La economía suicidio
Brasil Acosta Peña

El hombre es hijo de su actividad; en particular, del trabajo. La especie humana no puede concebirse a sí misma sin trabajar. Dejar de hacerlo significaría la muerte de la propia sociedad. La inmensa mayoría de las cosas que sirven para satisfacer nuestras necesidades: las casas, la ropa, los alimentos, los zapatos, los autobuses, etc., son hijos del trabajo. De hecho, la extensión y la profundización de la división del trabajo en la sociedad, quedan de manifiesto con la existencia del “arsenal” de mercancías del que habla Carlos Marx en El Capital. El trabajo es, pues, la vida del propio hombre; sin embargo, en la sociedad moderna, en el capitalismo actual, el trabajo ha dejado de ser la vida del propio hombre para convertirse en una tortura, en su castigo, en su verdugo y sepulturero.

Efectivamente, el ser humano, ahora, como señala el Manifiesto del Partido Comunista, “trabaja para vivir”: se ve obligado a trabajar para subsistir. De lo contrario, al no contar con nada más que con su fuerza de trabajo, es decir, al no poseer más que su capacidad para trabajar y no tener ni un pedazo de tierra para producir, mucho menos una fábrica, no le queda más remedio que vendérsela a otro individuo, al mejor postor, a un poseedor de materias primas y medios de producción, a la clase de los capitalistas. Esta venta obligada, este sometimiento de la fuerza de trabajo al capital, hace que el individuo vea el trabajo como una carga, como una tortura, y no como un goce catártico; por eso, la vida del obrero empieza fuera de la fábrica: en la cantina, en el estadio de futbol, en el embrutecimiento alcohólico.

Ahora bien, esta necesidad de trabajar para vivir no les sucede a unos cuantos individuos por aislado. El crecimiento de la población produce, como dice Marx,  una permanente “sobra de brazos”, conformando lo que se conoce como el “ejército industrial de reserva”.  Esto hace que muchos brazos que están en capacidad para trabajar no lo hagan, pues no hay quién los contrate. El hecho de que sean muchos los que están en capacidad para trabajar y pocos los lugares en que los contratan, hace que haya competencia entre los trabajadores (pero no por el gusto de trabajar, sino por la necesidad de vivir) y, por lo mismo, los capitalistas puedan mantener un salario bajo. Así, los que no trabajan se sienten atropellados por la vida, y los que lo hacen, también, pues se matan trabajando y reciben un salario miserable. Al querer explicar la causa del fenómeno, se acude a la esfera de la especulación espiritual: concluyen, por ejemplo, que es la mala suerte la que les ha hecho pobres o desempleados.

Adicionalmente, el capitalismo mexicano es especialmente malo en la formación educativa de los trabajadores y de sus hijos. Efectivamente, México ha estado casi permanentemente en los últimos lugares de educación en los países de la Organización para la Cooperación y  el Desarrollo Económicos (OCDE); y el 75 por ciento de la población tiene educación en el nivel de la primaria.

Pues bien, la falta de trabajo y de cultura somete a los individuos a presiones violentas de tipo existencial de modo que los lleva, con mucha frecuencia y facilidad, a la búsqueda de la llamada “puerta falsa”: a las drogas, al alcohol, y, lo peor, al suicidio.

Así se explica que desde la crisis de diciembre de 1994 hasta 2003, hayan aumentado en un 3.6 por ciento los suicidios de niños y jóvenes en México; efectivamente, en 2003, según el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI), se presentaron 3 mil 327 suicidios, 3.6 por ciento más que en 1995. Se trata de un problema esencialmente urbano, es decir, fruto de la superpoblación, pues siete de cada 10 suicidios ocurrieron en las ciudades. El fenómeno es más común en hombres que en mujeres, y se observa más en jóvenes entre 12 y 24 años.

Esto quiere decir que cada vez son más los factores que en México provocan que la gente tienda a deprimirse y recurrir, como única salida a sus males, al suicidio: la falta de recursos económicos, de empleo, de comprensión familiar (pues las familias se dividen necesariamente al tener que trabajar), de estudios, de comprensión filosófica de los fenómenos; y ese tener que trabajar para vivir.

Si bien es cierto que hay factores naturales (químico-biológicos) responsables de que algunos individuos caigan en una situación depresiva que los lleve al suicidio, lo cierto es que los factores objetivos de la situación económica concreta del capitalismo moderno en nuestro país, esto es, el desempleo o el trabajo mal pagado, la pobreza, son los principales detonantes que llevan a la desesperación y a la conclusión de que la única salida que les queda es quitarse la vida.

Una forma de combatir este tipo de males que con el capitalismo se ven agudizados, es invertir la relación entre vida y trabajo; es decir, debemos propugnar porque el hombre “viva para trabajar” y deje de “trabajar para vivir”, como plantean los padres del marxismo. Efectivamente, en la medida en que la sociedad garantice a sus elementos una vida modesta, el hombre hará su actividad, su trabajo, con placer, con gusto y, contando con educación, salud, ingreso, vivienda, recreación, etc., los suicidios se reducirán notoriamente. El problema es que, dentro del capitalismo, una meta así está peleada con el afán de lucro; por lo mismo, este mal amerita una solución titánica, pero posible: la consecución del socialismo en México.

 

 

 

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