Los niños del fin del mundo
Cousteau

Dentro de algunos días se festejará en México el día de los niños y, como ya es costumbre, habrá festejos. No faltará por ahí algún reportaje en algún medio escrito o electrónico, no faltará aquel funcionario que declare que el gobierno está trabajando para mejorar las condiciones de los infantes del país y hasta es probable que presente algunas cifras estadísticas -bien maquilladas o manipuladas- para sustentar sus declaraciones.

Pero esta sociedad capitalista, que funciona desde hace varios siglos teniendo como objetivo primordial la obtención cada vez mayor de ganancias, no puede ocultar lo inocultable. La niñez del mundo sufre de explotación, abandono y abusos. Por eso, hoy la UNICEF (organismo de la ONU encargado del estudio y atención a la problemática infantil en todo el globo terráqueo) reconoce que hay todavía en el mundo cerca de 180  millones de niños trabajando en condiciones peligrosas, arriesgando la vida; reconoce también que en el mundo hay más de un millón de niños que están en centros de detención, en espera de ser juzgados por delitos menores, la mayoría de estos infantes, se sabe bien, cometieron los delitos bajo la presión del hambre, del abandono, de la falta de hogar y de educación.

Perdón amigo lector que tenga que iniciar así mi comentario de esta semana, pero, recientemente pude ver el filme Los niños del fin del mundo (Sag- haye- velgard) de la cineasta iraní Marziyeh Meshkini y no puedo dejar de intentar reflexionar sobre las condiciones en que viven cientos de millones de niños del mundo. Cinta en que, ciertamente, como el título indica, los niños protagonistas parece que viven en la región  más remota del planeta -no tanto por lo lejano, pues la lejanía es relativa, sino porque el ambiente en que se desenvuelve la historia parece en verdad lejano en el tiempo, parece la época feudal o de la esclavitud-, viven en Kabul, capital del atribulado país centroasiático Afganistán. Cinta que no sólo nos presenta una historia de hondo contenido social, sino que llega a conmover al espectador por su factura acertadamente realista y su descarnado enfoque sobre las condiciones en que viven dos niños afganos, en medio de condiciones terribles de pobreza y abandono.

Es la historia de dos pequeños hermanos, el mayor de escasos nueve años y la menor de siete, cuyo padre es talibán y se encuentra recluido en una cárcel de Kabul, su madre también está presa acusada de adulterio (es penadísimo para la cultura musulmana de ése y otros países, que una mujer se vuelva  casar si su esposo aún vive). Los niños logran dormir por las noches, en la cárcel, al lado de su madre, pero, de pronto, los directivos del penal vuelven más rígidas las normas del presidio, por lo que los niños buscan al padre para que retire los cargos en contra de su madre y ésta pueda salir de su confinamiento. El padre se niega y los niños, desesperados, buscan cometer algún delito con la esperanza de ser apresados y pasar así las noches junto a su madre. Una y otra vez fracasan hasta que alguien les aconseja que vean una famosa película de arte (Ladrón de bicicletas, del afamado director, representante del neorrealismo italiano, Vittorio De Sica). Los niños logran su propósito, el mayor roba una bicicleta y es encarcelado, pero en un presidio distinto al de la madre. Ahora, la pequeña quiere visitar a su pequeño hermano y empieza con más dureza su terrible calvario.

Esta cinta es un homenaje al neorrealismo italiano y, a su vez, una denuncia sobre el abandono de millones de infantes y un vivo retrato del Afganistán invadido por la superpotencia mundial y el mantenimiento de su ancestral atraso.

 

 

 

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