Los retos de la universidad pública
Abel Pérez Zamorano
La Revolución Mexicana nos dejó como legado un sistema de educación pública, cuya contribución a la cultura nacional es realmente invaluable, parte del cual son las universidades y tecnológicos que cubren todo el territorio. El modelo fue inspirado por el principio que considera obligación del Estado llevar cultura al pueblo, una filosofía de profundo compromiso social, expresada, entre otros aspectos, en la gratuidad y la dotación de libros de texto para la enseñanza primaria, así como en la orientación de las investigaciones realizadas en el nivel superior. Sin este sistema, millones de mexicanos no hubieran tenido, ni tendrían hoy, acceso a la educación superior.
Sin embargo, conforme la política nacional se ha alejado de los principios de la Revolución, inclinándose hacia la derecha, se hacen oír voces críticas hacia la educación pública superior, algunas simplemente ideológicas, pero otras esgrimiendo argumentos. La verdad es que el sistema ha tenido siempre detractores, y los sigue teniendo, y si hasta hoy no lo han puesto a juicio, no es por falta de voluntad, sino porque tienen otras prioridades que atender, como la privatización del petróleo. En esta lógica, no sería absurdo esperar iniciativas más formales contra el sistema en su conjunto o de manera casuística contra ciertas instituciones, como ya ha ocurrido. Y de que esto es posible, es también ejemplo la reforma universitaria de corte derechista instrumentada en Francia el año pasado, confrontada desde entonces con una fuerte resistencia estudiantil.
Mas no sólo razones ideológicas o políticas motivan el histórico rechazo de grupos conservadores a la universidad pública, sino también factores económicos: los empresarios quisieran tenerla totalmente a su servicio, y evitar el “dispendio” de recursos, que para ellos significa educar al pueblo. Por lo pronto, al no poder dominarla del todo, han creado un sistema de enseñanza superior privada, que forma profesionales, cuyo perfil de conocimientos y visión de la vida se ajusta a las necesidades empresariales. Además de lo anterior, los empresarios ven también en la universidad pública un obstáculo para hacer negocios en grande con la educación.
Lamentablemente, muchas instituciones públicas, desde las de enseñanza básica hasta la superior, han visto afectado su desempeño por desviaciones peligrosas. Más que como centros de enseñanza e investigación, son a veces vistas, y tratadas, como simples fuentes de empleo, convirtiendo el pago de la nómina en el rubro principal de muchos presupuestos universitarios, en detrimento de conceptos como equipamiento, construcción, investigación y publicaciones. Pero ése no es todo el problema interno. Preocupa que haya estudiantes que las vean sólo como un medio para obtener un título que les permita conseguir un empleo, pero no como generadoras y transmisoras de conocimiento. Obviamente, para tales efectos no se requiere disciplina, exigencia ni desvelos. Quienes así piensan no tienen conciencia de que la vida, incluyendo su futura actividad profesional, es siempre una lucha, un constante e interminable enfrentar obstáculos, muchos de ellos complejos, que demanda una sólida preparación y la adquisición de hábitos útiles y sanos. Precisamente, para evitar la frustración de la derrota en esa lucha, debe inculcarse en las aulas la disciplina, el orden y la constancia.

La universidad pública, ciertamente, no puede sustraerse al estudio de la mejoría en la calidad y desempeño empresarial: es parte de su función, pero ante la sociedad (y esto sólo a ella corresponde) tiene la tarea de generar líderes de mente crítica y socialmente comprometidos, por lo que, además de conocimientos sólidos y hábitos de trabajo útiles, los estudiantes deben formarse en los principios de honradez, sensibilidad y generosidad. Nuestra sociedad debe avanzar hacia la construcción de un sistema de educación pública de excelencia, que sea semillero también de tecnólogos, intelectuales y artistas de alta calidad, verdaderos creadores. Demanda, asimismo, análisis profundos de la realidad nacional, investigaciones serias y trascendentes, y publicaciones científicas que contribuyan a entender (y resolver) mejor los grandes problemas nacionales, pero no sólo al gusto de cada investigador, sino de acuerdo con líneas estratégicas institucionales y sujetas a rigurosa evaluación. Por sus propias circunstancias, hacer esto es tarea de la universidad pública.
Pero como decíamos antes, ciertas concepciones, que responden a intereses personales o políticos, propician entre los jóvenes el relajamiento disciplinario y desinterés por el estudio riguroso. Obviamente, esto es veneno puro para la calidad educativa y, como consecuencia, para el prestigio, respetabilidad y viabilidad de las instituciones públicas, pero además, un obstáculo formidable para que éstas cumplan con su responsabilidad social. Quienes así piensan y actúan hacen un terrible daño al modelo educativo que los ha formado y que, de palabra, dicen defender. No entienden, o no les conviene entender, que la mejor forma de defender la universidad pública es haciéndola defendible, y esto quiere decir trabajar mucho y disciplinadamente. Lamentablemente, en la visión expuesta, disciplina académica y orden constituyen casi una violación de los derechos humanos.
En las circunstancias descritas se hace difícil, por no decir imposible, el uso óptimo de los recursos, tanto financieros como físicos y humanos, es decir, se incurre en ineficiencia. Y ser eficientes es una condición de existir, de ser respetados, y salvaguardar la existencia de un modelo educativo tan valioso para nuestra sociedad, sobre todo para sus sectores más desprotegidos. En conclusión, es necesario tener presente que las instituciones públicas se ven amenazadas no sólo desde el exterior, sino por insuficiencias internas, que por lo demás pueden y deben corregir, para cumplir a plenitud con su compromiso social.
A mayor precisión, el estudiantado es el sector en mejores condiciones para dar nuevos bríos a la educación pública, por ser la parte más sensible de la universidad; para lo cual es necesario que se formen líderes honestos y cultos, cualidades indispensables para comprender los problemas y tener la perseverancia para corregirlos. No es poca cosa lo que está en juego: simplemente, el derecho fundamental de acceso del pueblo a una educación superior de alta calidad.
|