Si Colosio viviera...
Lorenzo Delfín
Iniciaba la década de los 90 del Siglo XX. Aún en pleno apogeo, el Partido Revolucionario Institucional era conducido hacia una promisoria aventura que, en la imaginaria, significaría la recomposición de la clase política, tan deteriorada como resultado de tres sexenios cargados de corrupción y crisis económicas recurrentes, arrastradas desde mediados de los años 70 con un Luis Echeverría símbolo de una política de rompe y rasga, un José López Portillo frívolo, un Miguel de la Madrid gris y timorato que abrió la puerta a los tecnócratas, y un Carlos Salinas de Gortari, presidente en funciones, ambicioso y perverso sin freno.
Metida ya la tecnocracia hasta la médula del sistema político que, se creía, aún soportaría varios torbellinos sexenales, el líder priísta en ese momento, Luis Donaldo Colosio, urgía a su equipo a preparar un nuevo partido para un nuevo escenario.
De entrada, reconfiguró desde el nombre al Sector Popular priísta, que eternamente dio cabida a la clase media; pero al plantear la afiliación individual y voluntaria, con lo que provocaría el fin del corporativismo histórico de las centrales obreras afiliadas al PRI, se topó con muros infranqueables. El principal: Fidel Velázquez Sánchez, con quien fue obligado a recapitular ante la presión presidencial, en un evento realizado en Yucatán y que a la postre fue denominado “La declaración de Mérida”.
Durante su liderazgo, el PRI todo era efervescencia. De pronto, en uno de los tantos días en que Colosio reanimaba al partido, un personaje irrumpió entre los pasillos de la sede nacional priísta. En ese momento, en que las lealtades partidistas eran escudriñadas a fondo por un Salinas de Gortari receloso, apareció ahí, en Insurgentes 159, Diego Fernández de Cevallos. ¿Qué hacía ahí la máxima figura del PAN, partido antagónico e históricamente adversario de clase del partido en el poder?
Nada. Sencillamente, era el reflejo fiel de la actitud de apertura que identificaría a quien, posteriormente, sería el candidato presidencial priísta y cuyo destino trágico sigue generando en el país suspicacias sobre los autores intelectuales de su asesinato, cumplidos ya 14 años el 23 de marzo.
Colosio, frente a la omnipotencia salinista, mostraba así los destellos de independencia individual que lo distinguieron, privacía que, incluso, estaba bajo el escrutinio y aprobación o no del Presidente de la República y su poderosa parentela.
Nunca ocultó, como en este caso, la amistad con Fernández de Cevallos, aun a sabiendas de las “consecuencias” de su “osadía” frente al poder de sus compinches partidistas. Tampoco dejó de mostrar su cercanía, ya sea por civilizada conducta política o por afinidad, con quien en este momento disputa la dirigencia del partido fundado por tránsfugas priístas: Alejandro Encinas.
Encinas, de probada trayectoria izquierdista y con tintes democráticos que le enturbian ahora hasta sus impulsores, fue, incluso, uno de los candidatos en quien Colosio Murrieta había centrado su atención para que la pluralidad amamantara en su futuro gabinete presidencial.
Mucho se ha especulado qué sería de este México si las oscuras fuerzas políticas hubieran permitido a Colosio gobernar. Cunde la hipótesis, que cada año se manifiesta, de que ni el PRI, ni el país, ni la clase política en su conjunto, enfrentarían circunstancias de decadencia como las que ahora prevalecen, derivadas de la entrega negociada que Ernesto Zedillo hizo del poder, que su partido mantuvo más de siete décadas.
Después de ser diputado federal, coordinador de la campaña de Salinas de Gortari, senador de la República y presidente de su partido, Colosio era un convencido de que la política servía para lograr acuerdos dentro de las discrepancias. Con un carisma natural, alcanzó el crecimiento que de él esperaban el priísmo y el país.
Demasiada altura, dirían algunos. Y lo mataron.
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