Scorsese
Cousteau

Hablar de uno de los maestros vivientes del cine, como cualquiera puede comprender, no resulta nada fácil. Sobre todo porque su obra es vasta, diversa, compleja y porque casi todos sus filmes son de alta factura artística, estética. Sin embargo, no aprovechar este pequeño y modesto espacio en buzos, sería desperdiciar una oportunidad inmejorable para intentar sugerirle al público cinéfilo, y no cinéfilo, la extensa y bien lograda obra de uno de los mayores ejemplares en extinción de esa especie del arte que son los grandes directores y maestros del cine. 

Martin Marcantanio Luciano Scorsese nació en 1942 en Nueva York. Algunos críticos de cine han señalado que Scorsese ha mantenido una temática derivada de su origen ítalo-americano, es decir, el mundo de la mafia, los conceptos de culpa y redención, derivados de su formación religiosa (Scorsese estuvo a punto de ordenarse sacerdote de la Iglesia católica en su juventud) y los problemas derivados de una sociedad violenta en donde sobrevivir resulta, para muchos, muy difícil. Creo que este encasillamiento no es exacto, pues tras los diversos personajes de sus filmes (mafiosos, boxeadores, sicópatas, prostitutas, magnates excéntricos, apóstoles, etc.) se pueden descubrir no sólo los prototipos de esos personajes, sino seres atormentados por sus errores, enfrentados a las reflexiones inevitables, derivadas de los duros problemas que genera la sociedad.

En los inicios de los años 50 del siglo pasado, Scorsese, influenciado por John Ford, Orson Welles, Luchino Visconti, Federico Fellini y, sobre todo, Michael Powell (cineasta británico que desarrolló un cine que buscaba una expresión visual, que, aunque no fuese deslumbrante, tuviese la capacidad de sugerir misterio en lo profundo de la historia narrada) inició su carrera fílmica. Esta característica, de buscar una reflexión más profunda sobre los problemas de la vida, las relaciones familiares, la violencia, los valores morales, etc., es la que los críticos más superficiales de Scorsese no logran establecer.

Scorsese incursionó primero en los cortometrajes y aprendió el oficio, de forma autodidacta, desde abajo, puliendo su técnica y depurando su lenguaje cinematográfico. Así, filmó desde 1959 (Vesuvius) hasta 1967 (La Gran afeitada) varios cortometrajes. Fue en 1967 cuando filmó su primer largometraje: ¿Quién llama a mi puerta?, drama urbano autobiográfico. Este filme fue montado por Thelma Shoomaker y fue actuado por Harvey Keytel, quienes a la postre serían, ambos, algunos de los colaboradores claves para el éxito del realizador. Es importante señalar lo anterior, pues, desde mi modesto punto de vista, han sido muy contadas las veces en que en alguna actividad humana de importancia trascendente, los hombres, han podido concretar algo sobresaliente, algo impactante y de influencia duradera, de forma individual. La experiencia histórica, más bien, ha enseñado que es el trabajo colectivo el que da mejores resultados, aunque sea un solo individuo el que cargue  con los méritos.

Y, además, el montaje en el cine es fundamental (ahí están -gracias a los sublimes montajes- las sinfonías cinematográficas de Ensestein, el gran director soviético y gran maestro del realismo socialista; ahí está la poesía cinematográfica de Murnau, el genio alemán del cine silente). Y, Scorsese, en ese sentido, ha tenido el gran talento de reunir a grandes colaboradores: montajistas, guionistas (como el célebre Paul Schrader) y a grandes actores: Keytel, Robert De Niro, Daniel Day-Lewis, Jodie Foster, Willem Defoe, Joe Pesci, entre otros. 

 

 

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