El niño perdido
Lorenzo Delfín
¡Cómo hace falta don Jesús Reyes Heroles!, exclamó Heriberto Galindo Quiñones, coordinador del Comité Nacional Editorial y de Divulgación del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La expresión, durante el evento en que una parte del priísmo con memoria rindió homenaje al político veracruzano con motivo del 87 aniversario de su natalicio, el 3 de abril, encerraba al mismo tiempo un reclamo que el mismo orador deslizó.
“Hoy, cuando la ética y la probidad están ausentes en la vida de muchos de los servidores públicos que las derecha nos ha impuesto, es oportuno invocar al memorable secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles, que supo amalgamar honradez, visión y pluralismo”, afirmó Galindo.
La referencia mental fue inmediata: dentro de ese círculo de burócratas con formación empresarial se encuentra uno de los hijos del célebre tuxpeño, prestando a la actual estructura gubernamental “servicios” diametralmente opuestos a los que su padre impulsó en beneficio de la nación.
Jesús Reyes Heroles González Garza, el hijo perdido de don Jesús, ha encontrado en el calderonismo el mejor espacio para manchar la memoria de su progenitor, sin cuyo aporte a favor de la pluralidad política no fuera posible concebir al actual Estado Mexicano.
Por si la alusión no hubiera calado lo suficiente, Galindo Quiñones remató: “Hoy, cuando la sociedad mexicana se decepciona cada vez más por el desprestigio de políticos negociantes carentes de escrúpulos, hace falta hurgar en la obra vital de Reyes Heroles”.
Exacto. Al junior de marras le toca una gran tajada de la aseveración puesto que opera en un sitio sensible como es la administración del petróleo mexicano, base de la economía y argumento histórico de negociación con las potencias económicas, pero rica mercancía sobre la que avivan sus ambiciones las plutocracias.
También es exacto: en un estado de libertades, Reyes Heroles González Garza puede servirle a quien le dé la gana y militar donde más le convenga, que al fin y al cabo es uno de los privilegios por los que luchó su padre, pero no es justificable cuando, como integrante de aquella caterva de negociantes, se presta para formalizar la entrega de Petróleos Mexicanos (Pemex) a manos privadas, bajo el garlito de sanear financieramente a la empresa y hacer eficiente su operación.
Adicionalmente al daño que le producirá a la nación, el actual director de Pemex deberá cargar con el estigma de transitar por el camino opuesto que trazó su padre, tanto en lo político como en la administración misma de Pemex, durante la cual, por cierto, propuso y logró rescindir los contratos-riesgo que, presagiaba, postrarían a la paraestatal y, de paso, significaban un retroceso en el control del energético por parte del Estado.
Ahora, expuestos ya muy a modo del gobierno del presidente Calderón los pormenores de la reforma energética, que involucra de manera decisiva el destino del petróleo mexicano, Reyes Heroles González Garza se desvive por exhibir como espejitos de conquista y convencimiento, el invento (“que no implica ninguna reforma constitucional”, repite la “tesis” calderonista) de poner a la venta “bonos ciudadanos” para que -machaca- sean los mismos dueños del petróleo (los mexicanos) quienes inviertan y capitalicen la comercialización del hidrocarburo.
Antepone esta “novedad” a la propuesta de fondo: permitir la asociación de Pemex con capitalistas privados, nacionales y extranjeros, pero sin perder –insiste- el control del petróleo por parte del Estado.
La trampa está puesta: acallar las protestas de los opositores a la privatización, haciendo partícipe a cualquier hijo de vecino de las utilidades de Pemex, ganancias que, comparadas con las de los grandes inversionistas, serán de risa.
El plan engañoso deja en manos de la Secretaría de Hacienda la responsabilidad de delinear las reglas para impedir la monopolización de esos “bonos ciudadanos”, cuando es irrefutable que desde el gobierno se sigue protegiendo al gran capital, en un ejercicio cotidiano de complicidades.
La escena será insultante: el invitado al pastel apoderado de la casa y aplastando al anfitrión.
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