Estrés: enfermedad del capitalismo
Brasil Acosta Peña

En el número anterior  traté el problema de la relación entre el obrero moderno y la maquinaria; en particular, del origen y las causas que determinaban el paso del régimen de la manufactura, en el cual  los obreros controlaban el proceso de producción manejando las herramientas, a la industria maquinizada moderna, que había arrancado de las manos del obrero esas herramientas para hacer de él un simple apéndice de ella.

Bajo el ritmo que impone la maquinaria, el trabajo se intensifica, con lo cual, como es fácil imaginar, se somete al obrero a efectuar movimientos acelerados a los que no estaba acostumbrado: tiene que dar más golpes por minuto, aguzar la vista, desgastar cerebro, músculos y nervios como nunca, etc., a diferencia de los tiempos en los cuales el obrero controlaba el proceso de producción. Asimismo, la división del trabajo hizo que los obreros se especializaran en una tarea monótona, continua y extenuante; el obrero se parcializó y, por lo mismo, no sabe hacer más que la tarea específica a la que el sistema de producción le ha orillado. Por ejemplo, si antes un zapatero sabía fabricar el zapato de principio a fin, ahora solamente sabe hacer una de las partes del proceso: ponerle la suela, por decir algo. Además, el zapatero, en la etapa artesanal, se tomaba su tiempo a la hora de la producción y las herramientas con las que laboraba eran suyas y, por lo mismo, el fruto del trabajo también; ahora, ni las herramientas son suyas, sino del capitalista, ni depende de él el ritmo de trabajo, sino de la velocidad de la máquina y, por lo mismo, el fruto del trabajo no es tampoco suyo, lo único que recibe a cambio de su fuerza de trabajo es su salario.

La vida del obrero, en estas condiciones, es una vida estresante: largas jornadas de trabajo, monótonas, largos trayectos para volver a su ciudad dormitorio, etc. En estas condiciones, el obrero no hace más que descargar contra su familia, amigos y compañeros de trabajo los males que padece. El estrés se ha apoderado de él y se transmite, como la peste negra, a toda la sociedad.

Con el perfeccionamiento de los medios de producción y, por lo mismo, con el aumento de la intensificación del trabajo, se logra una mayor productividad del mismo y, por ende, crece exorbitantemente la cantidad de mercancías producidas; como éstas encierran la ganancia del capitalista, deben ser vendidas para que esta ganancia pueda ser materializada. Así, el ritmo de la maquinaria impone a la sociedad un ritmo sumamente acelerado porque las mercancías necesitan ser vendidas a la mayor brevedad, porque el capital debe valorizarse. Todo mundo, como impulsado por un capataz invisible, vive atropelladamente, con una prisa insoportable que le orilla al abismo del estrés.

Esto desarrolla un estilo de vida nuevo, un cambio en las condiciones de vida y de convivencia de la sociedad, una transformación de las relaciones de producción y, por tanto, el capitalismo moderno demanda un nuevo tipo de hombre; uno que se adapte al estrés, que sea capaz de soportar cualquier tipo de presión, que las condiciones laborales le requieran.

Así se explica que muchos de los avisos de las bolsas de trabajo adviertan claramente que el candidato tiene que estar preparado para desempeñar funciones bajo presión, de lo contrario, no tiene caso que se presente a la entrevista. Sin embargo, el propio capitalismo se encarga de generar, tanto a sus sepultureros, como las condiciones para que éstos, educados y organizados, puedan llevar a cabo su cometido. Efectivamente, el estrés laboral ha dejado de convertirse en un estilo de trabajo, para pasar a ser considerado actualmente como uno de los problemas laborales que provocan las mayores pérdidas de dinero, y la razón es bien sencilla.

La velocidad que marca el proceso de producción convierte en irascibles a los obreros sometidos a presión, los cuales se enferman por ello, pero mina, también, las relaciones de cooperación, generando pérdidas millonarias. Por dar un dato, en Estados Unidos se calcula que por esta causa (estrés) se pierden 230 millones de dólares al año. Ahora bien, en México, se sabe que más del 90 por ciento de los mexicanos está inconforme con las actividades que realiza, con su pareja y con su estilo de vida (La Crónica). Además, 40 por ciento de la ausencia laboral es consecuencia del estrés y más del 30 por ciento de las licencias médicas se debe también a esta enfermedad.

Si a esto agregamos que la alimentación y la educación de los obreros mexicanos son malísimas, que la clase trabajadora mexicana tiene pocas energías, que es una clase famélica, etc., esto revela que el capitalismo está matando, a pasos agigantados, a la “gallina de los huevos de oro”: a la clase productora de la riqueza.
Por todo esto, debemos pugnar por una sociedad, en la cual se produzcan eficientemente los satisfactores que alcancen a toda la sociedad; sin embargo, al mismo tiempo, ésta debe garantizar mejores condiciones laborales y de vida a los obreros, que permitan erradicar el estrés; así, las relaciones de producción que surjan deben ser relaciones de cooperación y no como hasta ahora, de egoísmo, de explotación y de estrés.

 

 

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