Del poder económico al político
Abel Pérez Zamorano
La ciencia descubrió hace mucho tiempo una ley social que establece que quien detenta el poder económico ejerce también el político, salvo situaciones atípicas y pasajeras que, a la postre, terminan resolviéndose de acuerdo con dicha ley. En la Edad Media, por ejemplo, poseer la tierra equivalía a gobernar; y en la actualidad, es la posesión del capital, del dinero, la que abre las puertas del poder. Poderoso caballero es don dinero, dijera en su obra poética don Francisco de Quevedo y Villegas.
Pero no por haber sido formulada ya desde mediados del siglo XIX, esta tesis es obsoleta. Todo lo contrario, hoy se observa su acción en toda su plenitud, y de ello abundan los ejemplos. Mencionaremos algunos. En el gobierno del mundo, el Fondo Monetario Internacional es un mecanismo muy importante, donde los Estados Unidos, debido al monto de su aportación económica, tienen el 17.7 por ciento de los votos, circunstancia que les otorga un derecho de veto de facto, pues por norma se requiere de un mínimo de 85 por ciento para la toma de decisiones trascendentes. Así, la fuerza económica es el fundamento de su hegemonía política, como también lo es sobre la ONU y tantos otros organismos internacionales.
Otro ejemplo de la estrecha relación entre el poder económico y el político es la elección presidencial en los Estados Unidos, y la de este año será la más cara en toda su historia. Según la revista Fortune, cada candidato reunirá personalmente 500 millones de dólares, cantidad a la que deberá agregarse otro tanto, recaudado por sus partidos y comités de apoyo, para alcanzar una suma de mil millones de dólares cada uno. Vistas así las cosas, ¿cuántos ciudadanos pueden costear una campaña como éstas? Obviamente, sólo los muy ricos; por su parte, los pobres quedan excluidos de esta democracia, limitándose a ser comparsas de quienes tienen dinero para ser candidatos, o al papel pasivo de la simple emisión del voto.
En nuestro país, éste es el pan de cada día. No se puede hacer política si no se dispone de ingentes recursos para ello. Por ejemplo, el derecho de prensa, indispensable para exponer las ideas y convencer a los votantes, está al alcance sólo de quien tiene el dinero suficiente, por ejemplo, para pagar un desplegado de 140 mil pesos en plana entera en la prensa nacional. Así, el derecho de prensa es igual para todos los mexicanos… siempre y cuando tengan para pagar. Los derechos se venden.
Por múltiples mecanismos, el dinero ejerce su poder y permea en todos los aspectos de la política. Por ejemplo, mediante el cohecho de dirigentes venales, como suele ocurrir en sindicatos y partidos. Asimismo, en los procesos electorales, los empresarios saben conseguir que sus trabajadores voten por los candidatos “apropiados”. Los programas oficiales de asistencia social, inteligentemente canalizados, son utilizados para conseguir el “favor” del electorado. Es igualmente frecuente la queja sobre la compra de votos; mediante miserables despensas, un cobertor, o algunos pesos, candidatos logran atraerse el voto de muchos pobres: a tal extremo están sus necesidades. Son, precisamente, sus terribles y desesperantes circunstancias las que empujan a muchas personas en pobreza extrema a ceder su voto, a renunciar a sus derechos y su dignidad, a perder su primogenitura como el hijo mayor de Isaac, Esaú, quien la vendió a Jacob, su hermano menor, a cambio de un vil plato de lentejas.
Más aún. Para hacer política se necesita no sólo dinero, sino tiempo libre, y los pobres ni esto tienen. Trabajan todo el día, debiendo salir de sus casas de madrugada para regresar ya muy avanzada la noche, rendidos de fatiga, en busca del descanso necesario para poder regresar al día siguiente al trabajo. En estas circunstancias, participar de manera activa y sistemática en política demanda de ellos un esfuerzo verdaderamente supremo.
Todo esto lo sabían ya los trabajadores de la Inglaterra del siglo XIX; por ello, en 1838, el movimiento cartista reclamaba la abolición del requisito de ser propietario de tierras para ser elegido miembro del parlamento y, también, que los diputados recibiesen un salario. Y es que, hasta entonces, éstos eran terratenientes cuyas enormes fortunas les permitían “sacrificarse”, ejerciendo esos cargos de manera honorífica, esto es, sin recibir retribución. Lógicamente, esa posibilidad no existía para los trabajadores, quienes por falta de tiempo no podían ocuparse profesionalmente en la política.
En congruencia con lo expuesto, no debe causar ninguna extrañeza el férreo control del poder político ejercido por la elite económica, y en línea con esa tesis podemos afirmar que la democracia política no es realmente posible si no se consigue la democracia económica; por ello los pueblos, al tiempo que luchan políticamente, deben pugnar por mejorar sus niveles de ingresos y bienestar. Un pueblo sumido en la pobreza, hambriento y embrutecido, será fácilmente dominado mediante limosnas y verá escamoteados sus derechos elementales. Este principio toral es, precisamente, evadido por los partidos políticos, con lo que dejan ver claramente para quién trabajan.
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