Crecimiento pobre, pobre crecimiento
Brasil Acosta Peña
El secretario de Hacienda de México, Agustín Carstens, aseguró que las proyecciones hechas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) son pesimistas y equivocadas en cuanto afirman que el crecimiento de la economía mexicana apenas alcanzará el 2 por ciento. La reducción de las expectativas del FMI se debe, afirma el señor Carstens, a una simple proyección lineal que hacen los del FMI y que le da mucho peso a la influencia negativa que la economía norteamericana ejerce sobre la nuestra; en cambio, dice, las proyecciones hechas por la propia Secretaría de Hacienda y Crédito Público se adecuan a la realidad y que son del 2.8 por ciento.
Como es fácil ver, un reproche de tal naturaleza, además de hacernos pasar vergüenzas, lo único que hace es poner de relieve la visión oficial en torno al problema de la creación y de la distribución de la riqueza en nuestro país. En efecto, pone de manifiesto que los intereses de las clases pobres no son los que están en juego a la hora de discutir si la cifra de crecimiento alcanzará tal o cual nivel, ya que ni el 2 ni el 2.8 por ciento de crecimiento son tasas suficientes para salir del atraso económico y social en que nos encontramos.
Efectivamente. Además de lo ridículo que suena discutir o regatear que la verdadera cifra de crecimiento económico es del 2.8 y no del 2 por ciento, es decir, 0.8 por ciento de diferencia, debemos decir que se revela el carácter de la clase gobernante, pues se muestra incapaz de aceptar, primero, que una cifra del 2.8 por ciento (aceptando sin conceder, como dicen los abogados, que la cifra “buena” es la que dice la Secretaría de Hacienda) es insuficiente para generar los empleos prometidos en campaña y para elevar los salarios que garanticen un nivel de vida de primer mundo; y que nuestra economía está, real y verdaderamente, enganchada a la economía norteamericana y que lo que en ésta acontezca va a afectar, indefectiblemente, a la nuestra; que vamos a la cola del tren cuya máquina económica son los Estados Unidos y que las autoridades se muestran incapaces de aceptar cualquier tipo de crítica, aun cuando ésta sea hecha de buena fe.
Me inclino a pensar que la cifra del FMI es la correcta, por las razones que doy enseguida: todo retroceso de la economía norteamericana, todo freno de la misma, viene a repercutir, lo queramos o no, en nuestra economía, porque estamos ligados indisolublemente a ella. Cerca del 80 por ciento de nuestro comercio exterior se efectúa con Estado Unidos y, además, estamos directamente vinculados con la economía norteamericana por la cantidad de paisanos que viven y trabajan en aquel país, del cual envían a México parte de sus ahorros en forma de remesas, que conforman, solamente después del petróleo, la segunda fuente de ingresos en dólares a nuestro país (poco más de 20 mil millones de dólares).
Una disminución de la demanda de los productos elaborados en México y destinados al mercado norteamericano, muchos de los cuales son productos semielaborados o materias primas para otros procesos, golpea directamente a nuestra economía. Para que la economía no se vea afectada, una demanda de la misma magnitud debería observarse de otros países o al interior del nuestro; sin embargo, sería ingenuo pensar que lo que deje de demandar Estados Unidos, otro país lo demandará inmediatamente; o bien, si queremos que esos productos sean absorbidos por el propio mercado interior, ello requeriría una reconversión de la economía, de modo que el aparato productivo se adecue y absorba las materias primas semielaboradas, a la par con un incremento de la capacidad adquisitiva del pueblo mexicano (lo cual implica el aumento de salarios y de empleo), para poder adquirir aquellos productos finales que se exportan, como los automotores.
Pues bien, la economía mexicana no tiene esa flexibilidad porque las clases del dinero tienen una altísima propensión marginal a consumir, es decir, de cada peso que obtienen de ganancias, 80 centavos lo destinan al consumo suntuario. Ello nos habla de la incapacidad de reconvertir nuestra economía para adecuarse al retroceso observado en los Estados Unidos; asimismo, el reciente aumento del salario mínimo y el hecho de que en México se encuentre uno de los hombres más ricos del mundo, nos refleja, con claridad, que la distribución de la riqueza no se va a modificar, por lo que los productos elaborados en México y destinados a nuestro vecino país del norte, van a quedar en forma de mercancías en bodega, a menos que se frene el ritmo de crecimiento.
Por último, un mal desempeño de la economía norteamericana reducirá la capacidad de ahorro de los mexicanos que laboran en aquel país, lo cual traerá una disminución de las remesas y, por lo mismo, una disminución en el consumo interno, lo cual tiene como resultado el freno en la producción y, por ende, en el crecimiento.
No se trata, como se ve, de una simple “proyección lineal” equivocada, sino de una sustancial dependencia de nuestra economía de la de Estados Unidos, y una falta de inversión de las clases del dinero. Para crecer, real y verdaderamente, deberían las autoridades hacendarias tener en mente un proyecto económico tendiente a beneficiar a la inmensa mayoría de los mexicanos; entonces, la discusión no sería si la proyección de crecimiento es del 2 o del 2.8 por ciento, sino crecer al 9 o al 12 por ciento, como lo hace actualmente China.
|