El futuro del PRD
Mario A. Campos
Si el pleito hubiera sido en la casa de al lado, habríamos llamado a la patrulla. En la disputa por la renovación de las dirigencias en el PRD se han dicho de todo: mentirosos, tramposos, y entre una y otra acusación han ensuciado la imagen de su partido. Pero eso no es novedad. Durante la elección de Amalia García como presidenta del CEN en 1999, las irregularidades fueron tantas que incluso debió repetirse el proceso. Años después, a la llegada de Rosario Robles se presentaron los mismos señalamientos, lo que derivó en la formación de una comisión de ética y valores a cargo de Samuel del Villar. Así que las batallas en el interior de ese partido no son nada que deba sorprendernos.
Por eso, para algunos observadores, la cobertura ha sido exagerada. Al final, dicen, es normal si consideramos que se trató de una elección compleja con más de un millón de electores y con apenas el 9 por ciento de casillas con irregularidades, según ha dicho el organizador del proceso, Arturo Núñez. Si bien es cierto, también lo es que frecuentemente los analistas políticos caemos en dos errores: señalar que lo que estamos viendo es más de lo mismo o insistir en el carácter inédito de la situación. En este caso, ya hemos comentado que pareciera ser una historia ya vista. Sin embargo, este conflicto en particular tiene elementos que debemos destacar.
Primero, el momento en el que se produce. Desligar la crisis del proceso postelectoral del 2 de julio de 2006, sería una omisión significativa. Desde antes de esa fecha, los perredistas encabezados por Andrés Manuel López Obrador se apropiaron de la bandera del juego limpio electoral. Denunciaron la intervención del presidente Vicente Fox en las campañas, cuestionaron la debilidad del árbitro y, después de la jornada de votación, fueron enfáticos en cuestionar el Programa de Resultados Electorales Preliminares, los conteos rápidos y la intervención de los gobernadores en los resultados. Factores que, en su opinión, formaban parte de un fraude electoral que arrojó como saldo una Presidencia espuria.
Un año y ocho meses después de esas denuncias, los perredistas trasladaron la historia a su contienda interna. López Obrador, autonombrado presidente legítimo, tomó partido abiertamente por uno de los candidatos a dirigir su partido; el árbitro se declaró rebasado por los actores, los encargados de entregar resultados -vías los conteos y el reporte de las actas- han sido cuestionados por actores dentro y fuera del partido. Incapaces de tener resultados a más de 10 días de las elecciones, los perredistas han sido objeto de críticas y burlas, en buena medida, con razón.
Pero más allá de estos elementos, existe otro factor que hace novedosa la situación: la visible existencia de dos corrientes con proyectos políticos distintos y con posiciones de poder. Por un lado, el grupo que encabeza Andrés Manuel López Obrador, respaldo de Alejandro Encinas, que tiene el aval del gobierno de Marcelo Ebrard, la administración más importante en el país luego de la federal.
En el otro grupo se encuentra Nueva Izquierda, cuya cabeza, Jesús Ortega, cuenta con una importante estructura dentro del partido a nivel nacional, con el apoyo de algunos gobernadores y, sobre todo, con el mayor número de integrantes dentro de las bancadas en la Cámara de Diputados y de Senadores. Es la lucha por el poder lo que explica la seriedad de la batalla, misma que se verá reflejada en la agenda por venir.
La batalla está lejos de terminar. Es probable que ocurra un acuerdo de cortísimo plazo. Al final, ni unos ni otros quieren abandonar el partido. Más de 400 millones de pesos en prerrogativas sólo para este año, son una buena razón para mantenerse bajo el mismo techo. Aunque apenas se hablen, aunque apenas disimulen el rencor.
Un buen arreglo y un abrazo para la foto harán a muchos pensar que esta historia, de nueva cuenta, terminó con un final feliz. Que no se equivoquen, la guerra por el futuro del PRD todavía tiene muchas batallas por venir.
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