La máquina, el salario y la jornada de trabajo
Brasil Acosta Peña

El desarrollo de la ciencia y la tecnología, junto con su aplicación práctica en el proceso productivo, a lo largo de la historia del sistema capitalista ha tenido como resultado el incremento de la productividad del trabajo, logrando con ello fabricar un número cada vez mayor de valores de uso, en la misma unidad de tiempo. Si antes un zapatero, por ejemplo, producía dos pares de zapatos por hora, en los tiempos que corren un obrero dedicado a la producción de zapatos produce, digamos, 30 pares, gracias a la introducción de una máquina moderna.

La maquinaria simplificó las actividades del proceso productivo. Efectivamente, en la época de la llamada manufactura, los obreros manejaban las herramientas y actuaban directamente sobre el objeto de trabajo, el cual, al pasar por sus manos, sufría las transformaciones adecuadas para convertirse en el producto final, en la mercancía. Las largas jornadas que el obrero trabajaba, eran, de suyo, desgastantes; pero él controlaba el proceso.

Más adelante, sobre todo después de que la jornada de trabajo se vio limitada por leyes (las leyes fabriles de Inglaterra en 1833 son un claro ejemplo) que impidieron que el capitalista de algunas ramas industriales pudiera extraer del obrero el trabajo excedente (es decir, la plusvalía) como hasta entonces venía haciéndolo: alargando la jornada de trabajo hasta los límites de la resistencia del propio obrero, 14, 16, 18 horas de trabajo, la maquinaria vino a arrancarle al obrero de sus manos las herramientas de trabajo, lo desplazó del proceso de trabajo directo para convertirlo en un simple “suministrador”, si se me permite el término, de los elementos necesarios para que la máquina produzca o en un “manejador” de ella; se convirtió, pues, en un simple apéndice de aquella.

Las operaciones que el obrero hacía se simplificaron, pero en detrimento de la intensidad del trabajo. Efectivamente, la velocidad de la maquina exigía del obrero un mayor desgaste: en vez de dar 25 martillazos por minuto, la maquina le requería que diera 75, por poner un ejemplo. Charles Chaplin, con su genial humor, caracterizó correctamente este fenómeno en su famosa película Tiempos modernos.

Así, en cada jornada de trabajo, debido a la intensidad de éste y, por lo mismo, al mayor desgaste de los obreros, se producía una cantidad mucho mayor de valores de uso, pero también una cantidad mayor de valor que se distribuía entre esa masa total de productos, logrando con ello que se lanzara al mercado un mar de mercancías, más baratas y con un valor total generado mayor.

Esta baratura de las mercancías ha alcanzado también a las ramas que producen los bienes de consumo del obrero, lo cual ha abaratado el valor de la fuerza de trabajo y, por lo mismo, el salario de los obreros, incrementando con ello la parte de la jornada de trabajo, las horas que los obreros trabajan gratis para el patrón.

Los progresos tecnológicos y científicos, lejos de mejorar las condiciones de trabajo del obrero, haciendo, por ejemplo, que la jornada de trabajo se reduzca hasta un nivel racional y el salario aumente, de modo que el nivel de vida del obrero también aumente, lo que han traído es justamente lo contrario: peores condiciones de trabajo del obrero, extenuantes jornadas de trabajo, tan largas como antes de la ley (por ejemplo, los obreros de hoy tienen que trabajar doble turno), el salario miserable, etc., hacen que la vida del obrero sea simplemente insoportable.

En efecto, hablando del salario en México, podemos decir que los 46 pesos que actualmente reciben los obreros, apenas alcanzan para dar de comer a una persona. El salario real es raquítico. La cantidad de mercancías que puede adquirir el salario nominal del obrero es lo que se conoce como salario real. Por ejemplo, si con 50 pesos se compra dos litros de leche y, ahora, con esos mismos 50 pesos solamente se compra uno, diremos que el salario experimentó una caída en términos reales del 50 por ciento. En México, de 1987 a 2007 el salario real ha experimentado una caída del 42.2 por ciento, lo cual significa que hace 20 años la clase obrera mexicana podía comprar casi el doble de productos que hoy en día.

La nube de la miseria se cierne sobre la cabeza del obrero, lanzándole los relámpagos del hambre, de la ruina y de la muerte; nada se puede hacer cuando acecha la guadaña de la maquinaria, convirtiendo la vida del obrero, de lozanía vigorosa, en esqueleto de cuya vida fue extraída la riqueza, que sus días nunca pudieron disfrutar.

La razón de tal contradicción, es decir, una mejoría de los procesos productivos, una creación de mayor riqueza y más valores de uso y, por otro lado, un aumento de la pobreza de la sociedad, podemos hallarla en el afán de lucro, el exacerbado deseo de obtener ganancias al menor costo, en la inequitativa distribución de la riqueza generada por la sociedad y apropiada por una mínima parte de ella. Para que el salario, la maquinaria y la jornada de trabajo funcionen a favor del obrero, el proceso de trabajo deberá ser gobernado nuevamente por el obrero. En la medida en que éste recupere lo que es suyo: los medios de producción, en esa misma medida podrá organizar la producción y la distribución de la riqueza racionalmente, de forma que se garantice la vida que la clase obrera se merece.

 

 

 

Anteriores del autor:

La economía suicidio

Turismo popular

Las tinieblas de la educación en México

El retiro del ahorro

Ingresos y egresos nacionales

El amparo del IETU

Cuando la queja suena, es porque agua suena

El interés, detrás del futbol americano

Capitalismo creativo

La cultura de la corrupción

Reflexiones sobre el campo mexicano

2008, sin prosperidad para el obrero

Buenos propósitos...

El nuevo apostolado de la educación

Venezuela: Sí

Freno a la migración

La "democracia" y el mercado

El Premio Nobel de Economía

La pobreza del desarrollo

La economía positiva