China: poder mundial ascendiente
Abel Pérez Zamorano

Gobiernos, especialistas y medios de comunicación occidentales manifiestan inquietud por el desarrollo económico de China, su creciente penetración en países subdesarrollados, en África y América Latina y en naciones de otros continentes. Así lo expresa The Economist en un reportaje especial en su edición del 15 de marzo. Me permito citar algunas afirmaciones ahí contenidas: “Economías africanas y latinoamericanas están creciendo a su ritmo más acelerado en décadas, gracias en gran parte a la fuerte demanda china de recursos… Occidente está ‘perdiendo África’ y otras regiones ricas en recursos. La repentina preeminencia de China… reducirá la influencia de Estados Unidos, Europa y otras democracias ricas en el mundo subdesarrollado... [China] se hará amiga de regímenes censurados y los estimulará a desafiar las normas internacionales”. Finalmente señala que: “El consenso de Washington, de liberalismo económico y democracia se encontrará en competencia con el consenso de Beijing, de desarrollo dirigido por el Estado y despotismo”. 

China está actuando como locomotora del desarrollo, jalando a otras economías, destacadamente a sus proveedoras de materias primas. Llaman particularmente la atención algunos casos, referidos en detalle en el reportaje mencionado. El Congo es el tercer país más pobre del mundo, con un PIB per cápita anual de 714 dólares; la mitad de su población no tiene acceso a agua potable, y la esperanza de vida al nacer es de menos de 46 años. Pues bien, recientemente el Congreso de ese país anunció que China construirá líneas férreas y carreteras, y pondrá en marcha grandes explotaciones mineras, por un monto total de 12 mil millones de dólares: el triple del presupuesto anual de el Congo y 10 veces más que la “ayuda para el desarrollo” que recibe de Occidente. China construyó también ahí el Estadio Nacional, el más grande de África.

Otro caso destacado es Angola, receptora de grandes cantidades de apoyo e inversión chinos, y que en 2006 declaró no necesitar más los créditos del FMI, con lo que se liberaba de la tutela de ese organismo financiero. En este país, China está construyendo también carreteras y ferrocarriles. Sudán, nación africana castigada por Occidente, ha recibido en los últimos 10 años 15 mil millones de dólares para el desarrollo de su industria petrolera y hoy provee el 10 por ciento del petróleo que China importa.

También se deja sentir el impacto del avance chino en economías desarrolladas. En Australia, principal proveedor de mineral de hierro, durante los años 80 y 90 se contrataban al año “unas cuantas docenas de ingenieros mineros”; ahora se contratan centenares, gracias al auge de la minería. Aparte de las compras, la inversión china en Australia crece: 3 mil millones de dólares invertidos en dos empresas mineras en los últimos años. En materia de alimentos China es ya el segundo comprador de productos de Australia, y el año pasado desplazó a Japón como su primer cliente comercial. Detalle curioso, pero no casual, es que, según el reportaje mencionado, el actual Primer Ministro australiano habla el idioma chino con fluidez.

La creciente demanda china de materias primas impulsa la producción mundial y eleva precios, favoreciendo así el crecimiento de muchas economías: tan sólo el año pasado las importaciones de cobre se dispararon en un 80 por ciento. China consume la mitad de la carne de cerdo del mundo, la mitad del cemento, un tercio del acero y una cuarta parte del aluminio; está gastando 35 veces más en importaciones en soya que hace 10 años (principalmente de Brasil), y ha absorbido cuatro quintas partes del incremento en la oferta mundial de cobre en la presente década. Sin duda alguna, estas relaciones comerciales cada día más extensas y profundas, se traducen en vínculos diplomáticos, culturales y políticos con los países socios, en una palabra, en más influencia global.

En contraste, Estados Unidos vive una prolongada crisis que inició desde el año 2001, cuyos síntomas principales han sido la ralentización del crecimiento, y hoy una franca recesión: la peor después de la Gran Depresión. Su deuda es monumental y, paradójicamente, China y Japón son sus principales acreedores. En estas circunstancias su influencia en el mundo se ve menguada y para preservarla recurre a guerras de conquista y saqueo, recurso de efecto limitado, si a la larga la economía no se recupera.

Así pues, estamos ante otra faceta del éxito chino: su impacto en economías pobres como promotor de crecimiento y desarrollo. Este hecho contiene otras lecciones de gran trascendencia. Una, que China constituye en medida creciente un factor mundial de impulso al desarrollo capitalista, no sólo en su propio territorio, sino en otras naciones. La otra, que siendo un país socialista, está ganando la batalla a los Estados Unidos con sus mismas reglas y en el mercado, gracias a una mayor eficiencia, capacidad productiva y competitividad. No es un triunfo ideológico o político, sino económico. Pero como este último conduce a los otros, su fortalecimiento  es preludio de una mayor influencia en todos esos aspectos. Finalmente, no es arbitrario recordar aquí que al final de la Guerra Fría la URSS fue derrotada no en una conflagración bélica, sino en el campo de batalla económico, y, de ahí a poco, como consecuencia, en la arena política.  Los temores de Occidente, pues, no carecen de fundamento.

 


       

 

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