La crisis financiera y los mercados del dinero
Azucena del Campo

Entre otros altísimos costos que trajo consigo la presente crisis económica, iniciada en Estados Unidos como una crisis bancaria, está -debo decirlo usando la palabra mexicana para que quede bien claro- la madriza que se ha llevado Su Majestad, el Mercado, como ente todopoderoso que regula perfectamente todos los procesos económicos del mundo moderno y que no debe ser molestado ni estorbado en lo más mínimo, para que pueda cumplir con su cometido. Entre los meros managers del libre juego de la oferta y la demanda, el gobierno de Estados Unidos mete las manos hasta las axilas para salvar a varios grandes bancos de la bancarrota; el más reciente de sus hechos es la inyección de dinero público a JP Morgan Chase para que compre y salve a Bear Sterns. ¿No que estaban en contra del intervencionismo porque eso era ¡Uy! estatismo o ¡Triple Uy! socialismo?

Viene a cuento el hecho de que el Mercado Libre ande rodando por el suelo, porque me interesa exponer algunas ideas acerca de las causas que llevaron al más poderoso sistema financiero del mundo a quedar imposibilitado para cobrar a sus deudores y las consecuencias que ellas han tenido y todavía van a tener. La verdad es que el sistema financiero de Estados Unidos se empantanó porque se enfocó a prestar dinero a sectores de bajos ingresos y sin garantías suficientes para que adquirieran sus casas familiares. ¿Qué fue lo que empujó a los bancos a tomar esos riesgos, dado que ellos siempre han tenido perfectamente claro que el préstamo perfecto es el que se hace a personas “solventes” y con sobradas garantías?

Para responder a esta interrogante, digamos que los intereses que se pagan son parte de las ganancias que obtienen los empresarios o, bien, son parte de los salarios que cobran los trabajadores, quienes, para consumir en un cierto momento, acceden a consumir más caro, es decir, aceptan pagar intereses. De acuerdo con lo dicho, los banqueros o le prestan a la clase capitalista para que invierta, o le prestan a la clase trabajadora para que consuma. Pero el mercado de los créditos a los capitalistas no solamente está saturado, sino que la correlación de fuerzas entre empresarios y banqueros está cada vez más equilibrada por lo que en este mercado los banqueros han tenido que reducir sus márgenes de ganancia. A un empresario que deposita su dinero en un banco o, peor aún, que compra acciones en el mercado bursátil, se le tiene que pagar un interés más alto porque como clase tiene mayor capacidad de defensa y, por tanto, como correlato necesario, cuando solicita un préstamo o coloca acciones en el mercado de valores no se le puede exigir un interés muy alto. Para ellos, se ha estrechado la diferencia entre lo que se les paga como ahorradores y lo que se les cobra como deudores.

No sucede lo mismo con los clientes pequeños y débiles de las instituciones financieras. Con ellos, los banqueros son mucho más cargados. Por sus ahorritos se les pagan cantidades irrisorias por concepto de interés (un 7 por ciento) y, también como complemento necesario, cuando llegan a pedir prestado, casi se los comen. Las tarjetas de crédito que tanto se han generalizado, le cobran al incauto tarjetahabiente un promedio de 57.6 por ciento de intereses al año y, una, la Banamex Oro cobra hasta 70.6 por ciento (cuando la inflación se reconoce oficialmente de 4 por ciento). Para estos clientes de los bancos, desde el año de 2003, ha estado aumentando continuamente la llamada intermediación financiera, es decir, la diferencia entre los intereses que paga un banco a los ahorradores y los intereses que cobran por otorgar créditos.

En efecto, el mercado de crédito para personas de bajos ingresos, el crédito destinado al consumo y no a la inversión, se ha desarrollado de manera impresionante en los últimos años y, consecuentemente, las ganancias de las instituciones de crédito, en los últimos seis años, crecieron 315 por ciento en términos reales y, algunas, como Banamex, crecieron hasta 3 mil por ciento en el periodo. Estos lucrativos resultados explican sobradamente las razones que han impulsado a los bancos a inundar el mercado con tarjetas de crédito. Basten los ejemplos siguientes: en Frontera, Coahuila, los contratos de tarjetas de crédito pasaron de 47 en el año de 2005 a 9 mil 966 en 2007; en Chimalhuacán, Estado de México, pasaron de 281 a 35 mil y, en Cuautlancingo, Puebla, pasaron de 60 a 18 mil contratos. En el país, el número de tarjetas de crédito creció en los dos últimos años un 61 por ciento y llegó a 34.14 millones de contratos.

La ampliación de los créditos a personas de bajos ingresos o al consumo, responde al hambre contemporánea por mercados. El capitalismo tiene necesidad vital de colocar sus mercancías para hacer realidad la ganancia contenida en ellas, el dinero de crédito (que se ha convertido también en una mercancía) tiene también obsesión por colocarse, por conquistar nuevos mercados y ganar intereses. Y si ha encontrado cada vez más competido y menos lucrativo el mercado de las inversiones de los grandes magnates, ha ido a colocarse en el mercado de los trabajadores que son mucho más en cantidad.

El mercado de crédito al consumo se ha desarrollado ¿engordado? a tal grado, que como todo lo que invade el capital, y que es sin orden ni concierto, ya comienza a saturarlo; las carteras vencidas en tarjetas de crédito están aumentando peligrosamente, es decir, las deudas individuales crecen,  cada día son más los que no pueden pagar y, consecuentemente, la deuda global ha crecido también y ya ha llegado a 27 mil millones de pesos. Nadie puede garantizar que no se vaya a caer, como hace algunos años en México, y como en estos últimos meses en Estados Unidos, en una nueva crisis de pagos, nadie garantiza que los banqueros lleguen a cobrar a sus deudores de tarjetas de crédito. ¿Y entonces? ¿Se volverán a volcar las arcas de la nación a salvar a los banqueros como ahora sucede en Estados Unidos? Pero la pregunta que verdaderamente importa es ésta: ¿lo aguantará el pueblo mexicano?

 

 


 

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