deben venderse para poder realizar las ganancias del capitalista y, por lo tanto, deben encontrar mercado. De modo que, una vez rebasadas las fronteras nacionales, se abre la necesidad de incursionar en otros mercados y para ello se acuerdan los tratados de libre comercio.
Ahora bien, el país que tenga mejores condiciones tecnológicas y una mayor productividad, estará en mejores condiciones de vender sus mercancías más ventajosamente y desplazar a los productores débiles. El ingreso de mercancías más baratas a nuestro país, provoca también un abaratamiento de los bienes que satisfacen las necesidades de los obreros, es decir, los llamados medios de vida del obrero, con lo cual se abarata el valor de la mano de obra en México, favoreciendo con ello a los productores, quienes verán incrementada su plusvalía. Así, con el libre comercio, se reduce la parte de la jornada de trabajo que el obrero trabaja para sí, aumentado la parte de la jornada que trabaja gratis para el patrón.
Finalmente, la defensa del TLCAN no debe guiarse por discursos que mecánicamente se ponen del lado de los “engañados”, sino haciéndole claridad a los obreros y a las clases pobres, en que el capitalismo, para poder sucumbir, debe desarrollarse, de modo que sus contradicciones internas le lleven a su debilitamiento y a su transformación; pero, eso sí, habiendo generado de antemano la infraestructura económica que, organizada científicamente por los obreros en el poder, permitirá la distribución de la riqueza producida, de modo equitativo, que garantice el nivel de vida que su trabajo les debe y que, hasta ahora, no han recibido.
También es cierto que no está bien querer defender lo indefendible, pues el desempleo en México ronda el 4 por ciento y los emigrados andan alrededor de 500 mil por año; y eso de que las economías han crecido, hay que someterlo a duda, pues las tasas de crecimiento de México y de Estados Unidos son modestas. Tampoco hay que despotricar contra el TLCAN así nada más; en todo caso, que quede claro que el TLCAN ha sentado las bases para la agudización de las contradicciones del capitalismo y que, con la clase obrera, educada, organizada y en el poder, se podrá construir la nueva sociedad que merecen los obreros.
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