Argentina, Bolivia y México, los aceites, el petróleo y los ricachos
Azucena del Campo

Los casos de Argentina, Bolivia y México presentan, además de la infinidad de similitudes que tienen, rasgos comunes por los problemas que enfrentan en las últimas semanas. Me refiero al hecho de que en los tres países han saltado a la mesa de las discusiones e, incluso, han provocado movilizaciones sociales, los afanes de las clases altas por mantener y acrecentar sus riquezas fabulosas. En Argentina los terratenientes no quieren pagar más impuestos, en Bolivia no quieren dejar de vender aceites al extranjero y en México no quieren que Pemex deje de sostener al Estado.

En el caso de Argentina, el gobierno de Cristina Kirchner acordó  aumentar los impuestos a la exportación de soya, girasol, trigo y maíz, debido a que los precios internacionales de estos productos se han incrementado enormemente en los últimos meses. Más particularmente, el conflicto se centra en las exportaciones de soya, cultivo en el que el 20 por ciento de los productores concentra el 80 por ciento de las cosechas y, el 2.2 por ciento más rico dentro de este 20 por ciento de productores, concentra el 46 por ciento de toda la soya producida. El problema no es pequeño, ya que de 32 millones de hectáreas cultivables que tiene Argentina, el cultivo de la soya ocupa ya 17 millones.

Se acordó aplicar un impuesto móvil, que dependerá de los precios internacionales de los productos que, por ejemplo, en el caso de la soya en las circunstancias actuales, aumentaría de 35 a 44 por ciento. Es muy importante aclarar que el impuesto es excesivamente moderado, ya que no se grava el monto total del producto, sino sólo la renta que exceda a los valores de mercado del mes de agosto de 2007, es decir, sólo se gravan las rentas extraordinarias. El razonamiento del gobierno es correcto: si la producción se lleva a cabo en tierras argentinas, si la nueva riqueza se debe al trabajo de los peones agrícolas argentinos, si el sector registra unas ganancias muy altas que le permiten pagar el impuesto, es justo que el pueblo de Argentina se quede con una pizca mayor del enorme valor que venden al extranjero los poderosos terratenientes.

No obstante, los ricos productores defienden sus ganancias y durante tres semanas bloquearon carreteras. El paro estuvo encabezado por la llamada Sociedad Rural Argentina, una organización de ultraderecha que se involucró en todos los golpes de Estado que ha habido en el país; participan activamente los curas de los barrios elegantes de Buenos Aires que incitan a la gente a salir a la calle y, por supuesto, importantes medios de comunicación.

En el caso de Bolivia, el gobierno de Evo Morales prohibió desde hace dos semanas la exportación de aceite comestible ya que ello estaba no sólo incrementando el precio internacional del producto, sino provocando una gran especulación en el interior del país. También aquí, los terratenientes se niegan a colaborar con la alimentación del pueblo y elevar su nivel de vida. A ellos, como a todos los empresarios del mundo, no les interesa la satisfacción de las necesidades sociales sino la obtención de la máxima ganancia. Se han salido también a la calle a protestar. Y su embestida contra el gobierno de Evo Morales se suma a las protestas de los potentados del oriente del país que consideran suyo el gas y los recursos naturales de esa región boliviana e incluso han llegado a preparar su separación del resto del país.

El caso de México es muy similar, aunque los ricachos no han salido todavía a la calle a protestar. Toda la polémica en torno a la privatización del petróleo tiene su base en el hecho de que Pemex paga un altísimo porcentaje de sus utilidades como impuestos los paga porque el Estado mexicano los necesita tanto para funcionar ordinariamente, como para pagar la inmensa deuda interna y externa que lo agobia. ¿Por qué el Estado mexicano no sufraga sus gastos con impuestos que recauda entre la población? Porque tiene una recaudación insignificante. El Estado mexicano es de los Estados que menos recauda con respecto a su Producto Interno Bruto. Hay países que recaudan 30 y hasta 35 por ciento de su PIB; México a duras penas llega al 11 por ciento.

Y la razón es muy simple. O se cobra impuesto al pueblo pobre que apenas tiene para subsistir, o se les cobra a los poderosos empresarios que tienen utilidades inmensas. El Estado mexicano, por un lado, ya cobra hasta el límite a los trabajadores y a las clases pobres, tan al límite, que tuvo que renunciar a su intento de cobrar IVA a alimentos y medicinas porque resultaba insoportable y, por otro lado, cobra con muchas consideraciones y perdones y tolera la evasión fiscal a los empresarios. En otras palabras, el pueblo, en México, sostiene al Estado hasta el límite de sus fuerzas y los empresarios casi no aportan nada. Es por ello que los compromisos del Estado se sufragan, desde hace muchos años, con dinero proveniente del petróleo.

Por esa elemental razón, Pemex no tiene, desde hace muchos años, recursos para invertir y desarrollarse y, por eso mismo, en lugar de descargarlo del pago de impuestos se dice que lo que hay que hacer es buscar socios que aporten dinero. Se dice de mil maneras, se usan diferentes palabras, pero todo va a desembocar en que se trata de involucrar a la iniciativa privada, a los empresarios y patrones nacionales y, sobre todo, extranjeros, en la explotación del patrimonio nacional. De esa manera, los ricachos mexicanos seguirían consentidos, sin despeinarse mucho pagando impuestos y, al mismo tiempo, numerosos señorones se harían ricos explotando los recursos del subsuelo mexicano. Ahí están, de cuerpo entero, en estos tres actuales casos, los heroicos aportes de la iniciativa privada, del capitalismo y sus intereses en nuestra vapuleada América Latina.

 

 


 

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