Ordene señor
Edgardo Lara

La sociología moderna, o al menos la que predomina en la actualidad, describe al Estado como un órgano de poder situado por arriba de la sociedad y, por lo tanto, por arriba de las clases sociales y sus conflictos, como un órgano que cuida, vigila y trabaja por el bienestar de la sociedad en su conjunto; así que éste, según esta concepción, sin distingo de clase, nos representaría a todos por igual. Sin embargo, los hechos internacionales en el plano económico vienen a confirmar una vieja teoría, vieja por su antigüedad, pero muy actual por su contenido, que afirma que el Estado siempre lleva apellido y, en la sociedad actual, es: “burgués”.

A raíz de la crisis económica que sufre actualmente la economía global y la estadounidense en particular, se ha revelado la verdadera naturaleza de este “ente social”. En efecto, después de que la crisis dejara sentir sus efectos sobre los bolsillos de los grandes capitales mundiales, los bancos centrales (el Estado) acudieron al chasquido de los dedos de la gran burguesía a rescatar a las empresas en quiebra. Pues los grandes bancos, en lugar de reconocer sus errores y de asumir todas las consecuencias de su rapaz búsqueda por adueñarse de cantidades cada vez mayores de plusvalía, llamaron entonces en su ayuda al Estado (sí, a ese mismo al que, en general, consideran demasiado intervencionista) para que tomara medidas públicas enérgicas para salir de la crisis.

A su vez, los poderes públicos de Estados Unidos (EE.UU.) y Europa, comportándose como lo que son, simples subordinados, pusieron manos a la obra de buena gana: las llamadas “inyecciones de liquidez” que están llevando a cabo los bancos centrales en los mercados financieros son tan inmensas que los ciudadanos de a pie perdemos cualquier sentido de la magnitud, y dado que esto se realiza con tanta naturalidad, resulta que la gente piensa que estas sumas de dinero introducidas en la economía son la solución de fondo para evitar que la crisis se agudice y se extienda. Pero no nos extrañemos demasiado, pues son, al final de las cuentas, esos directivos de los grandes bancos los que llevaron al poder a los que ocupan puestos públicos.

Pero sigamos: por ejemplo, en Gran Bretaña, adalid del librecambio, la crisis derribó al banco Northern Rock en septiembre de 2007, que finalmente fue nacionalizado en febrero de 2008. Una vez que la empresa sea rescatada será devuelta al sector privado. Del mismo modo, en EE.UU., cuando el Bear Sterns, quinto banco de negocios del país, se encontró en dificultades de pago, el 13 de marzo de este año, las autoridades monetarias organizaron un rescate con el concurso del banco JP Morgan Chase, el cual lo compró a precio de bicoca.

En esencia, lo que el Estado está haciendo es asumir el riesgo en que incurrieron los bancos a nivel internacional, para no afectar a los grandes capitales mundiales; pero hay más todavía, pues es poco probable que estas medidas signifiquen una solución de fondo a la crisis actual, que tiene sus bases no en un accidente de la economía sino en una falla sistémica de la misma; a lo más son paliativos que no harán más que retrasar la crisis que emergerá probablemente más violentamente en el futuro.

Lo que se requiere es, pues, que se dé un giro radical en la actividad económica que pone las ganancias antes que las personas. Que el Estado controle a los grandes capitales de verdad; pero esa tarea no la puede hacer un Estado que representa de manera exclusiva los intereses de la clase dueña del dinero, ¿acaso esto sólo se puede lograr con un cambio de la clase en el poder?

 

 

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