Más clavos para la horca
Lorenzo Delfín

En sus 15 meses de vida, el gobierno del presidente Felipe Calderón da señales de que no quiere verse reflejado en el espejo de su antecesor, Vicente Fox, y antes de que le llegue el agua al pescuezo, está dispuesto a todo con tal de acelerar la entrega constitucional de los recursos energéticos a quienes les debe realmente su estadía en el poder: los tiburones financieros de Estados Unidos y Europa, y los charales de hechura nacional acostumbrados siempre a empinarse para recoger las migajas que aquellos les dispensan.

En estos azarosos 492 días de calderonismo, que el país se ha fumado con más pena que gloria, el Ejecutivo federal ha cumplido una primera etapa: “demostrar” de manera deliberada, a base de la degradación financiera y tecnológica de Pemex y de sospechosos accidentes en la infraestructura petrolera, la incompetencia del Estado para manejar una de las empresas más importantes del mundo, sobre la cual los inversionistas privados jamás han dejado de machacar para adjudicarse las enormes utilidades que produce.

Al mismo tiempo, encarece la generación y distribución de energía eléctrica para el país, mientras oculta su venta furtiva a precios de caridad a empresarios estadounidenses y a países de Centroamérica; de igual modo, encubre la descarada injerencia de capital privado en la producción de electricidad.

En medio de este brío gubernamental para “razonar” su plan privatizador en Pemex, que de manera ligera y confusa han expuesto la secretaria de Energía, Georgina Kessel, y el director de Pemex, Jesús Reyes Heroles, bajo la consideración burocrática de “eliminar las restricciones que le impiden elevar su capacidad de ejecución”, un aspecto incuestionable es que los mareadores argumentos oficiales son fortalecidos de manera paradójica y hasta involuntaria con los fundamentos patrioteros y de negociación, que sus opositores lanzan desde los partidos políticos y las cámaras legislativas. Fuera queda la preocupación legítima de quienes realmente advierten la suerte que se le depara a los mexicanos ante una eventual reforma energética, como la prevé el gobierno de la República: despojados de la propiedad del petróleo y sin la riqueza respecto a la que, alguna vez, José López Portillo, en el esplendor de su ligereza, nos “invitó” a prepararnos para administrar.

Los primeros indicios de la propuesta de reforma energética, tanto tiempo esperada, sólo confirman lo que el gobierno siempre ha negado: su obstinación por privatizar, privatizar, privatizar…

No se soslaya tampoco otra realidad: el gobierno de la República ha abonado la tierra sobre la que cultiva el plan privatizador, con la comedida participación de medios de comunicación ligados a su vocación desnacionalizadora y que, cotidianamente, aplican a rajatabla la eternamente infalible máxima del nazi Goebbels: “una mentira bien dicha diez veces, se convierte en una verdad irrefutable”.

En esta confabulación sobresalen, en primerísima fila, las televisoras, que han acentuado la llamada “táctica del gato”, echar tierra sobre la porquería que defecan. Así, “tapan” el funesto pasado de un secretario de Gobernación que hizo menjunje y medio como legislador y funcionario público a favor de empresas familiares e, igualmente, tratan de enderezar la patética imagen diplomática que el calderonismo cosechó a raíz del asesinato en Ecuador de cuatro estudiantes mexicanos a manos de militares colombianos.

En cambio, colocan por encima las “prioridades” nacionales: el linchamiento a Hugo Sánchez por su “fracaso” como técnico de la selección de futbol; la crisis del patético equipo América; el morboso intercambio de armas por comida que hacen los desarraigados del “orden y el progreso”; la gigantesca condena de 759 años de prisión a la “Mataviejitas”; las puterías de Fabián Lavalle, o el  troi mennage, con tintes envidiables, que se aventaron la colombiana Shakira, el español Alejandro Sanz (¡que canciones tan horribles!) y el junior argentino De la Rúa.

La  realidad nacional da la razón a quienes preconizan que la Suave Patria agoniza.

 

 

 

 

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